miércoles, 21 de junio de 2017

Apretar el gatillo


APRETAR EL GATILLO
Miguel Guerrero

 

Índice

001. Apretar el gatillo
002. Los toros bravos
003. La educación es una tecnología
004. Los premios
005. La puntualidad
006. Halloween, Papá Noel y otras invasiones
007. Felicitadores
008. Los amables
009. El orden
010. Matar a gente
011. Sensación de límite
012. El hombre opaco
013. Accidente aéreo
014. Necesidad de la Semana Santa
015. Funciones ideológicas
016. Sobrevivir
017. Uno de Mayo
018. Lo real
019. Juanjo Trujillo: Alcalde
020. Describe tu aldea
021. El triunfo de Kohlhaas
022. Pudin de plátano
023. Los lectores
024. Los escritores
025. Eterna penumbra de la mente Simpson
026. Producto tóxico
027. El camarero
028. Cuidado con el sol poniente
029. Belén Esteban
030. Contraluz. Novela histórica
031. Radiaciones
032. Barbarie
033. Las gafas
034. Cito en extenso
035. Los seres humanos iban y venían
036. Los mejores libros, según Luke Branded
037. Flash Woman

039. El teniente Henry Jones
040. La agricultura en Polonia
041. El rastro del caracol
042. Los escritores 2 (la versión del autor)
043. Darwin Show
044. La casa de Danielewski
045. Siento otra vez la tristeza cósmica de E-Vap
046. Zeitgeist

 

 

 

 
001.  Apretar el gatillo

El jefe de una banda de atracadores de joyerías tiene como norma indiscutible que las pistolas no deben estar cargadas a la hora del atraco; solo deben ser utilizadas de manera disuasoria, como hicieron en sus comienzos los Pink Panthers, una banda de referencia para el maniático jefe. Algunos de los miembros de la banda protestan esta decisión y dicen sentirse más seguros con el arma cargada, prometen al jefe que no serán disparadas, bajo ninguna circunstancia. Les argumentaba el jefe contra esto que nadie está capacitado, llegado el caso, para refrenar el impulso de apretar el gatillo, que el yo sanguinario, más ágil, o la necesidad de reconocimiento social, o la urgencia de preservar la vida, tiene el don de la anticipación, que eso no es un gesto sujeto a la voluntad ni a la educación, sino un automatismo que salta sin posible sujeción. Apretar el gatillo no es un gesto propio abarcable, ese acto es culpa y resultado de una confabulación que se nos presenta misteriosa, lejos del alcance de nuestro entendimiento, puntualiza el jefe.                       Personajes famosos de gatillo fácil ha habido muchos. Billy el Niño pasa por ser  uno de ellos. Murray Flynn, un ayudante de sheriff ilustrado, años después de la muerte del bandido escribió una pequeña pero quizá la más acertada y veraz biografía del famoso pistolero, según exégetas del personaje. Billy el Niño escapó de la vigilancia de Murray cuando este hacía guardia junto a la celda en la que estaba detenido, en la mísera población de Tascosa. Pero durante esa noche blanca Billy y Murray mantuvieron una extensa conversación. Murray cuenta en su biografía que el Niño le había confesado que realmente no era él el que apretaba el gatillo, o mejor dicho, sí era él el que lo apretaba, claro, pero el movimiento de su dedo sobre el gatillo se producía antes de que su voluntad de disparar hubiera iniciado su recorrido. Billy le dijo que en las prácticas que hacía con latas su habilidad para desenfundar, apuntar y disparar no se le daba nada mal y el nivel de puntería tan alto que durante un periodo de tiempo, meses, su infalibilidad llegó a ser absoluta. Pero cuando se enfrentaba a un hombre la mecánica del disparo adquiría una agilidad fuera de lo humano, el desafío vital que supone enfrentarse a un peligro extremo activa lo atávico que anida en nosotros y produce acciones de alto rendimiento. Billy decía que apenas había tenido que haber visto a su adversario: fotografía instantánea de la situación, recogida de datos de esa situación y estos procesados a altísima velocidad en su mente, o cerebro, para que todo el proceso: desenfundar, apuntar, disparar, (obsérvese la similitud con la idea de Freyrat sobre narrativa de principio, nudo y desenlace) ya se hubiera activado en ese orden y, en menos de un parpadeo, ejecutado.
Murray pensó que Billy estaba cayendo en la modestia del héroe.                                               –Entonces, –le preguntó Murray–, usted no es ese hombre distante y calculador que mata a sangre fría, y casi con placer como he oído por ahí.                                                                       –No se confunda, todo eso que dicen es cierto. Pero, para ser justos, el primer impulso no es mío y a él se debe casi toda la eficacia, y el éxito. Todo lo que viene después está bajo mi responsabilidad, sobre todo, después de haber recapacitado en esta simple idea: si soy consciente de cómo se produce este mecanismo está también la posibilidad de evitarlo. Y no lo hago. Me aprovecho de ese don para sobrevivir en este entorno hostil.
Así que, les dijo el jefe a sus pistoleros después de contarles la historia de Billy el Niño: ni siquiera siendo conscientes de cómo se organiza la génesis de un gesto, ni siquiera eso nos da garantías de ser capaces o querer evitarlo.
 

 

002. Los toros bravos

 
Los que estábamos más cerca pudimos ver cómo en la plaza de la Constitución, junto a la fuente, se formó de la nada un toro bravo, negro reluciente, lustroso. Empezó apareciendo solo unas pocas partículas que se fueron multiplicando, muy lentamente al principio. El prodigio nos tenía paralizados a los que, a pocos pasos, nos encontramos con él, ni siquiera nos miramos los unos a los otros, la mirada fija en cómo las partículas iban apareciendo, juntándose, de menos a más y el último paso hasta configurarse el toro fue visto y no visto. Y el toro ya hecho miró a su alrededor y empezó a comportarse como un toro bravo. Se lanzó hacia delante con potencia, los que estábamos tan cerca de él quedamos atrás de inmediato y vimos los cuartos traseros del toro avanzar y a este arremeter contra personas y mobiliario urbano; resbaló, cayó, se incorporó, se dio media vuelta y avanzó hasta donde nos encontrábamos, para cuando el toro llegó ya estábamos tras unas barandas y a salvo. Pero los transeúntes que venían de frente y no se habían percatado de la situación eran un objetivo claro para la fiera que se llevaba por delante todo lo que salía a su paso. La cosa duró menos de diez minutos. Para cuando el toro se desvaneció, se fue tal como había venido, desapareciendo partícula a partícula en la nada de la que había surgido, había acabado con la vida de más de doce personas que, empitonadas o golpeadas, se desangraron rápidamente en el suelo de la plaza; algunos heridos, pocos, y gente expectante y no creyéndose lo que veía, apostados tras las barandas, setos y arbustos de la zona ajardinada, vivimos una experiencia hasta ahora sin explicación.
Solo horas más tarde supimos que la misma situación se había producido en distintos puntos de la ciudad. Y todas esas apariciones de toros bravos negros, enormes, se dieron a la misma hora, entre las doce y doce y cinco, y el tiempo que las bestias tuvieron para arremeter contra las personas y todo aquello que saliera a su paso fue en todos los casos de diez minutos. El número de muertos ascendió a setenta, el de heridos alrededor de ciento veinte. Los toros aparecidos fueron siete, que se sepa. Un señor vio el fenómeno desde la ventana de su casa, sita en la calle Galileo, detrás de la cual solo hay un descampado endémico y de varias hectáreas de extensión, allí vio el hombre cómo a escasos veinte metros de donde se encontraba se formó el toro y este corrió por ese descampado sin nada contra lo que arremeter, corrió primero en dirección contraria a la casa, el señor vio cómo se alejaba, creyó que estaba teniendo visiones, también que la muerte venía a por él, el toro desapareció de su vista y volvió a aparecer, esta vez corriendo en dirección a su casa, justo se dirigía a la ventana desde la que él miraba. Cuando al toro solo le faltaban dos metros para estampar su cornamenta en la celosía y lanzarse a través de la ventana se desvaneció en el aire, en medio de su salto ya iniciado. Diez minutos clavados, dijo el señor.
Nadie supo dar una respuesta al fenómeno.
El profesor G. apuntó que el toro, la lidia, era una creación del subconsciente colectivo de un pueblo que necesita un castigo, una llamada de atención. Pero que si era así, matizó, de nada serviría porque ese pueblo está tan sometido, tan alelado, alienado, depauperado, que no se daría por aludido, no alcanzaría a captar la indirecta. No dijo nada más. Si pueden hablen ustedes con él porque sobre esto tiene más que contar.

 

 

003. La Educación es una tecnología

 
Si la educación es una tecnología somos cyborgs.

Los profesionales del SABER, en una mayoría, así como el saber popular, coinciden en que la relación que un individuo establece con sus semejantes sin que medie entre ellos un filtro tecnológico es MEJOR que si lo hay. Mejor hablar cara a cara que por teléfono; en cuanto a la relación que establecemos con los objetos, mejor el tacto del papel (que no sé qué tiene de placentero; sin olvidar que la invención del papel y más tarde la imprenta fueron en su momento alta tecnología) que leer en un e-book, etc. Los dos extremos que van de la salud a la enajenación/alienación, están representados por un lado por el hombre que vive en la naturaleza, pongamos por caso un pastor, y que interactúa directamente con lo biológico: plantas, minerales, animales, personas (no olvidemos una pajita sostenida en la comisura de los labios telúricos, agrietados, resecos, fruncidos, la mirada perdida en los grandes horizontes); y por el otro el hikikomori, ese niño/joven japonés que casi toda su interacción con el mundo exterior a él la establece mediante un ordenador, apenas piensa en comer, en ducharse y la madre no sabe qué hacer con él.

            La defensa de lo no tecnológico en las relaciones humanas tiene su argumentación en que mediante el cuerpo, la fisicidad, mostramos nuestras emociones y percibimos a través de él sensaciones REALES. Hasta hace poco ha circulado con éxito la dicotomía cabeza/corazón para explicar burdamente estas dos formas de percibir la REALIDAD: emocional/afectiva, con el corazón; fría/calculadora, con la cabeza; visceral/flujos mediante versus analítica/mecánica. Apolíneo/Dionisiaco. La postura en la actualidad se ha radicalizado porque la certeza tácita de que el HOMBRE es un constructo, un simulacro de sí mismo también, un avatar que esconde al verdadero yo si es que lo hay, un cyborg AÚN de carne y huesos, una máquina más, es tan calladamente evidente que a muchos se les hace insoportable y se niegan a admitirlo. La forma más radical de negar la evidencia de que la tecnología ha ganado la partida es ese enroscarse en lo llamado HUMANO.

 

Mírese al espejo. Sí, verá piel recubriendo la carne, eso le tranquiliza cada mañana y le confirma que ese temor al cyborg es infundado, aún está lejos, pero el flujo de emociones, sensaciones y opiniones que usted desarrollará a lo largo del día, sea de manera virtual o real, qué más da, está codificado en unos parámetros bien determinados. Cree usted que su OPINIÓN sobre la crisis o los problemas que acucian nuestra actualidad política y social es original, y el análisis desarrollado que de ella hace usted a sus amigos o conocidos es fruto de una reflexión basada en los conocimientos y experiencias ÚNICOS y genuinos, en los que su YO peculiar y eximio la ha elaborado. No se da usted cuenta de que lo que usted piensa, esa opinión, es un cúmulo de lugares comunes recitados como haría un loro, que su forma de pensar ha sido inducida por un trabajo descomunal pero secreto durante años, por unas macro estructuras invisibles que en su versión visible adquieren el nombre de EDUCACIÓN. Usted ya ha sido objeto de implantes ideológicos desde su primera infancia, su circuito neuronal está lleno de CHIPS, memes o cápsulas de información que determinan y orientan su opinión, la educación es una tecnología paciente y segura, su comportamiento ulterior se gesta lentamente. Su relación con el otro entonces está mediada por esa sutil tecnología. Nos comunicamos de avatar a avatar. Y eso es humano en una versión ampliada del término. El móvil, el e-book son insignificantes filtros comparados con los que la educación nos ha provisto. Ya somos una mezcla de humano y tecnología. El miedo y rechazo que usted siente hacia el cyborg y lo tecnológico es la constatación inconsciente de que ya lo es. De ahí que los deteste.

            Estamos en 1920, es lógico pensar que en menos de cien años el futuro nos habrá alcanzado y el avatar que ya somos producto de esa tecnología que es la educación se habrá desarrollado de tal manera que del hombre, tal como lo pensamos, en esa próxima actualidad quede casi nada. Entender, asumir y trabajar con el nuevo paradigma es la tarea.

 

 

 

 
004. Los premios

 

Cada vez que un intelectual de medio pelo, de pelo largo o del pelo que sea, organiza un concurso literario está provocando el inicio de una nueva catástrofe. Todas las penurias de este mundo se deben a los premios literarios. El Pulitzer, el Nobel son responsables de cosas como el 11 S o la hambruna actual en Somalia. Cada escritor premiado es cómplice directo de un desaguisado global o local, da igual, lo global es local lo local global.

            Nunca he sido premiado, así que mi contribución a este oculto Eje del Mal es casi inexistente. Pero soy culpable por intención. No he ganado pero he participado. Si pudiera retiraría mis participaciones en cada uno de esos concursos; de nada vale, lo sé, el daño ya está hecho.

            El primer concurso literario de la era moderna se organizó en Francia, cómo no, allá por el año de 1780, en la pequeña ciudad cercana a París llamada Sortir sur Sene, en la que residió, una vez retirado, el gran Fantomas. Este inicio provocó la conocida Revolución Francesa y todos los males derivados que ha generado, los hippies y los progres, por ejemplo. El premio Goncourt por su parte es directamente responsable de las miserias coloniales, en Argelia todavía sufren sus efectos directamente sus ciudadanos y indirectamente el resto del mundo. Así podríamos estar enumerando desgracias, unas tras otras, y sus correspondientes orígenes en premios y concursos, de nuestra historia contemporánea. Esto en lo que concierne a los grandes acontecimientos históricos. Afectan y mucho los premios a las cuestiones personales. Mi faringitis crónica, sin ir más lejos, se debe al premio que un amigo mío ganó por un relato corto, presentado sin mucha esperanza en llevarse el primer premio a un concurso de relatos breves convocado por una asociación de amas de casa de un pueblo perdido en las estériles e incomprensibles llanuras de Castilla-La Mancha. La detonación, otro caso, de una bombona de butano en una vivienda de la quinta planta de un edificio nuevo en la calle Tirso de Molina, que provocó la muerte de una familia entera, incluidos los abuelos, tuvo su origen en el certamen de novela corta de la ciudad costera andaluza Islas Verdes. Las indagaciones judiciales posteriores establecieron meridianamente claras las correspondencias entre dicho premio y la catástrofe humana. Pero un veredicto de este tipo es poco usual. El concurso fue suspendido de por vida, al menos, sentenció el juez, si se presentaba bajo el epígrafe “Concurso de Novela Corta de la Ciudad Islas Verdes”.

            Por supuesto, cuando esta cuestión incontestable sale a la luz nadie se da por aludido. Organizadores, premiados y concursantes en general, público asistente a la entrega del premio, prensa y miembros del jurado, demasiados intereses personales y económicos, niegan esas relaciones entre premio y catástrofe posterior, vuelven la cabeza hacia otro lado. Al que advierte y expone esta idea lo llaman loco. No puedo decir otra cosa más que todo esto es una farsa, una conjura, una conspiración interplanetaria, seguramente orquestada por algunos grupos afines, simpatizantes de la industria armamentística mundial y de otras industrias, como las aseguradoras, bancos, en muchos casos subvencionados y patrocinados los premios por estas entidades, saben que a corto, medio y largo plazo redundarán en su propio beneficio.

Saben también nuestros gobernantes que la literatura, el llamado arte en general, es una forma altamente eficaz de adormecer a los individuos, ¿a qué puede oponerse un adormecido que lee en su sillón orejudo el último premio Planeta mientras de fondo suena una suite, o lo que sea, de Серге́й Серге́евич Проко́фьев?, ¿quién quiere salirse del paraíso burgués que provoca la cultura? Los premios son un punto clave en esta conjura, (las editoriales, bibliotecas, etcétera, también metidas en el ajo). Como mucho, estos premiados consiguen llegar a ser revolucionarios de boquilla, terroristas de salón, teóricos adocenados, niños malos, parte de la farsa, no conciben la cultura como lo que es: uno de los grandes males de la humanidad; y muy a pesar suyo, y aunque parezca contradictorio no lo es, sus consignas encubiertas tras la ficción provocan confusión malsana por sí solas, pero los premios y concursos amplifican de manera notable y decisiva su acción; en definitiva, estas catástrofes o situaciones de pánico global provocan daños colaterales, todos acabamos afectados, justifican la producción de armas defensivas, ¡que eufemismo!, promueven toda una forma de vida a la defensiva y el empobrecimiento que ello conlleva, empobrecer y luego culturizar a la población. Se crean para ello premios literarios y… vuelta a empezar.

Voy a mandar este texto a un concurso, máximo setecientas noventa y cinco palabras, es la exigencia. Si el adormecido jurado lo considera ganador, en posterior comunicación os informaré de sus sangrientas consecuencias. Quizás esta prueba os convenza… aquí me paro.

 




005. La puntualidad

 

La puntualidad, esa obligación de estar a la hora y en el lugar convenidos, es reaccionaria. Es la exigencia de un sistema de producción sobre el operario, en beneficio del primero. Es una forma de control y afianzamiento de la productividad en términos programados por el poder, cuyo argumento conciliador más infame es que si la empresa marcha bien el trabajador también se beneficia, siempre y cuando, claro, se cumpla la relación establecida como normal entre patrón y trabajador, esto es: opresor/oprimido. Recuerden la película de Chaplin, Tiempos Modernos, en la que el personaje tiene que estar en el lugar adecuado y en el momento preciso para poder apretar una tuerca en la cadena de montaje; el paroxismo de la puntualidad llega en esa escena a cotas que hacen del hombre una pieza más de la maquinaria capitalista. Si la tuerca no es apretada en el momento preciso todo el sistema de producción se viene abajo, esto deviene una falta gravísima y el individuo es expulsado del circuito de producción. Ese individuo, más tarde, asimilará y exportará a otros ámbitos de su existencia (la familia, entorno social, etc,) ese aprendizaje, con el añadido de que si no se cumple esa norma de la puntualidad serás un incompetente social.

            Es cierto que el hombre tiene antropológicamente alguna necesidad de puntualidad, por ejemplo: llegar al lugar de caza antes de que las gacelas se hayan desplazado a otros lugares de pasto; recoger la cosecha antes de que el fruto madure en demasía; acudir al mercado antes de que el tratante de ganado esté demasiado borracho y el trato se haga dificultoso. Pero es una puntualidad laxa que hasta le viene grande el término, un acudir a la cita con margen, un margen que no permite la entrada al estrés, en el que otras posibilidades de vida pueden encontrar su azaroso lugar, el acontecimiento no previsto tiene un sitio fecundo en ese margen de espera. Ese tiempo de espera, mientras el otro se retrasa, es un tiempo de vida que hay que saber gestionar.

La puntualidad es un invento subrayado hasta la saciedad desde la era industrial. Como el ser humano victoriano, fordista y postfordista tiene esa tendencia a la puntualidad, ha aceptado casi sin rechistar ese rasgo psicótico occidental confundiéndolo con el necesario aprecio que hay que conferirle, y es muy frecuente que hasta los propios individuos que se hacen llamar antisistema alaben la puntualidad como una virtud, sin darse cuenta de que han sido manejados sociopolíticamente, el poder les ha inoculado esa idea. La puntualidad es una pieza más del engranaje de un sistema productivo que genera riqueza para unos pocos con el consentimiento y la ceguera de muchos. La puntualidad está razonablemente justificada en un sistema psicoticocapitalista como el nuestro, y su exigencia es inversamente proporcional a tu nivel adquisitivo. Cuanto más puntual más pringao. O viceversa.

 
 

006. Halloween, Papá Noel y otras invasiones

 
…y qué es nuestro, estrictamente hablando, si la DEMOCRACIA nos viene de la Grecia antigua, el cristianismo lo inventaron unos protohippies creo que por Judea y hasta que no tuvo éxito en Roma no fuimos capaces de admitirlo como animal de compañía (aún así, seguramente los habitantes de aquel momento en la península pusieron toda la resistencia de que fueron capaces a admitir aquella religión que venía impuesta por el Imperio), y hasta hace dos telediarios éramos los más católicos del mundo junto a Irlanda y Polonia. ¿Y el fútbol? Un implante indoloro inglés en nuestra piel de toro. Nos podemos poner estupendos y decir que nuestra lengua, este castellano evolucionado o cambiado de hoy (ya no es lo que era, dirá un nostálgico), proviene del latín. Y para ponernos serios ya del todo: nosotros mismos, los habitantes de Europa somos todos inmigrantes, si hacemos caso a la idea antropológica de que los homínidos, o lo que sea que fueran, partieron de ÁFRICA en busca de mejores condiciones para la vida, una caprichosa movilidad exterior de aquellos primeros jóvenes aventureros, y llegaron a nuestro continente con sus inestables pateras, ¡y aún no han dejado de hacerlo los muy cabezones, por más concertinas que le regalemos como prueba de amabilidad hospitalaria! Los árabes estuvieron aquí ocho siglos, día arriba día abajo, y nos dejaron rasgos faciales y gastronomía, y algunas cosas más. ¿Son nuestros los polvorones de Estepa? Mi generación, la primera seriamente perdida, influida por ese aparato infernal que venía de yanquilandia, la TELEVISIÓN, casi nos mata, la puntilla a lo auténtico. ¿No es verdad que el mundo es peor y que los españolitos hemos perdido mucho desde que fuimos educados con las imágenes de fondo de los Picapiedra y Bugs Bunny, La juventud baila y Perdidos en el espacio?

            ¿Qué me dicen de Papá Noel versus Reyes Magos? ¿Acaso Melchor era de Chinchilla, Gaspar quizá de Murcia, Baltasar (el negro se menciona y va siempre el último) se nacionalizó español en Tarifa, después de cruzar el Estrecho?

            Etcétera, etcétera, etcétera. (Piensen lo que cabe en estos etcéteras).

Y es que ese miedo y desprecio al OTRO y a lo otro, ese terror ancestral a lo que viene de fuera, a lo nuevo también, esa manera de vivir a la defensiva, dice mucho de nuestras inseguridades, de la poca confianza que tenemos en nosotros mismos, de nuestra escasa capacidad para afrontar y solventar con éxito situaciones imprevistas, de ser valientes, y solidarios, desde la inteligencia.

            Los puristas, o los irreflexivos (los españoles de verdad ¡coño!), reniegan de la implantación de la noche de Halloween, no vaya a ser que los niños, divirtiéndose de esa manera tan poco patria, pierdan la esencia de lo español. Si es que alguna vez tuvimos esencia, si la esencia sirve para algo… más que para, repito, sustentar posturas insolidarias y enmascarar nuestro miedo, y más cosas.

 

(Si encuentra usted diez características autóctonas, sin dudas ni mezclas, propias, le daremos de regalo un plasma TX22 de última generación tecnológica; eso sí, importado de la Alemania de Merkel, porque seguramente usted lo preferirá a uno de fabricación casera).

 

 

 
007. Felicitadores

(El pasado día uno de enero se produjo una situación curiosa. En el apartado de mi FACEBOOK llamado “Información” tenía, desde hacía unas semanas, datos falsos sobre ml persona y a manudo los he ido cambiando por otros datos igualmente falsos, solo por provocar, o engañar, a la RED SOCIAL. Una travesura. En cuanto a mi profesión o ocupación laboral pongo la más estrafalaria que se me ocurre; cambié mi lugar de nacimiento y de residencia y por supuesto mi fecha de nacimiento; en este caso puse que nací el uno de enero de 1915. Así que este reciente uno de enero recibí las correspondientes felicitaciones de amigos y conocidos, dadas sin duda, con cariño. Ya saben, Facebook se encarga de hacer aparecer la efemérides sin consultar, así que, en desagravio a aquellos que me felicitaron de corazón escribí lo que sigue):

 

Amigos y sin embargo queridos, no sé de dónde habéis sacado que es mi cumpleaños, ¿de facebook? No lo es, todavía faltan muchos días para que lo sea. Así que no sé qué hacer con esas felicitaciones (in)oportunas, si guardarlas para cuando llegue la fecha correcta y así el trabajo felicitatorio ya está hecho por vuestra parte o devolvérosla una a una y que las tengáis guardadas para cuando llegue el momento correcto, o simplemente las tiro porque los deseos de que me vaya bien caducan o tienen fecha de consumir antes de (¿cuánto tiempo estarán vigentes esos deseos de que me vaya bien y que cumpla muchos más, una semana, un mes?, ¿pensaréis lo mismo el año que viene?), no sé. Mira, mejor las tiro, las felicitaciones, para que no ocupen mucho espacio en el disco duro de mis sentimientos, y cuando sea mi cumpleaños me felicitáis de nuevo. No sé si eso se puede hacer. ¿Se puede felicitar dos veces por el mismo cumple?, ¿no pasará nada?, ¿será contraproducente para mi salud, empeorará mi uretra?, ¿me pasará algo con tanto exceso? ¿tendréis algún problema vosotros, los FELICITADORES? Mira que si por una equivocación tan tonta comienza algo que más tarde no podamos parar, que se vaya agravando, agravando hasta que la catástrofe sea imposible de controlar. Se me ocurre, para evitar posibles malosrratos, que ya que el daño está hecho, me quedo con este día para cumplir años en los siguientes y pocos telediarios que me queden. Lo cambio y ya está. A partir de ahora, y por esta ingeniosa aparición de lo azaroso en el transcurso de mi vida, decreto, si os parece bien, que el día de mi nacimiento pasa a ser el uno de enero. No creo que pase nada. ¿Qué hacer con los papeles oficiales?, no sé. Ese es otro tema. En una cosa salgo perdiendo: seré 28 días más viejo, a mi edad no se va a notar mucho; y ganar... lo que gano es que matamos dos pájaros de un tiro: en un solo pack van felicidades para el año nuevo y el cumple, y así no tengo que estar pendiente de felicitaciones el día ese que hasta ahora ha sido el de mi cumpleaños, ese día me lo tomo libre y le doy cabida a otro tipo de afectos, o me lo paso durmiendo todo el día, no sé, ya veré. Me da por pensar, así fugazmente, que con lo meticuloso y geométrico que soy para mis cosas, sin llegar a ser obsesivo, esto de cumplir años el día uno es la cuadratura perfecta del círculo, uno empieza un año natural, o social, nuevo y un año biológico a la vez. Entre los muchos defectos que dios tuvo al hacer el mundo este es uno más, lo de burocracia y papeleo que nos hubiéramos ahorrado con que todos los seres humanos nacieran el uno de enero, y el departamento de obstetricia de los hospitales solo trabajaría un día al año, eso sí que sería un buen ahorro para las arcas del país, etcétera. Se me ocurren tantas ventajas, y seguro que a vosotros igual. Por ejemplo, si todos cumplimos años el día uno, la humanidad entera, ¿nos felicitaríamos? ¿sería un caos felicitatorio? buena pregunta eh? No sé qué pensará mi madre de todo esto, a ver qué dice cuando se lo diga: "mamá he decidido cambiar el día de mi cumpleaños, a partir de ahora va a ser el uno de enero, ¿qué te parece?", "pero hijo yo te parí casi un mes más tarde, ¿a qué viene eso de cambiarte el día de tu nacimiento?, ¿estás bien, te veo mala cara?, anda no vayas a salir así, ponte una rebequita.

La verdad es que estoy hecho un lío, no quiero equivocarme con esto de mi cumple, no sé qué puede ser lo más conveniente para nuestras vidas, tanto la mía como las vuestras, mis queridos felicitadores. Si tiro las felicitaciones os podéis sentir ofendidos, yo sé que lo habéis hecho con cariño, que me estimáis, no es coña, lo digo de verdad, no quiero ponerme baboso pero aprovecho para decir que el afecto y el cariño también es algo que yo siento por vosotros, aunque nunca yo os haya felicitado, y mucho menos dicho, y si lo he hecho no lo recuerdo, pero, en fin, siempre habéis estado en mi corazón y a ratos en mi pensamiento, algunas veces hasta he tenido ganas de veros. Por eso este tema que nos ha surgido de la nada tenemos que tratarlo con mucho tiento, estas cosas parece que no pero hay que gestionarlas bien, para que ninguna de las partes implicadas sufra daño alguno, por pequeño que pueda llegar a ser ese daño.

¿Qué hago, tiro las felicitaciones, cambio el día de mi cumple? La vida siempre nos pone en estos trances, siempre nos exige tomar decisiones. Puta vida.

Bueno, feliz año. Ya lo he dicho.

 

 
 

008. Los amables

Odio en grado sumo a la gente amable, simpática. Escoria humana. La amabilidad es un subterfugio rastrero para conseguir el favor del otro. El amable trapichea con sonrisa falsa (si la sonrisa es auténtica ya es un ser absolutamente perdido) en un intercambio mercantil de afecto, que sí, que ese intercambio es humanamente lícito, pero el amable común no sabe esto, se engaña creyéndose un alma que habita las praderas frondosas de la bondad desinteresada del ser humano, es tan bobalicón que es incapaz de atisbar en su sonrisa signos de egoísmo. Engaño que para el amable es totalmente necesario para poder sobrevivir, tan débil se sabe que sin ese apósito que es la amabilidad está perdido, vulnerable ante el otro. El amable lo es también porque tiene miedo a ser castigado, arrastra una culpa, y mediante su amabilidad está pidiendo indulgencia.
Incapaz de un intercambio de datos emocionales sin esa capa babosa de la amabilidad, no conoce, no sabe que es más que suficiente una cordialidad invisible, funcional y aséptica, para contraer con el otro un eficaz trato humano, la amabilidad es un añadido molesto para el otro, si ese otro es un ser inteligente se sentirá incómodo ante el amable.

El amable, tan centrado en gestionar sin fisuras su amabilidad tramposa, tan absorto en mantener las constantes persuasivas de la amabilidad con el fin de que no se le escape la presa, tan pendiente de ese ejercicio, sin importarle nada el otro, que es solo un objeto del que extraer un beneficio afectivo, es la versión ruin y cobarde del sádico. Para el sadismo, estatus que el amable anhela secretamente, a veces tan secretamente que no sabe que lo anhela, no le alcanza el valor y tiene que conformarse con las migajas de la amabilidad. Un poco de psicología evolutiva nos diría que al amable, con el tiempo, se le va agriando el carácter, convencido de que su conversión a sádico ya nunca se producirá por falta de valor, se sentirá frustrado, y condenado a seguir siendo el amable que siempre ha sido, ¿qué otra cosa puede hacer? Aun así, la amabilidad, las más de las veces, es la puerta abierta a mayores y variadas perversiones: se empieza siendo amable para conseguir el primer empleo, para no perderlo luego y se acaba siendo presidente del fondo monetario internacional. Sí, sí, la amabilidad es imprescindible para triunfar en esta vida. Y triunfar ya sabemos lo que supone, y significa.

Hay una amabilidad que se sustenta moralmente en ideas filantrópicas: hacer la vida llevadera a sus semejantes, crear un ambiente positivo en la oficina para que su pequeña comunidad laboral funcione, la amabilidad hace que el trato con la familia no llegue nunca a ser conflictiva, etc. Claro, el amable no podrá reconocer nunca su egocentrismo silente, la verdadera función de su amabilidad que es un medio al servicio de su egoísmo; si así fuera, si descubriera la naturaleza de su amabilidad quedaría al descubierto, solo ante su mediocre monstruosidad que con tantos trabajos mantiene oculta bajo su careta social. El ser humano no quiere saber qué es ni cómo es, no le interesa, sabe que cada descubrimiento que haga sobre sí mismo lo acercará más y más al monstruo que irremediablemente mantiene oculto en las mazmorras de su ser.

La amabilidad enmascara al monstruo. Otro día hablaremos del gobierno.

 

 

 

009. El orden

El ordenado está en contra de la vida, como los católicos. Se protege de ella y encierra en sus retículas del miedo todo signo vital. Dioniso debe estar controlado. Todo hombre bueno aspira al orden. El orden es indispensable para llegar a dios, en cuanto supe esto me hice ateo. El ordenado trueca seguridad por libertad, entendida esta preferencia como un acto de inmadurez: se dice que en la libertad estás tú solo ante el mundo y que en la seguridad alguien o algo te protege.

El ordenado aspira a la monotonía que supone una vida reglada por la razón, en la que todo movimiento tiene que producir un beneficio, y que descarta las acciones inútiles o gratuitas, promueve o busca el equilibrio entre las partes, la coherencia, verosimilitud, etc., fuera de ese territorio bien acotado el ordenado deviene calamidad, no apto para vivir el mundo. El orden produce apatía, mediocridad, todo es predecible, la novedad mantenida a distancia; en cambio el desorden da miedo, dentro de él se vive peligrosamente, en él la sensibilidad es recompensada por mil estímulos diferentes: la geometría de las cosas cambia constantemente y el espíritu debe estar alerta a cada cambio, es decir, vivo. El desorden es ese lugar de sabores amargos que solo los paladares más recios pueden soportar, degustar. Es ese lugar del que huyen los mediocres con argumentos razonables. El orden es lo que segrega la lógica, tan sobrevalorada, y la lógica está bien, pero en el mejor de los casos solo llega hasta la verdad puntual de las cosas. El orden reafirma el triunfo de la razón sobre el instinto, el auriga domando al caballo, el orden sobre el caos. “Tenemos que incluir lo irracional en una razón ampliada”, dijo Sábato. Pero la razón, tan cerca del totalitarismo, no es solidaria. El orden todos sabemos lo que es, ha sido convenido tácitamente, amasado durante siglos, es la tiranía de la tradición. El orden es reaccionario porque está del lado del poder. El poder ordena, clasifica para así ejercer mejor su control. Dentro de él cada cosa tiene su espacio asignado, su ritmo convencional, cada pieza es asequible y localizable con un solo vistazo. Todo normalizado. El individuo ha imitado al poder y se autoimpone el orden para así controlarse mejor: si los caminos transitados siempre son los mismos la conducta está sujeta a una previsión, el deseo es aplazado en nombre de una sensata decisión de madurez.  El desorden también tiene su espacio, su ritmo, su mecanismo de expresión interior, pero no ha sido codificado, es el rebelde perseguido. La escala de valores del desordenado es distinta, tiene su propio orden de importancia sobre las cosas, que es cambiante y quizá el orden alfabético le resulte insuficiente para sus muchas digresiones. Vive en ese otro orden que los que sabemos poco de matemáticas llamamos caos. El desordenado no acepta las reglas, no quiere ser domesticado, es un indeseable.

El ordenado es el ojito derecho del poder, ya se vigila él solo.

Lo sé, lo sé. El orden nos hace la vida más fácil, soportable, esa es nuestra conveniencia. Acudimos a la seguridad que nos da el orden y a cambio nuestras posibilidades de ser otros quedan en suspenso detrás de las bambalinas de lo que conviene, de lo correcto y ordenado.

Dijo Jodorowsky que el pájaro que ha nacido en una jaula cree que volar es una enfermedad.

 


 

010. Matar a gente

Se estima que en el año 2050 la población mundial será de diez mil millones de almas, (para entonces yo habré muerto). La mayoría de ellas vivirá en la miseria. Y esta miseria provocará tantos conflictos que la vida tal y como la conocemos será casi imposible. La muerte, para muchos, será una bendición. Esta es la tesis que subyace casi clandestinamente en el libro de Stephen Emmott llamado Diez Mil Millones.

            Ante esto se impone una lógica: matar a gente.

            De eso se trata. Mi compañera y yo salimos a la calle y nos cargamos, a nuestro antojo, lo que primero se nos pone por delante porque hemos sido incapaces de determinar qué individuos deben permanecer o desparecer. No hay manera de objetivar una selección en función de unos miramientos morales, económicos, etc. A nosotros nos ha sido imposible engañarnos. Yo quería empezar con los intelectuales y con los pijos de la cultura y ella, más sabia, decía que le daba igual, que si acaso con los políticos, por decir algo. Como estábamos en un callejón sin salida, estuvimos varios días sin actuar, retrasando nuestro proyecto, dándole vueltas a la cabeza. Hasta que me dijo ella: Podríamos empezar por nosotros: tú me apuntas a mí yo te apunto a ti contamos tres dos uno y apretamos el gatillo. Coño, dije. Y eso hicimos. Nos apuntamos y al disparar las armas se quedaron encasquilladas, no sé si se dice así, encasquilladas. Creímos ver en esto una señal, y así nos lo dijimos: Esto es una señal. A partir de ese momento revisamos todo nuestro armamento, nos deshicimos del defectuoso, etc. Dejamos a los dos niños pequeños con los abuelos y salimos a hacer nuestro trabajo.

A estas alturas ya muy poca gente se escandaliza de  nuestro quehacer  diario, han entendido nuestra tarea como un servicio humanitario inaplazable. Algunos hasta han pedido ser ellos los aniquilados ese día, como si ya les tocara, al decidirnos por otros han protestado, decían sentirse ninguneados. Había un grupo de ejecutivos que, entre las diez y media y once, acudía a la plaza, sabedores de que era muy posible que pasáramos por allí, ofreciéndose a ser matados. Pasamos de los cinco ejecutivos y matamos a dos policías que trataban de dispersar a más gente que, junto a los ejecutivos, se estaban posicionando de manera bien visible para ser tiroteados, se empujaban unos a otros para acaparar el lugar  que creían más propicio para ser aniquilados. La gente siempre tan egoísta. La gente se pirra por ser matada. Le pedimos tranquilidad. A todos les llegará su hora.

¿Que por qué no nos detienen? El Gobierno es el primer interesado en que esto suceda así. Hagan cuentas: menos paro, menos pensiones, para el Estado un individuo es una carga. El Gobierno es experto en mirar hacia otro lado. Qué les voy a contar.

El libro de Stephen Emmott se despide así:

“Pregunté a un científico, de los más racionales y brillantes que he conocido, un científico que trabaja en este campo, un científico joven, un científico de mi laboratorio, qué haría si solo pudiera hacer una cosa para remediar la situación en que estamos.

¿Saben qué me respondió?”

“Enseñar a mi hijo a usar una pistola.”

 

 
 

011. Sensación de límite

A principios de los años setenta, “un agregado científico en una de las principales embajadas de Washington ante los informes de que se había producido un fragmento de gen sintético en un laboratorio”, exclamó: “¡Es el principio del fin!”

            Más allá de que la reacción del agregado científico pueda ser una objeción personal y aislada a un acontecimiento puntual, debemos entenderla como expresión y sentir muy generalizado, ese miedo a la pérdida de valores, ese usurpar el papel de dios que no corresponde al hombre en tareas propias del creador, ese traspasar la línea sagrada supone una reacción de miedo ante la cercanía del límite.

            El agregado argumentaba que “A partir de ahora cualquier país pequeño puede crear un virus contra el que no existe cura. Bastaría con un pequeño laboratorio. Cualquier pequeño país con buenos bioquímicos podría hacerlo”. Bien mirado, no le faltaba al agregado razón para tener esa idea del límite y de lo inconveniente que podría ser sobrepasarlo. El agregado desconfía del ser humano, lo sabe malo y teme que la inapropiada utilización de estos avances produzcan los           demonios que nos acerquen al borde del apocalipsis. El límite, sin embargo, es una línea que el hombre pone periódicamente un poco más allá. No faltan ejemplos en la historia de  límites sonados, como el de que la Tierra es el centro del universo, y ese era el límite que no se podía sobrepasar. La moral y la ética tampoco tienen un límite fijo, inamovible. El divorcio y ser madre soltera son dos cuestiones que han estado durante mucho tiempo más allá de esa raya límite, en cambio ahora son dos temas a los que no prestamos atención.

            El fin del mundo ha sido predicho muchas veces, apocalípticos nunca han faltado. Hay un tipo de apocalíptico que se dedica al menudeo, visiten los tuiters y feisbuc, seguro que encuentran unos cuantos por allí: la última noticia de carácter más o menos grave le sirve para llamar nuestra atención, para poner el grito en el cielo, nos avisan de la inminente catástrofe tras haberse superado un límite, el temor a una tercera guerra mundial, o algo así, siempre merodea bajo esas admoniciones, lo hacen de buen corazón, quieren prevenirnos, en realidad lo que quieren es azuzarnos; no sé, la verdad es que no sé lo que quieren. Pero tengan razón o no me recuerdan a esos predicadores de la biblia que salen en las películas norteamericanas.

Esta sensación de límite parece que acompaña al hombre desde el principio de los tiempos. No es gratuita, hay razones suficientes para el temor, ¿acaso no hay muchos buenos bioquímicos? Lo que puede parecernos extraño es que, después de tantos años, no se haya producido el vaticinio del agregado científico,  por qué ningún pequeño país lo ha hecho, o un loco malvado como los malos de las películas de James Bond. Quiero decir la creación y expansión de un virus que acabe con la vida en la Tierra, como temía el agregado. ¿O sí se ha hecho pero el intento ha fracasado y no nos hemos enterado?

Noticias recientes nos hablan de los últimos milagros tecnológicos: que un ciego puede ver en un alto porcentaje gracias a un aparato adaptado a sus ojos; un cuerpo puede ser trasplantado entero a una cabeza; un holograma de Hugh Jackman aparece en un escenario de Madrid para presentar su última película, etc.

 El mundo, que aún está por hacer, no deja de ir desplazando su límite, sine die, a pesar de los riesgos. Más allá de ese límite está la aventura, lo desconocido. Por eso, nosotros, habitantes del mundo, vivimos por contagio esa sensación constante, alertas y a la vez deseosos de cruzar ese límite.

     
 
 

012. El hombre opaco

En algún momento y sin darme cuenta empezó a formarse a mi alrededor un cajón inmaterial que en pocas horas quedó totalmente consolidado e igualmente, sino invisible, difícil de detectar. Me aísla del mundo de tal manera que creo no percibir sensorialmente la realidad como debiera y como estoy convencido y seguro de que la perciben mis semejantes. Eso pensaba. Un ejemplo, aunque no es eso, podría ser la sordera que te acontece cuando te entra agua en los oídos y la vida queda separada de ti de manera ostensible. Algo así, pero que abarca todos los sentidos. No sólo lo sensorial padece tal efecto, los afectos sufren una lejanía y adquiero un redoblado cuidado en lo que digo y una atención casi enfermiza en lo que oigo. Y en todo lo que hago. Es como si entre la realidad y yo algo se interpusiera y para aprehenderla tener que hacer esfuerzos extras.

            Esa fue mi primera preocupación, cómo percibía yo el exterior a mí. Desde luego, se había producido un aislamiento involuntario pero contundente.

Al poco, pude comprobar que la caja esa que alrededor de mí se había formado no era percibida por los otros. La primera prueba de fuego sobre la consistencia, visibilidad o materialidad de dicha caja se produjo cuando al entrar al edificio en el que trabajo alguien me esperaba allí, me tendió la mano y yo a la vez se la tendí y nos saludamos. No problen, me dije tontamente. Pero alrededor de mi mano y antebrazo se había prolongado la sustancia de manera que mi extremidad quedó envuelta en ella al verse obligada a salir de la caja. Noté una sensación de acolchamiento al contacto con la mano del hombre. Pero él no percibió anomalía alguna. Ni mis compañeros de trabajo, ni nadie. Fue una jornada llena de normalidad. Con el paso de las horas esa primera preocupación se disipó por completo: la caja que se había formado a mi alrededor no era percibida por los demás. Sin embargo, la sensación de distancia entre mi persona y aquellos a los que durante el día traté era bastante significativa con respecto a días anteriores. No sólo eso. Mi percepción de la realidad había sufrido una variante: una opacidad manifiesta se interponía entre ella y yo.

La segunda preocupación que me asaltó fue si los demás también estaban envueltos en una caja como la mía y yo no lo percibía. Si todos, me preguntaba, estamos aislados por este tipo de construcción y nuestras sensaciones y afectos, nuestra visión de la existencia, sometidos a la opacidad del material de la caja, a veces algo líquido, otras gaseoso.

            Días después de que me ocurriera esto, pensando en cómo había sido posible la formación de ese cajón, a veces me parecía gelatinoso, llegué a creer que se inició cuando una mañana encendí la TV y mientras desayunaba veía las noticias. Fue cuando trataban el tema de la Ley de Transparencia que me sentí muy incómodo, un malestar imposible de describir, dejé el desayuno a medias. Pero no pude dejar de ver las noticias al completo. La conclusión más plausible a la que he llegado es que durante esa media hora de telediario he absorbido todos los relatos posibles que genera nuestro mundo y que la caja que ahora me rodea se fue tejiendo a partir de entonces a base de imágenes y lenguaje que han conformado este entramado semiótico que me oculta la realidad.

            No, me dije algo después. La caja viene formándose desde el principio de mis días, tan sutil, tan apegada a nuestra propia naturaleza que es imposible percibirla. Sólo que ese día, el fantasma de los signos tuvo el descuido de hacerse para mí visible. Sin saberlo, el fantasma me ha proporcionado el mejor de los regalos.

 



013. Accidente aéreo

En el episodio cinco de la segunda temporada de FRINGE, La lógica del sueño, un doctor especializado en trastornos del sueño tiene en fase de experimentación a unos ochenta y dos pacientes, a los que les ha implantado un BIOCHIP junto al tálamo, órgano del cerebro que regula el insomnio y las pesadillas y los procesos del sueño. “Es un interfaz informático cerebral, éste lleva un transmisor que lo hace inalámbrico, puede conectar el cerebro a un ordenador remoto, funciona de forma muy parecida a un marcapasos, controla los ciclos del sueño y cuando es necesario estimula el tálamo induciendo un estado profundo de sueño.” El BIOCHIP va directamente al tálamo que no sólo regula el sueño sino que funciona como un repetidor para el córtex cerebral que también controla la función motriz. Control mental.

            A los pacientes, desde la implantación del BIOCHIP regulador, les va muy bien: duermen toda la noche y todas las funciones del sueño han pasado a desarrollarse dentro de los parámetros de la llamada normalidad. El experimento del doctor Laxmeesh Nayak está siendo un éxito.

            La confianza del doctor en sus ayudantes ha hecho que todos compartan la clave que regula el BIOCHIP, el doctor, buena gente, no duda de la integridad y cordura de cada uno de ellos.

Sin embargo, el MALO de la película es uno de los ayudantes.

A través de esa clave se puede tener acceso a la regulación de ese BIOCHIP implantado en cada uno de los pacientes, de manera que se puede cambiar la intensidad del mismo, desactivarlo, etc. Desde su red informática, el MALO, manipula el BIOCHIP de un paciente. Éste empieza a tener visiones terroríficas, se le aparecen sus compañeros de oficina como demonios con cabeza de macho cabrío que él siente como una amenaza para su persona. En consecuencia, perdido el juicio, los ataca y acaba matando a su jefe, golpeándole la cabeza con su maletín metálico.

En el MALO esto supone el inicio de una adicción imparable y acomete otra alteración del BIOCHIP de un segundo paciente. Y de un tercero. Y de un cuarto. Esta cuarta manipulación la efectúa sobre un piloto de aviación. Éste, con la ayuda de su copiloto, se dispone a despegar su hidroavioneta en la que lleva un reducido número de pasajeros. En ese momento en el que el aparato se dispone a realizar el despegue, el MALO manipula el BIOCHIP del aviador. Éste, de menos a más, va sintiéndose mal. Para cuando la hidroavioneta ya ha perdido contacto con el agua, el piloto tiene las primeras convulsiones y visiones: el rostro del copiloto se le aparece sin rasgos. La máquina ha dejado de elevarse lo suficiente y en pocos segundos acabará estrellándose contra unos edificios. El copiloto trata de hacerse cargo de los mandos pero la extrema violencia que ejerce ya el piloto se lo impide; la hidroavioneta está fuera de control.

Sólo la esperada irrupción de la agente del FBI Olivia Dunham y su ayudante Peter Bishop en la sala desde la que el MALO está manipulando la conducta del aviador, y mediante la desconexión de los equipos informáticos que lo hacen posible, consiguen que la función del BIOCHIP quede anulada y el aviador vuelva a la normalidad, justo en el momento idóneo para evitar el fatal accidente. Los tripulantes de la nave respiran hondo. El siniestro aéreo, en esta ocasión, ha sido evitado.

 
 

 

014. Necesidad de la Semana Santa

Yo soy muy aficionado a la SCI-FI y sobre todo a los viajes en el tiempo. Mi mayor deseo es viajar al futuro, pero los viajes al pasado también me atraen. De todos es sabido la imposibilidad de que estos tiernos deseos se vean cumplidos. Hemos nacido demasiado pronto. Sólo puedo disfrutar de ellos en forma de simulacro. La literatura y el cine, las series también, me tienen más que distraído con estos temas.

            La Semana Santa es un simulacro, una representación que a mí, particularmente, me retrotrae a la España medieval, o a mi infancia, que viene a ser lo mismo. Cuando tropiezo con un paso me transporto. Ya sé que nunca del todo, soy hipercrítico y no me dejo llevar fácilmente, eso está en mi contra. Sin embargo, un número indeterminado de moléculas de mi cuerpo y mente viaja en el tiempo y accedo tele transportado a lo más oscuro de nuestra tradición. El placer es intenso y gratificante porque aunque uno en ese momento esté en un estado parecido al trance, a la vez se siente salvaguardado porque sabe que sólo es representación, que nada malo me va a ocurrir. No me van a quemar, me digo, aunque algunas caras me parezcan descendientes directos de los torquemadas de la época, pero esto sé que es una exageración, demasiadas imágenes tenebrosas con las que convivimos en nuestra infancia, almacenadas en nuestro ideario, es un recurso que yo utilizo ahora para darle cierto dramatismo y emoción al viaje al pasado.

            No me interesa la estética semana santera (entre las cosas que considero feas, sin negociación alguna, se encuentran los pasos de Semana Santa y un vestido de novia, y por extensión una boda, no hay nada más hortera que una boda), pero ayuda, toda esa iconografía no está puesta en balde, tiene su intención y sin ella el acercamiento anímico que necesito para el viaje no se produciría. La música, magnífica, es determinante.

            Vista la Semana Santa desde otra sensibilidad, no hay que despreciar su elemento económico, tan necesario en nuestros días. Esto puede ofender al purista, pero no debe ser así. Que un acontecimiento tan espiritual haya desembocado en una utilidad de signo marxista, ahora entendido como neoliberal, no debe parecerle degradante. Yo creo que es una forma muy rebuscada pero eficaz de multiplicación de panes y peces: algunos de aquellos que no tienen trabajo habitualmente, en estos días lo encuentran y llenan su despensa con ese maná que la Providencia, tan astuta, les hace llegar. Dios y la beata Báñez lo tienen todo estudiado, se podría decir.

            Yo creo que la Semana Santa ya no hace daño, como piensan algunos de mis amigos, ¿o sí? No sé. Que es una esquirla inofensiva que se resiste a deshacerse en el tiempo. Lo que sí es cierto es que mucha gente obstinada abjura de ella y si en su mano estuviera la prohibirían. Craso error. Esta debe desparecer sólo si la gente de manera inteligente, sin ser forzada, llegara al convencimiento de que es un anacronismo. No es fácil que eso ocurra. Por eso creo que es una necesidad de primer orden que el hombre invente ya la tele transportación, así sería posible que los amantes de la Pasión se desplazasen todos al Medievo, época a la que creo que pertenece esta actividad, donde mejor puede lucir, celebren allí su Semana Santa y luego el Lunes de Pascua regresen a nuestro tiempo y nos cuenten cómo les ha ido, un resumen bastaría. Y todos felices. Yo también iría, y así, al menos por un tiempo, me quitaría de encima a los palizas anti semana santa. En este caso, Dios y la ciencia se están demorando en la invención del tele transporte. Ya pueden imaginarse las posibilidades que nos proporcionaría ese invento. Lo de disputas que evitaría.

Y lo que de necesario tiene la semana santa: es ver cómo pone a prueba el grado de tolerancia hacia lo distinto de progres y radicales trasnochados, intacto y calcado años tras año, fosilizado ese pensar intolerante como la propia Semana Santa.

Amén a lo dicho.

O como escribió brillantemente Pepe Villalba, mejor quítenle el acento a amén y amen, sobre todo amen, amen…

 
 
 

015. Funciones ideológicas

Un elemento de signo marxiano como es el económico, entendido como valor materialista que provee a los hombres de los recursos necesarios para adquirir porciones de confort y, en una estructura social como la nuestra, nos da acceso a la dignidad, una mercantilización de la cosa, se ha introducido sibilinamente en un espacio tan conservador e idealista como es el de Semana Santa, tan refractario hasta hace bien poco a la modificación o ampliación de sus presupuestos originariamente rituales, sin que la pertinencia de la entrada de este elemento sea discutida, ni rechazada su conveniencia, por la mayoría de sus acólitos. Sin que sufran este factor económico como un cuerpo extraño, una lanza clavada en el costado. El número de puristas debe ser muy reducido, o las voces en contra deben ser susurros apenas audibles, si acaso una queja queda, nunca una protesta. Algo parecido a una resignación escondida tras lo políticamente correcto, una cuestión de tolerancia mal entendida. Tal vez estén muy convencidos estos puristas de la trascendencia y fortaleza de la Celebración como para que ese elemento la perturbe. Este elemento, sin embargo, es una función con capacidad para modificar, infectar, en definitiva variar, aquel organismo en el que se inmiscuye. Esta función ideológica ha convertido la Semana Santa en un producto más de la sociedad del espectáculo, la ha dejado hueca, la ha convertido en un artilugio lúdico del capitalismo avanzado o tardío. Por fin tiene una utilidad para los hombres, he oído decir.

Otro de esos elementos o funciones ideológicas, el respeto al padre, como autoridad que deviene de unas estructuras sociales verticales, fuertemente militarizas y religiosas, en la que la obediencia se erige como una indiscutible entrega forzada de la subjetividad del hijo a la figura de autoridad encarnada en el padre, se ha atemperado en su lugar tradicional, esto es la relación padre-hijo, pero esa función, bajo una apariencia de elemento débil, se ha instalado de forma incómoda en el llamado mundo laboral y empresarial, agazapada está, a la espera de condiciones sociopolíticas favorables para aparecer en su verdadera dimensión. Si estas no se dan, esa función ideológica no tendrá reparo en desplazarse hacia lugares más convenientes para conseguir sus objetivos.

La felicidad o realización personal es otro de los valores, o función ideológica, que recientemente cambió de sitio. Esta función tenía su lugar natural fuera del mundo laboral, que era entendido y asumido como ese tiempo de vida que el individuo tenía que entregar a la comunidad para su mantenimiento y desarrollo, con unas implicaciones afectivas casi inexistentes. Fuera de ese ámbito correspondía producir eso que se ha dado en llamar realización personal, con unas connotaciones y un contenido de índole emocional adecuado para conseguir que la vida tuviera un sentido placentero y constructivo. No es así en nuestros días, en los que esta función se ha desplazado al ámbito laboral, en él es donde ahora se busca, se persigue y se consigue esa realización personal. El mundo, entonces, nos ha convertido en operarios y consumidores felices de los placeres que propiamente producimos.

            Estas intrusiones o trasvases de funciones ideológicas hacia otros enclaves, que en principio y de manera indiscutible habían tenido una ubicación y pertenencia casi sagrada a una parcela inicialmente asignada, en las que cumplían su cometido ideológico de manera inequívoca, ahora parecen haber perdido su carácter unívoco y albergar en su seno ambigüedades y polisemias antes ocultas que le permiten asentarse en contextos que anteriormente les estaban negados.

            Las instituciones que tenían la custodia y fijación de estas funciones ideológicas pertenecían a la llamada sociedad de la disciplina, y más tarde la sociedad de control, estas han cedido en su celo de preservación y sujeción y ahora esas funciones se desplazan, se disfrazan y desaparecen a su antojo por los vericuetos de una realidad transformada. Han creado con sus desplazamientos aleatorios e imprevisibles una apariencia de caos, en una especie de torpeza de movimientos primerizos. Es lo que algunos teóricos llaman momento de caos y popularmente se resume en la frase pérdida de valores, lo que no es tal pérdida, sino traslado, deriva, transformación. Transvaloración.

            Mientras tanto, esas funciones ideológicas buscan nuevos espacios en los que asentarse. O no. La condición y comportamiento de cada una de estas funciones se ha vuelto arbitrario a nuestros ojos, y una vez liberadas de sus papeles para las que originariamente fueron concebidas, estas funciones pululan por nuestra realidad con criterios propios y ejercen su cuota de influencia sin necesidad de someterse a ninguno de los organismos o instituciones a los que antaño pertenecían. Las funciones ideológicas, en algunos casos, han perdido su condición moral o ética. Sabedoras del poder e influencia que pueden generar se organizan de tal manera que en poco tiempo hacen que conductas propias, consolidadas en el tiempo, de un determinado gueto vital cambien de signo, o, sencillamente, rebajen sus prestaciones e intensidad hasta conseguir que el grupo actúe de forma poco acostumbrada. Por ejemplo, las funciones ideológicas de honorabilidad y servicio público que en alguna ocasión y por poco tiempo poseyeron algunos políticos han bajado considerablemente su intensidad en ese su lugar de origen y se han desplazado hacia aquellos lugares en los que una intención de regeneración de lo público se da como necesaria y es asumida como urgente. Quizá este tipo de comportamientos de algunas de las funciones ideológicas alumbren y arrastren a otras que parecen descarriadas o que están en un letargo del que pueden ser recuperadas. Esta es la esperanza de los más pánfilos. Las funciones, salvo casos contados, parecen tener otros planes.

Nuestra realidad ahora está entretejida de elementos o funciones ideológicas que se desplazan desde sus lugares de origen, se asientan en esas parcelas nuevas y matizan o colonizan la esencia de estas. Se organizan y preparan un ataque masivo, sin prisa alguna, sobre el tejido degenerado del mundo concebido por los hombres, en el que las funciones ideológicas tomen el mando y provoquen nuevas formas de vida. El ser humano, llegado el momento, será prescindible.

Si acaso, sobrepasados por la complejidad del mundo, ¿no estamos ya inmersos en esa posibilidad y somos zombis sin querer/poder reconocer el dominio absoluto de esas funciones sobre la gobernabilidad de la existencia?

       

 

016. Sobrevivir

El cuentakilómetros del vehículo marca solo 2.000 kilómetros y el Vendedor te dice que el coche está casi nuevo, indicando la cifra, que prácticamente eres tú el que, si te lo llevas, lo vas a estrenar; lo miras casi sin querer, al Vendedor, una mirada rápida. Sabes que te está mintiendo o que, recapacitas, es muy probable que te esté mintiendo, y no se lo reprochas. Con solo una mirada furtiva has podido ver que no tiene más remedio que vender. Padre de familia, mayor de cuarenta y cinco, muy posible que sin formación alguna, o incluso con formación, etc. Siente toda la presión de la biosfera laboral sobre él cuando la figura de su jefe se deja ver tras la ventana apersianada de su despacho. Él sabe, sospechas, que tú te has dado cuenta de que la verdad del cuentakilómetros es una ficción que se ha organizado alrededor de vosotros dos por una mera necesidad de supervivencia comercial. Tiene el Vendedor además en su gestualidad y forma de hablar algo de chulesco, más bien de ir sobrado de conocimientos sobre vehículos, en lo que parece ser un experto al que poco se le puede discutir, pero en una segunda mirada, que esta vez le dedicas con algo más de atención, casi podrías asegurar que esa semiótica mercantil suya es impostada, un armamento adicional para que en la lucha educada entre Vendedor/Comprador haya al menos una posibilidad de triunfo, es decir, la venta del vehículo. Esa chulería, de tantos años ya usándola como herramienta de venta, se ha incorporado traicioneramente a sus hábitos cotidianos y tiene él de chulo en realidad ya nada, solo esa pose adquirida por necesidad y que ya la ejerce con indiscutible profesionalidad pero con cierto cansancio.
Es posible que en el transcurso de la interrelación que se va a sostener entre Vendedor/Comprador, a él, el Vendedor, quizá en ese momento en el que vea peligrar la venta, se le escape una sonrisa que lleve el estigma de una complicidad necesaria, en la que esté dibujada la aceptación del juego que hasta ahora han mantenido: esa sonrisa encierra la siguiente información: vale, (dice la sonrisa del Vendedor) ya sé que usted sabe que estoy exagerando las prestaciones de este vehículo que ha venido a comprar, que no son 2.000 kilómetros los que tiene, sino 20.000, que su anterior dueño, como le he dicho hace unos segundos, no ha sido un señor mayor que casi no lo ha utilizado, sino un joven alocado que ha tenido varios incidentes con el vehículo que le han ocasionado abolladuras que nosotros hemos corregido; en fin, que le hemos lavado la cara al coche hasta hacerlo parecer seminuevo, como dice el cartel que aún está en el parabrisas; también yo he leído su cuerpo y este me dice que su capacidad adquisitiva, Sr. Comprador, solo llega para un coche de este tipo y aun así su compra conllevará la supresión necesaria de alguna costumbre o capricho que hasta ahora podía permitirse, que la pose despreocupada con la que se ha acercado a este concesionario y la mano blanda que me ha dado al saludarme, sin mirarme, esa solvencia supuesta en su despreocupación por los coches en general, en fin… ; ahora, (sigue hablando la sonrisa), momento en el que usted y yo hemos llegado al mismo plano de entendimiento, a entender nuestros respectivos papeles y necesidades en esta vida, ahora, digo, queda en su mano la decisión, que no es trágica, lo sabemos, ni siquiera llega al drama, no exagero si digo que es ridícula; no se puede llamar engaño a esto, ¿verdad?, ahora sabemos los dos que pertenecemos a ese inmenso grupo de los que no viven, sino que sobreviven en este ecosistema social y político; usted y yo sabemos que en alguna medida alguno de nuestros comportamientos están determinados por estas condiciones sociales en las que nos ha tocado vivir y que las asumimos como juego.
El Comprador, a su vez, le contesta con la mirada: sí, así es.
Me lo quedo, dice con fingida resolución el Comprador. Y esta vez tiende la mano firme hacia el Vendedor, sellando un pacto un punto amargo que los hermana, y quedan visibles en el cuadrante que la maquinaria social les tiene asignado.
Pese a todo, el ser humano es extraordinario.

 




017. Uno de Mayo

Sobre los escalones de entrada al Ayuntamiento, cuyas instalaciones acogen de nuevo buena parte de las dependencias del Gobierno Municipal, está extendida una pancarta que dice: POR UN SALARIO DIGNO, junto a ella reposan tres bombos y dos cajas esperando ser golpeados por puños reivindicativos, habitualmente esta función recae en los llamados liberados. Los tres grandes sindicatos están hermanados en esta celebración.

            Los trabajadores se van aproximando por los laterales del edificio y confluyen frente a la escalinata, los que se dan cuenta de que están frente a la pancarta y tambores se retiran cautelosamente hacia un lado queriendo dejar libre la visión de la leyenda e instrumentos. La prensa apremia a los despistados para que no les oculten el campo de visión. Se hacen grupitos, bien porque entre ellos se conocen y se han encontrado allí o bien por afinidad sindical: hoy desprenden una energía especial los cuerpos reivindicativos.

            El carismático sindicalista ya retirado Porras Naranjo, en calidad de invitado de honor, (lleva una pegatina de UGT sobre su camisa a la altura del corazón igual que otros que lo acompañan lucen un cocodrilo mal bordado o un paquete de Marlboro que se transparenta bajo la fina tela del bolsillo) aparece en el escenario megáfono en mano, da los tres o cuatro pasos necesarios para instalarse junto a la pancarta y espera, hierático, perro viejo, unos segundos hasta que los compañeros y compañeras asistentes se van percatando de su presencia junto al micro, que supone la inequívoca e inminente intervención.

Todo está a punto para conmemorar el uno de mayo, la expectación es máxima, miles de personas asisten al acto, el micro silba en un acople que rápidamente es silenciado: Porras ha bajado el megáfono, alejándolo de su influencia.

Apenas si el señor Porras ha articulado el pertinente saludo a su audiencia, se oye desde el cielo, de menos a más, la música de la Guerra de las Galaxias. Algunos creen que es parte del espectáculo, pero al fin, extrañados, los presentes alzan la cabeza y ven aparecer los platillos volantes. El personal huye despavorido, (recuerden la Guerra de los Mundos) pero los eficaces rayos paralizantes dejan inertes a los manifestantes, envueltos en una sustancia parecida a la miel, (más tarde sabremos que a esto se le llama ambarización), en sus posiciones de huida, con la banderita sindical en alto, el rostro despavorido.

Las naves se posan sobre la Avenida España, en el tejado del Conservatorio, el paseo Fariñas, toda la ciudad debe estar invadida y sus habitantes ambarizados. De las naves bajan unos cuerpos amorfos de color verde con varios ojos en lo que podríamos llamar cabeza y tentáculos varios en lugar de brazos. Son alienígenas llegados de Titán. Han conquistado la Tierra.

Varias horas después desambarizan a la población. Los vugs, como se hacen llamar los habitantes de Titán, nos advierten de que nada tenemos que temer, que su misión afecta solo a los sindicalistas, únicos individuos que aún permanecen atrapados en el ámbar. Una comisión terrestre se reúne con los vugs, la alcaldesa a la cabeza, y estos explican que lo único que les interesa es la fuerza de trabajo que albergan los cuerpos de los sindicalistas y trabajadores afiliados, esta fuerza de trabajo les será extraída y almacenada convenientemente. En Titán, explican, la masa vugsiana productora de bienes ha tenido un colapso en sus funciones de trabajo y deben ser recargados.

Y así lo hacen. Ninguna oposición por parte de los terrícolas. La capacidad tecnológica de los vugsianos es tan superior a la nuestra que nada podría impedir lo que se proponen. Desambarizados los sindicalistas y afiliados, son sometidos a la extracción de la fuerza de trabajo que contienen sus cuerpos, especialmente motivados este uno de mayo. Las naves, una vez acabada su misión, ascienden al cielo, rumbo a Titán.

Durante los siguientes días los sindicalistas y afiliados deambulan por la ciudad como zombis. Poco a poco van recuperando su actitud anterior a la invasión, se reorganizan y aparentan ser lo que eran. Pero la verdad es que ya nunca recuperarán sus capacidades para terratransformar la sociedad. El único consuelo que les queda, que nos queda, es que su fuerza de trabajo esté siendo utilizada en Titán, quizá, siendo muy optimistas, para transformar la sociedad vugsiana. Yo creo que no, que la información que los vugsianos tienen sobre nuestras instituciones, en este caso el sindicalismo, está lejos de ser la oportuna.

 

 

018. Lo real
Hasta que a Borges se le ocurrió aquello del mapa y el territorio todos vivíamos más o menos bien, es decir, inocentes y desconocedores de la sustancia de que está hecha la Realidad, como el pez de Wallace que se pregunta ¿qué es el agua? En el cuento de Borges los cartógrafos del Imperio aspiraban a la confección de un mapa tan detallado que llegara a coincidir con total exactitud con el territorio del Imperio. Y eso hicieron, hasta conseguir más tarde que toda la Tierra quedara cubierta por el mapa. Y como sin darnos cuenta hemos estado viviendo en ese mapa superpuesto desde entonces sobre el territorio. Nos hemos acostumbrado a hacer nuestra vida entre los pliegues de ese mapa, sin dejar de quejarnos de pisar el papel en vez de la tierra añorada.
Y cuando ya habíamos asimilado las nuevas reglas del juego y resignados aparentábamos ser felices en nuestra desgracia, llega Baudrillard y nos dice que sobre ese mapa tenemos que ir reconstruyendo y recuperando el territorio. Esto es: sobre el simulacro que es el mapa en el que vivimos ir recomponiendo la Realidad que los cartógrafos del Imperio habían sepultado con su mapa. Esta tarea se presenta más ardua, e inalcanzable el objetivo que aquel que consiguió el Imperio. Sin embargo, como siempre, unos pocos iniciaron la tarea y a veces, sobre el mapa, llego a ver un destello de cordura que es obra sin duda de esos pocos. Pero no podemos engañarnos: conseguirlo no queda fuera de lo imposible, creemos.
A mí se me ha ocurrido, solo por seguirle modestamente el rollo a estos grandes pensadores, que quizá lo más conveniente sería provocar una gran explosión del planeta, un nuevo big ban, con la idea de más tarde recomponerlo a base de ir juntando los pedazos esparcidos por el espacio, haciendo un compuesto de trozos de manera que logremos reconstruir nuestro mundo: aspiración máxima del terrorista. He advertido que la explosión no solo hará trizas el territorio sino el mapa también, incluidos los trozos de Realidad que ya habíamos conseguido superponer al mapa, en este caso poca cosa.
Recordando a Baudrillard, me pregunto quiénes serán los nuevos cartógrafos que compongan ese nuevo mundo que surja de la gran explosión, si serán fiables. Son cosas mías, me digo.
En cualquier caso, un día despertaremos y todo habrá desaparecido, el mapa y el territorio. Lo tangible de las cosas y las cosas mismas. Las sensaciones, los pensamientos, las emociones. Toda esta construcción de lo real desaparecerá, como lágrimas en la lluvia. Nos rodeará un inmenso vacío que ni siquiera ahora podemos imaginar; la nada que ahora imaginamos es algo que en ese momento será nada.
            Y no será la muerte.
            Seremos información desplazándose por el éter, por el cauce eléctrico de un mundo infinito y rizomático. Eternos e inmortales. Para no morir de tristeza, tendremos que soñar de nuevo los Desiertos del Oeste, y allí, entre las Ruinas del Mapa, desearemos vivir como mendigos.

           
(Del rigor en la ciencia. Jorge Luis Borges, Historia universal de la infamia. 1946.

En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.)

(Cultura y simulacro. Jean Baudrillard. 1973).

 


019. Juanjo Trujillo: Alcalde

En democracia gobierna el que alcanza la mayoría, bien porque la logra por sí mismo o porque al coaligarse con otro obtiene esa mayoría. Porque esa mayoría representa a la mayoría de ciudadanos con derecho a voto, así está convenido. No se acepta otra forma de acceder a la gobernabilidad si no es mediante la obtención de mayorías. La idea de mayoría está por encima de cualquier otra consideración.

            Pero en mi ciudad el 54,61% de la ciudadanía con derecho a voto se ha abstenido.

            Aplicando la idea anterior, a ellos correspondería el gobierno de la ciudad, puesto que superan a los votantes. Además conforman una mayoría absoluta. La idea de que el voto legitima por encima de la abstención desmiente lo que llamamos soberanía, entendida esta como voluntad del pueblo. La voluntad del electorado de mi ciudad, por mayoría, ha quedado clara: quiere ser gobernada no por los representantes surgidos de los votos, sino por la nada abstencionista. O quizás quiere no ser gobernada.

            ¿Cómo recuperar esa energía social que posee esa nada? ¿Es pertinente, aconsejable esa recuperación? ¿La abstencionalidad, no es ya una fuerza social que en su aparente pasividad entrópica genera riqueza de índole desconocida en la comunidad? Los abstencionistas, auténticos ganadores de estas elecciones, ¿podrían conformar un programa de gobernabilidad y gestión para nuestra ciudad? Desde luego, sería un programa muy plural, en el que sí que habría una mayoría representada. Quizá no muy distinto del que presentan los votados. En cualquier caso, el programa y la gestión de ese programa de los abstencionistas podrían llenarnos la vida de agradables sorpresas, necesarias para una vida mejor. ¿Para cuándo un partido, o mejor, plataforma de los abstencionistas? Demasiadas preguntas, la abstención no es un tema baladí. ¿El abstencionista supera en riqueza moral al votante?

            ¿Quiénes, cómo y qué son esos que se han abstenido? No es imprescindible saberlo, la abstención al igual que el voto es secreta. Es cierto, tampoco sabemos quiénes son los votantes más allá de los pocos con los que nos hayamos cruzado al pasar por un colegio electoral, y salvo alguna excepción no sabemos a quién han votado. Tanto en un caso como en otro la visibilidad no presenta merma o problema. Si alguno encuentra despreciables las motivaciones de los abstencionistas solo tendría que pensar que quizás igualmente podrían serlo las que mueven al voto. No habría que caer tan bajo, digamos que los gestos de los electores, de un signo u otro, nunca son gratuitos.

Conozco a un abstencionista manifiesto, que ha proclamado la idea de abstención abiertamente. Incluso ha hecho su pequeña campaña, como los que piden el voto, más modesta sí, pero altamente eficaz, con un mensaje visual claro y un eslogan irrebatible: NO VOTES. SALGA QUIEN SALGA PIERDES. A fin de cuentas se ha mostrado como la campaña más efectiva: ha obtenido la victoria: el mayor número de impactos con el menor gasto posible, lo que da una idea de lo que el alcaldable de los abstencionistas podría hacer con un presupuesto mediano. En unas breves declaraciones en las redes sociales el Sr. Trujillo dijo: “Es lo que siento y lo que pienso”. Esta frase, en su sencillez, abarca los tres componentes básicos para la comunicación: “lo que siento” alude al pathos, a esa emoción que dota a su proyecto del componente humano necesario; “lo que pienso” concierne al ethos, un factor que nos indica el carácter intelectual, el del hombre ético que razona lo que dice; y ese logos resuelto en un mensaje sencillo y directo que nos transmite fiabilidad. Díganme si encuentran en algún candidato de los votantes tan alto grado de solvencia prometida.

            Yo lo propongo para Alcalde, como representante de esa mayoría silenciosa, heterogénea, invisible, inclasificable, digna, escurridiza y abstencionista de mi ciudad, que ha encontrado en la mudez electoral la mejor forma de expresarse. Ellos son los indiscutibles y legítimos ganadores de estas elecciones. Sin embargo no habrá protesta ni reclamaciones por su parte, abstenerse es la lúcida y noble consigna.

 

 

020. Describe tu aldea

Menos que cero es una novela costumbrista, unos apuntes, o mejor, una redacción que hace de su entorno un adolescente, un ejercicio tipo “describe tu aldea”.

            En ella van apareciendo de manera desganada (desganado es el tono en el que el narrador en primera persona, afectado por la desidia y las drogas y por la Historia, por la no esperanza que no la desesperanza, se expresa) los usos y costumbres de un grupo, ¿generación?, de jóvenes pertenecientes a una clase social determinada, en los primeros años ´80 que transcurren en la ciudad de Los Ángeles y alrededores.

            Este contar, desinhibido también, pone de manifiesto las interioridades del grupo, una forma de vida alejada de la corrección y de los principios éticos y morales que supuestamente deben predominar, según nos han enseñado desde chicos. Este es el “horizonte” bajo el que se desarrolla esta fábula moral. Su autor debe tener, entonces, una idea de cómo deben o deberían ser las cosas, y todos los comportamientos que no encajan en esta idea son expuestos en el texto, bajo una apariencia de cotidianidad asumida por los personajes, solo tiene que fotografiar su entorno, sin retocar, solo elegir, que ya es una forma de manipulación, en este caso para denunciar el estado de putrefacción de un grupo, ¿de una sociedad?

            Nada nuevo. Pero cada época necesita su cronista, cada tribu, cada grupo social, cada momento necesita ser descrito. Y Ellis lo es en Menos que cero y lo ha seguido siendo en sus posteriores novelas, que yo aún no he leído. Para ello el autor expone a un personaje llamado Clay y lo hace moverse por los distintos ambientes y le hace contar lo que ve desde, dicho antes, un ejercicio apático, fragmentario, incisivo y edificante. Ser encapsulado en sí mismo, molesto con su entorno, aherrojado al mundo, en la tradición de ilustres personajes como el protagonista sin nombre de Hambre, novela de Knut Hansum, el extranjero de Camus, personajes lacónicos, forzados a vivir en sociedad. Estos personajes y la forma en que son expuestos ante el lector provocan la sensación de que bajo esa aparente normalidad algo va a estallar. Ese algo va a estallar son dos cosas: algo va a estallar en el propio terreno ficcional, en el devenir de la vida de esos personajes, algo se está cociendo, el roce continuo, la fricción de unos con otros puede hacer saltar la chispa y ocasionar la explosión. Y, también, algo va e estallar en el mundo, este que habitamos y que ingenuamente llamamos real, si por alguna razón este tipo de personajes se multiplicara, se hiciera mayoría, pero, como decía el de la película, esta es otra historia o la misma pero ampliada.

            Clay va al psiquiatra, parece que por iniciativa propia, lo que lo hace humano en su tibio afán por comprender su situación; a través de la opaca visión que tiene de su realidad vislumbra que su vida no transcurre por el camino idóneo, o el adecuado, o el conveniente, el que él supone conveniente, porque deduce que si haciendo lo que hace está a disgusto es posible que haciendo otras cosas se dé el caso de no estar a disgusto, es una lotería pero hay alguna posibilidad. Porque Clay tiene su “horizonte”, no está del todo perdido. O sí.

 
P.D. 1.

Si de verdad queréis buena información sobre este libro y sobre su autor acudid a:


 
P.D. 2.

Sería interesante un estudio detallado del momento histórico literario social y político en el que aparece este Menos que cero. Tiene un precedente ilustre, el incomparable, fuera de categoría, Yonqui de W.S. Burroughs.

 
P.D. 3.

Un último apunte, para molestar un poco a aquellos posibles lectores pasados de moda.
Algunos discutirán la novela en términos de valor literario a la vieja usanza, echarán de menos una prosa brillante, rica en matices sintácticos y adjetivos deslumbrantes, rica en vocabulario, ausencia de trama, echarán de menos la cursilada del arte, ¡por dios!, etc., pero nada de esto es obligatorio, ni necesario ni aconsejable las más de la veces, estos lectores, todavía, o siempre, olvidan “que literatura es aquello que queda cuando se olvidan las palabras”, como dijo mi amigo Carlos.

 
 
 
021. El triunfo de Kohlhaas

Kohlhaas triunfa. Esta es la sensación inmediata al cerrar el libro ya leído. Se trata de Michael Kohlhaas, una novela corta de Heinrich von Kleist, escrita a finales del siglo xviii. El héroe ha tenido que pagar con su vida la demanda de atención que él como individuo requería y exigía. El tratante de caballos Kohlhaas no puede recuperar dos caballos que les han sido retenidos por un despótico miembro del Estado. El Estado ya ejerce sobre el individuo Kohlhaas la misma presión e injusticia, el mismo desprecio, que en los comienzos del siglo xx y en adelante ejercerá sobre los personajes insuperables de Kafka, y sobre el propio Kafka, y sobre cada uno de nosotros. Kohlhaas no es atendido por el Estado por una falla en su mecanismo burocrático inhumano y éste se alza en armas, cegado, contra todo, y hace bien porque el Estado es todo, todo lo que aplasta es Estado. Así lo entiende el héroe en una mirada precursora, moderna, sobre el papel del Estado, sobre el papel aplastador siempre constante que ejerce el Estado sobre los individuos.
Como lector me he acomodado a un “tipo” de lectura. Casi exclusivamente leo a autores del siglo xx y xxi. Hay en estos autores contemporáneos una “forma” de expresarse diferente, es obvio, a sus antecesores. Acostumbrada mi mente a esa forma, encuentra serias dificultades para la lectura de textos foráneos a ese periodo. Malas costumbres. Tengo que redoblar la atención y a poco que baje la guardia salgo con facilidad del texto (en este caso me ha ocurrido en el episodio de la carta de la gitana). Sin embargo, salvo esto, la propuesta de Kleist es tan potente que no te deja ir, te obliga a estar con él. Su proceder narrativo es ágil como el más ágil de los textos actuales. Tan contundente como los mejores relatos de cualquier tiempo.

Entiendo que fuera este Michael Kohlhaas lectura muy querida por Kafka. Kafka escribió esto: “En Kleist la modestia, la comprensión y la paciencia se suman para generar la fuerza necesaria para el éxito de cualquier parto. Por eso lo leo una y otra vez. El arte no es cuestión de aturdimientos fugaces, sino un ejemplo de efecto perdurable… En Kleist se encuentra la raíz del moderno arte alemán del lenguaje”. También sus héroes, los de Kafka, van a moverse espoleados por la injusta maquinaria estatal, de otra manera, pero con el mismo tesón, van a dejar de lado todo como Kohlhaas, hasta el punto de centrar sus vidas en el asunto en el que se ven inmersos por mor de un detalle al principio sin importancia que precipita los acontecimientos, un asunto que se convierte en el centro de la razón y sinrazón de su existencia.

“Los héroes de Kleist, conciencias inestables situadas entre mandamientos inseguros que se excluyen mutuamente, se despedazan a sí mismos. No es un espectáculo agradable. Comienza la modernidad.”  Dice Christa Wolf en la contraportada.

 
 

 
022. Pudin de plátano

Encontré esta receta en la Red y espoleado por lo bien que sonaba no tardé en ponerme manos a la obra:

INGREDIENTES: 1 taza de azúcar; 1/2 taza de harina para todo uso;  1/2 cucharadita de sal; 2 tazas de leche (descremada no); 4 o 5 plátanos maduros, en rodajas finas (cubierta con una envoltura de plástico o rociar con jugo de limón para evitar que se oxiden); 1 caja galletas de vainilla; 1 cucharadita de extracto de vainilla; 1 cucharada de mantequilla (no margarina); 4 yemas de huevo (huevos grandes o mejores). Merengue: 5 claras de huevo, la temperatura ambiente; 6 cucharadas de azúcar; 1/4 cucharaditas de crema tártaro; 1/2 cucharadita de extracto de vainilla.

INSTRUCCIONES: Precaliente el horno a 375 ° F. Cubra el fondo de un molde de 9×9 pulgadas con una capa de galletas de vainilla. Mezcle el azúcar, la harina y la sal en un tazón y mezcle bien. Ponga a un lado. En una cacerola de fondo grueso, batir las yemas de huevo también. A fuego medio, agregue la mezcla de harina a las yemas de huevo, alternando con la leche y la vainilla, revolviendo constantemente. Llevar a ebullición suave y, cuando la mezcla comience a espesar, agregar la mantequilla, sin dejar de revolver. Mantener la ebullición y agitación hasta que la mezcla alcanza una buena consistencia de pudin. Asegúrese de que no se queme el pudin. Retire del fuego. Coloque una capa de rodajas de plátano en la parte superior de las galletas de vainilla. Vierta la mitad del pudin sobre la capa de plátano. Poner otra capa de galletas de vainilla, otra capa de rebanadas de plátano, y cubrir con el pudin restante. Batir las claras de huevo a velocidad alta hasta que se formen picos suaves. Agregue la crema del tártaro. A alta velocidad, añadir poco a poco el azúcar, una cucharada a la vez, y batir hasta que se formen picos duros. Doble la vainilla en el merengue, y difundir el merengue sobre el pastel, sellándolo en los lados del plato. Hornee hasta que los marrones del merengue se hagan visibles, de 12 a 15 minutos.

           

No tardé en degustar el apetecible postre, y al poco tuve una reacción extraña. Mi pensamiento tuvo la decisión de pensar de esta manera:

“La mataré de una paliza y luego seré obsceno con ella… y entonces sentí cómo de mi cabeza abierta y sangrante salía el cuerpo de una persona, abriéndose paso hacia el exterior con las manos primero y luego con los brazos, como si fuera un feto envuelto en líquido amniótico, se agarró a la pared inmediata sobre la que descansaba la cabeza como si fuera una salamandra viscosa, subió y luego bajó por ella hasta quedarse junto a mí, restregándose contra mí, envolviéndome con sus babas, rozándome voluptuosamente, desnuda me pasaba sus pechos húmedos por la cara, el sexo abierto, carnoso y caliente como la boca de una planta carnívora que quería engullirme, me ahogo entre las piernas abiertas, el flujo vaginal me cubre la cara y las manos de ella buscaron y atraparon el pene que surgió como la trompa de un elefante en el cuerpo de un enano, se lo llevó a la boca y lo tragó hasta hacerlo desaparecer dentro de su organismo y todo yo fagocitado seguido de él, de pronto creo estar atravesando a nado el estrecho de Bering, las aguas heladas del mar, me tiende la mano mr. arkadin y así salvo la vida y me encamino hacia las tierras cálidas del continente desconocido en el que de mis pantorrillas embarazadas nacen dos hijos que a su vez engendran dos coches, han debido tener un accidente en la avenida españa y el nivel del agua sube hasta entrar por las ventanillas rotas hasta cubrirlas, los cadáveres dentro del coche, solo se ha salvado la ardilla que en dos movimientos se ha encaramado a lo más alto del edificio, y queda la ciudad sumergida por la que transitan hombres peces con un sistema branquial que destella la luz del arco iris sobre el fondo marino, son las cuerdas de la existencia, llego a entender”.

Salgo del pensamiento bruscamente, aún con la cucharilla en la mano…

Después de esta experiencia, el pudin de plátano se ha convertido en mi postre favorito y puedo decir sin rubor que ya soy un auténtico adicto.

Ni que decir tiene que todo esto le pasó a un amigo mío, que ustedes no conocéis.

 

 

023. Los lectores

“El mejor lector es el lector muerto”
Luke Branded

 
Odio en grado sumo a los lectores, y la sabiduría que con esa práctica adquieren. Escoria humana. La lectura es un subterfugio rastrero para destacar sobre los demás. El lector trapichea con esa falsa sabiduría adquirida mediante la lectura (si esa sabiduría es auténtica ya es un ser absolutamente perdido), en un posicionarse por encima del otro (está mejor valorado socialmente un lector que aquel que no lo es, claro que esta valoración la hacen los lectores), que sí, que esa pelea es humanamente lícita, pero el lector común no sabe esto, se engaña creyéndose un alma que habita las praderas frondosas del conocimiento de la existencia del ser humano de forma desinteresada, es tan bobalicón que es incapaz de atisbar que en la adquisición de saber hay claros signos, sino únicos, de egoísmo con el fin de quedar por encima del otro, y poco más. Engaño que para el lector es totalmente necesario para poder sobrevivir, tan débil se sabe que sin ese apósito que es el saber que le proporciona la lectura está perdido, vulnerable ante el otro. El lector lo es también porque tiene miedo a ser despreciado, arrastra ese temor, y mediante su adquisición de saberes, acumulación de información, está pidiendo indulgencia. Presenta sus credenciales y ya sabemos que no pertenece a la chusma, es un hombre cultivado.

El lector es incapaz de un intercambio de datos emocionales sin esa capa presuntuosa de lo intelectual, no conoce, no sabe que es más que suficiente una sabiduría simple, funcional y aséptica, no adquirida en los libros sino en la calle, para contraer con el otro un eficaz trato humano, ese prurito sabiondo es un añadido molesto para el otro, si ese otro es un ser inteligente se sentirá incómodo ante ese hombre cultivado, el desagradable y siempre un punto engreído lector.

El lector, tan centrado en gestionar sin fisuras su saber tramposo, su base de datos, la información es poder, tan absorto en mantener las constantes persuasivas de la sabiduría postiza que le da sus lecturas, con el fin de que no se le escape la presa, sobre la que tiene que predominar, tan pendiente de ese ejercicio, sin importarle afectivamente nada el otro, que ese otro es solo un objeto que le va a proporcionar un estatus superior, es la versión ruin y cobarde del escritor. Para llegar a ser el intelectual que se expresa mediante la escritura, estatus que el lector anhela secretamente, a veces tan secretamente que no sabe que lo anhela, no le alcanza para ello el talento y tiene que conformarse con las migajas de la lectura: el lector común es un escritor en diferido, postura acomodaticia. Un poco de psicología evolutiva nos diría que al lector, con el tiempo, se le va agriando el carácter, convencido de que su conversión a escritor ya nunca se producirá por falta de talento, se sentirá frustrado, y condenado a seguir siendo el lector que siempre ha sido (seguramente un mal lector; abundan más de lo que pueda parecer), ¿qué otra cosa puede hacer? Aun así, la actividad lectora, las más de las veces, es la puerta abierta a mayores y variadas perversiones: se empieza siendo un lector de textos de esos que “hay que leer” para conseguir entrar tímidamente en esa mafia que se llama intelectualidad, más tarde, para no perder esa posición conseguida uno acaba leyendo lo que no está escrito, no vaya a ser que no estés al día y eso te deja en muy mal lugar, y se acaba dando consejos a los amigos lectores que tú consideras que están por debajo de tus posibilidades y les recomiendas lecturas, incluso escribes algún articulillo planteando los arcanos narratológicos de esta u otra novela. Todo por ir reafirmando tu posición de hombre o mujer de interés intelectual. Sí, sí, la lectura es imprescindible para triunfar en esta vida, para obtener una posición de valor en tu círculo. Y triunfar ya sabemos lo que supone, y significa.

Hay lectores que sustentan moralmente sus lecturas en ideas filantrópicas: comprender la existencia del mundo y hacérsela ver desinteresadamente a sus semejantes, dar consejos a través de citas famosas, la lectura nos permite comprender los mecanismos que hacen funcionar la familia, la sociedad y así ser más comprensivo con ellas, etc. Claro, el lector no podrá reconocer nunca su egocentrismo silente, la verdadera función de sus saberes adquiridos estriba en que es un medio al servicio de su egoísmo para ser mejor que el otro; si así fuera, si descubriera la naturaleza de su obsesivo e innecesario almacenamiento de saber quedaría al descubierto, quedaría solo ante su mediocre monstruosidad que con tantos trabajos mantiene oculta bajo su careta social. El ser humano no quiere saber qué es ni cómo es, no le interesa, sabe que cada descubrimiento que haga sobre sí mismo lo acercará más y más al monstruo que irremediablemente mantiene oculto en las mazmorras de su ser. La lectura le ayuda a ocultarse de sí mismo.

La sabiduría que proporciona una actividad lectora enmascara al monstruo. Otro día hablaremos de los escritores.

 
 

024. Los escritores

La ardua tarea del ESCRITOR nunca es bien comprendida. Su dedicación desinteresada hacia los demás, nunca del todo bien recompensada. Casi siempre el escritor es un intermediario entre la IDEA y su destinatario, el lector, que es casi como decir entre DIOS y el hombre. Las lecciones tanto morales de altos vuelos como pequeñas indicaciones de cómo deben comportarse los seres humanos en la vida cotidiana para mejorarla, así como hacer ver al lector aquellas falsedades que se parapetan tras las verdades oficiales que nos muestra nuestra vida moderna y altamente tecnificada a través de los mass media que quieren manejar nuestras vidas, todo eso y más que tantas veces nos ofrecen las novelas, artículos, ensayos, la gran poesía, es fruto del talento y el esfuerzo abnegado de eso que llamamos ESCRITOR y que en nuestros días tan devaluado está, como lo está toda voz de autoridad, véase maestros, médicos, la figura paterna, etc.
            Está por calcular cuánto bien ha hecho la literatura al ser humano, cuánta parte de mérito tiene el escritor en este maravilloso proceso que provee de progreso y felicidad a los hombres.

            ¿Es usted el mismo después de haber leído un verso?

            Algunos no entienden esta labor y menosprecian el valor que tienen esas porciones de sentimientos sinceros y maravillosos que el escritor comparte con sus lectores, que no es fácil abrirse y darse a los demás; esas cápsulas de sabiduría que administran diariamente a los lectores pacientes y nos hacen la existencia menos pesada, con el noble afán siempre de edificar o consolar, llevar algo de sosiego, sonrisa o saber a las almas humanas. El escritor sabe leer la existencia y la traduce a sus LECTORES, sin los que no tendría razón su ser, el escritor vive por y para el lector, y esos lectores inteligentes y nobles, agradecidos, le hacen llegar su complicidad y admiración. ¿Qué es el escritor sin el estímulo en forma de comentario, carta, etc. que le hace llegar su fiel lector? ¿O al querer acercarse a él en una presentación de libros y, respetuoso y nervioso, le pide que le firme un ejemplar? Cuando todo esto sucede, cuando se da esa comunión, podemos decir, rememorando al gran poeta: “Todo perfecto. Las doce en el reloj”.

Una pieza fundamental para restablecer el orden perdido en nuestra sociedad es la del ESCRITOR, hablo del escritor serio, comprometido con su entorno sociopolítico, con los valores morales y éticos que hagan que nuestra comunidad sea cada día mejor y más justa, que señale y denuncie sin temblarle el pulso los comportamientos corruptos de nuestros dirigentes, la opresión puntual de nuestras instituciones, el escritor debe estar a la vanguardia de todas las reivindicaciones humanas, debe ser guía y compañero de lucha… debe introducirnos “en el conocimiento sensible del mundo a través del arte”, hablo de ese escritor que se ha olvidado de los géneros y las mamandurrias porque siente en lo más profundo de su ser que el mundo lo necesita, el ser humano necesita sus guías, e insisto: el escritor es pieza fundamental en la reconstrucción de este mundo cada vez más deshumanizado y triste, tan falto de edificantes costumbres.

Me emociono, lo sé, y sé que los lectores de este modesto texto entenderán el rastro de temblor emocionado que dejo en él. ¡Cuánta vida se nos ha ido quedando en el camino, hasta acabar marchitos en este atardecer de los afectos!

Pero sabemos que siempre nos queda: ¡EL ESCRITOR!, ¡EL ESCRITOR!


 

 

025. Eterna penumbra de la mente Simpson

 
De la extensa e intensa entrevista que me hicieron en El País solo me interesa rescatar y mostrar aquí una pregunta y su contestación. Después de una serie de cuestiones relacionadas con la narrativa, la literatura, (de eso se trataba) me sorprendió la entrevistadora con una de carácter personal: ¿Es usted feliz? Yo había acudido allí en calidad de escritor y no como la persona que soy, que son dos cosas distintas o al menos podríamos decir que el escritor es una entidad mínima de la persona, muy poderosa dentro de mí pero con la que no siempre estoy de acuerdo, a la que no siempre contradigo o desaliento y la dejo que se vaya expresando como crea conveniente, dentro de los márgenes, eso sí, de unos parámetros permisibles por el buen gusto dominante (lo que no siempre consigo porque si algo quiere ser ese escritor es parecerse a los niños terribles de la literatura, no es fácil convivir con alguien así), sin que nada de esto sea limitación para que esa expresión sea clara y contundente si se tercia la ocasión. Consideré en ese momento también que quizá la pregunta no era de carácter personal sino que a lo que ella se refería era que si como escritor era feliz. Que va, me dije. Creo que no va por ahí.
            Hasta ese momento, la entrevistadora me había tenido sorprendido y a la vez ensimismado en el buen trabajo que estaba haciendo. (No es momento de meterse con los periodistas, pero ahí queda). Ella se había documentado hasta tal punto que conocía mi obra muy por encima de lo que yo mismo podría conocerla así pasase cientos de años de estudio esforzado sobre ella, y no porque yo la considere compleja sino por una cerrazón que se aviene cuando trato de inmiscuirme en ella. Y las preguntas eran claras, bien elaboradas y, lo mejor de todo, nada de pedantería ni ínfulas intelectuales de por medio. Mirándola, oyéndola, me daba cuenta de que hacía mucho tiempo que no había estado ante una persona inteligente. Si no es que el olvido no había hecho una de las suyas conmigo.

            La única vez que pude sorprenderla fue cuando me invitó a que le destacara una influencia clara y decisiva en mi literatura en los últimos años en los que tan retirado había estado y nada se había sabido de mí. Le sonreí porque creí que empezaba a bromear conmigo, lo que no me desagradaba, aunque la entrevista se la estaba haciendo al escritor el resto de mi persona también estaba allí y temí que ese resto empezara a involucrarse demasiado en la tarea, la entrevista, que debía corresponder solo al escritor.

            Le dije que el producto creativo que más me había gustado e influenciado en los últimos veinte años era la serie Los Simpson, que pasado el tiempo necesario para obtener una perspectiva precisa y solvente sobre ella será considerada tan importante y a la altura de las grandes obras de la historia. El amplio y sutil fresco que presenta sobre la vida contemporánea y el retrato mordaz sobre los comportamientos de una familia media, bla, bla, bla… Y sobre todo el capítulo nueve de la temporada diecinueve llamado “Eterna penumbra de la mente Simpson” me parecía un momento de gracia creativa inigualable, etc. La entrevistadora aún no conocía mi última novela escrita, en la que llevaba trabajando años, y todavía inédita. En ella y en mi faceta de escritor eran evidentes esas influencias. Quiero remarcar que esta influencia tan potente solo afectaba a ese escritor que habita dentro de mí y que el resto de mi persona apenas sufría tales padecimientos, o eso creo yo.

            Apenas si hablo durante unos minutos mi boca se reseca, es como un toque de atención biológico a mi creencia casi enfermiza de que “hablar es mentir” (“vivir es colaborar”), es como si lo físico y lo mental caminaran de la mano y ninguno de los dos pueda quedar atrás. La entrevistadora se percató de este detalle, se disculpó por no haberlo previsto, y me ofreció algo de beber. ¿Tienen cerveza Duff?, pregunté. Hizo una consulta rápida a los del equipo de producción y estos le dijeron que no tenían esa marca, que si quería otra… no, no se preocupen, una botella de agua mineral me viene bien.

            Bebí un trago largo de la botella y al dejarla sobre la mesa fue cuando ella me preguntó: ¿Es usted feliz?

            Y yo le contesté: Ahora sí.

            Muchas gracias por todo Sr. Branded, sonrió la entrevistadora a modo de despedida satisfecha, cierre de la entrevista.

            Entonces yo dije, mientras el escritor callaba, llámeme Luke, si no le importa.

            Era inevitable, así las cosas, que yo también entrara en esa eterna penumbra que hasta hacía bien poco había estado reservada solo para él.

 

 
 
 
026. Producto tóxico

Si bien Fukuyama expone claramente y con amenidad el estado general en el que la situación geopolítica quedó en el último tercio del siglo veinte, esto es, que el liberalismo ha ganado por goleada a las propuestas ideológicas y económicas de la izquierda, si esto es cierto, palpable y reconocible en grado sumo, no lo son tanto las ideas que acompañan su tesis, en las que se apoya para construir su discurso. Al menos algunas de ellas deben ser matizadas y otras corregidas; en algunas parece que hay algo de malaleche y en el texto en general hay una predisposición muy favorable y partidista hacia las políticas neoliberales; y algo de desprecio a todo lo que no pertenezca a ese ámbito. Hablo del artículo “¿El fin de la Historia?” publicado en una revista conservadora en 1989 por el sociólogo norteamericano Francis Fukuyama.

            Un ejemplo: da por hecho que la esclavitud y la emancipación, la aceptación social del negro en los sesenta en EE.UU. ya no es un problema de las políticas liberales, sino una cuestión de falta de capacidad de los negros para adaptarse “al medio”, habiendo, como dice Fukuyama, una legislación que los protege. Habla como si en el pasado no hubieran sido las políticas liberales las que crearon el problema, como si no hubiera sido el capitalismo salvaje de la época el que creó la esclavitud y sus derivados. Como si buena parte de la población blanca no fuera, simplemente, racista, es decir, que experimenta esa vertiente de la psicología del ser humano que es propensa al deseo y a la exigencia de ser “reconocido” como superior al otro, incrustados estos racistas en las instituciones que debían hacer cumplir la legalidad que protegía teóricamente al negro. Y que la tarea del liberalismo no es solo promulgar leyes y normas sino también velar por que se cumplan. Otro: Habla de que el resurgimiento de lo musulmán se debe “a una reacción del fracaso experimentado por las sociedades musulmanas ante el poderoso atractivo del liberalismo occidental”. Quizá se le olvida que ese enroscarse el musulmán en lo musulmán se debe, ¿cuánto?, al hostigamiento despiadado que Occidente infringe continuamente, desde hace siglos, a culturas que no son de su mismo signo. Perlas como estas hay varias.

            Digamos que, por esto y algunas cosas más, al artículo de Fukuyama habría que colocarle en la portada una advertencia que alertara al consumidor de que se trata de un producto altamente tóxico, que puede enturbiar seriamente la claridad intelectual si el grado de atención del lector no es óptimo o si es propenso a creer a pies juntillas o malentender todo lo que dicen las sagradas letras impresas. (Ampliando el panorama podríamos concluir que todo texto es nocivo, incluso para los lectores más avispados y sobresalientes. Es solo una idea).

Usando una frase coloquial podríamos decir, “¡qué hijoputa es este Fukuyama, qué cabrón!”, otro más al servicio del Poder. Quizá pueda ser relevante el hecho de que fue director adjunto de la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado durante la administración de Georges H. W. Bush.

Pero quedarnos en esta visión tan inmediata y evidente del artículo, simplona, es desaprovechar algunas propuestas de consideración, a mi parecer, muy pertinentes. La idea de Fukuyama de que hemos llegado al fin de la Historia tiene un antecedente en Hegel que ya proclamó algo parecido en 1806, y en su “lucha por el reconocimiento”. Ese reconocimiento hegeliano es el deseo básico que los seres humanos tienen de ser reconocidos y respetados por los otros. El liberalismo, nos dice Fukuyama, es el lugar adecuado para establecer ese reconocimiento. Pero, ¿cómo debe ser reconocido un individuo en una democracia liberal, como lo entiende la izquierda (“desde la izquierda se critica a la democracia liberal porque reconoce o trata a personas en principio iguales de manera desigual”) o como lo entiende la derecha (“según la cual el gran defecto del sistema democrático es que reconoce o trata a personas intrínsecamente desiguales de manera igual”)?, es una incógnita que aún, sobre el terreno, no tenemos resuelta.

La democracia liberal ya (1989) no tiene competidores ideológicos. Caídos en desgracia el fascismo y el comunismo no queda nada a lo que acogerse fuera de ésta. Y que todas las contradicciones ideológicas y sociales pueden resolverse dentro de este sistema. Excepto la religión y los nacionalismos. Y las consideraciones que aporta a estas dos cuestiones son como poco, curiosas. (Sobre los nacionalismos apunta que algunos de estos crean conflicto porque el sistema liberal en el que están inscritos es incompleto. ¿Podría ser el caso de Cataluña?). Advierte que “la victoria del liberalismo se ha producido principalmente en la esfera de las ideas o de la conciencia, y aún es incompleta en el mundo real o material”, incluso cuando acude al término ideología aclara que no se trata de hablar de “las triviales propuestas electorales de los políticos americanos, sino de ideas en el sentido de grandes concepciones unificadoras del mundo”. Este es el contexto en el que hay que entender el artículo de Fukuyama, en el de las ideas.

Una idea que asoma la cabeza de vez en cuando por el texto es que el hombre contemporáneo, en general, y  los estados tienden a y quieren vivir y participar de una sociedad liberal, o neoliberal, en el que el consumismo y el libre mercado estén presentes, que la inmensa mayoría le ha dado la espalda a otras alternativas ideológicas.

¿Cuenta el capitalismo con el favor de las masas?

¿Se han vuelto esas masas estúpidas y facilísimamente manejables? ¿Alguna vez no lo han sido?

¿Capitalismo sí, pero de rostro humano?

¿Es verdad que la aspiración del ser humano actual es llegar a ser un burgués acomodado, con todo conflicto resuelto y convertirse en “el último hombre” nietzscheano?

¿Podría mantenerse una población mundial que dentro de poco será de diez mil millones si no es a base de crear consumo?

Todas estas preguntas que pongo como ejemplo, y muchas otras que podrían surgir a poco que nos empeñemos en interrogar el texto, son las que suscita este artículo y sus secuelas. (En 1994 apareció otro artículo, “Reflexiones sobre El fin de la Historia cinco años después”; en 1992 publicó un texto largo de cuatrocientas páginas llamado “El fin de la historia y el último hombre” y en 2006 un “Epílogo a la 2ª edición en rústica de El fin de la Historia y el último hombre”).

No soy nadie para recomendar nada y menos para calificar algo como imprescindible, porque seguramente se puede llegar a la misma conclusión recorriendo otros libros, pero, en mi modesta opinión creo que “¿El fin de la Historia?”, escrito en 1989, aún consigue enfrentarnos a cuestiones y “contradicciones” todavía no resueltas. Y visto todo lo ocurrido en las últimas décadas, la democracia liberal que parece defender Fukuyama en su artículo puede parecer cándida, que no lo era, si la comparamos con el capitalismo salvaje y despiadado, esquizofrénico, al que hemos llegado.

¿Ha cambiado en qué y cómo la situación desde entonces?

¿Qué decir de los cientos y miles de refugiados de Siria actuales (2015), pertenece este acontecimiento a la posthistoria?

El artículo se cierra con un sorprendente final. Fukuyama ve en el fin de la Historia un tiempo muy triste. Nos consumirá una nostalgia de los tiempos en que existía la Historia, en que los hombres arriesgaban su vida por unos ideales. “En la era posthistórica no habrá ni arte ni filosofía, solo la perpetua conservación del museo de la historia humana”. Estaremos ocupados en satisfacer nuestras demandas consumistas y en resolver problemas técnicos, dice. Con este final el artículo deviene un magnífico relato distópico. Estamos en el plano o mundo de las ideas, claro, nos advierte el autor en reiteradas ocasiones. Sea cual sea el grado de toxicidad de este producto, las penurias televisadas cada día, y las atrocidades que no vemos, por ahora no las arregla el liberalismo que nos cuenta Fukuyama, por más que teóricamente, según nos dice, ya estén resueltas, ese liberalismo, si es válido, necesita de muchos retoques, ajustes, solidaridades, etc.

 

 

027. El camarero

El camarero (léase cualquier otro profesional) guarda en su interior el deseo de no ser un camarero del mundo sino hacer el mundo camarero; pero su vida cotidiana, que siempre va con un poco de retraso respecto a los últimos acontecimientos, lo fija a su entorno y entonces un día, habiéndose dado cuenta de su imposibilidad de éxito fuera de ese entorno, convierte la cafetería en su mundo y su tarea desde entonces consiste en perfeccionar ese mundo, metáfora reducida pero más cómoda, asequible, del mundo. Entonces, este camarero, buen profesional, es el primero en llegar al abrir su establecimiento, pronto el jefe delega toda iniciativa logística en él, será su hombre de confianza, de manera tácita, en poco tiempo, llega a ser el gerente, extraoficialmente; atentísimo al cliente se anticipa a sus deseos; ordena la prensa y la ofrece al habitual del que ya conoce sus inclinaciones políticas; la cafetería por el momento es su segunda prioridad vital, la familia acabará siendo desatendida a favor de su trabajo: en lo que a él concierne el local será cuidado hasta en sus últimos detalles, en beneficio del negocio y de su jefe.

Otros camareros suelen ser desagradables, antipáticos, desconsiderados con el cliente, se equivocan con el cambio, resuellan como búfalos perseguidos entre las mesas, demoran el momento de servir hasta exasperar al cliente más comedido, (excepto a los santos y miedosos y amables que rinden culto a las buenas maneras y la compostura para no alterar ese estado de falsa complacencia en el que se sienten resguardados de la crudeza del mundo que en su debilidad no son capaces de afrontar y viven huyendo de los conflictos y así van creando una gran mentira, hasta que llega el camarero a su mesa y le sonríen como si nada hubiera ocurrido cuando en realidad han estado quejándose disimuladamente de la falta de miramientos del camarero hacia ellos que habían llegado antes que otros que fueron atendidos primero en detrimento del orden sagrado que otorga el beneficio de prioridad a los que llegaron antes). Estos, los camareros desagradables, se niegan a hacer de la cafetería su mundo, todavía no han claudicado, no se conforman, hay vida fuera del establecimiento, y aspiran a una existencia distinta, que incluso podría ser mejor.

La profesionalidad es el refugio de los vencidos.

Y parece lógico que el proceso histórico que ha sufrido el individuo en relación con el Poder se cierre siendo este, el individuo, diluido en él, el Poder.

 Mantengo la idea de que el individuo es una extensión del Poder, entendido este como macro estructura esquizofrénica, que su comportamiento personal imita las insinuaciones del Estado y demás instituciones, que tanto uno como otro persiguen lo mismo, que a cada persona se le ha inoculado dentro de sí un gobernante. El último gran asalto del Poder sobre el individuo es que quiere convertirnos en co-gobernantes. Ya nos convenció de que teníamos que ser buenos profesionales; nos ha invitado a ser emprendedores, también a ejercer de policía denunciando actividades antisociales de nuestros vecinos. El individuo, con respecto al Poder, es como una delegación o sucursal, un encargado o gerente dispuesto a mantener los mecanismos de sujeción de los deseos, cada uno desde su parcela vital, y así hacer perdurar el mantenimiento de la estructura que hace posible esa sujeción.

Nuestra relación con el mundo pasa, indefectiblemente, por alguna forma de colaboración con el Poder. El largo proceso de elaboración de nuestra entidad, hasta llegar a la situación actual, ha sido escrita en la piel con el susurro constante de un padre proteccionista, fuera de él y sin él no sabríamos cómo vivir. Y agradecidos hacemos las cosas tan bien como se nos pide, hasta el punto de ser buenos profesionales.

 


028. Cuidado con el sol poniente

A mí me da mucha pena la gente que va en el asiento trasero de los coches. Tanto el copiloto como sobre todo el piloto tienen un papel activo en lo que a la conducción del vehículo se refiere. El copiloto puede ser de mucha ayuda o un estorbo. En ambos casos influye en la conducción.
            Sin embargo, los pasajeros de atrás están a merced de lo que el destino les depare. Y quizá la situación se agrave para el que va en medio, es posible que ni siquiera haya cinturón de seguridad para él, y no cuenta con el alivio que supone estar junto a la ventana. El piloto, nada más salir, le había pedido que por favor echara la cabeza un poco hacia el lado porque le quitaba visibilidad al mirar por el espejo retrovisor interior. No sabe cómo o dónde poner los brazos, los codos acaban apretándole las costillas y las manos quedan suspendidas a media altura ridículamente inservibles. Se ha sentado muy derecho pero en pocos minutos el cuerpo va bajando hasta que empieza a sentir molestias en el cuello. Está tan preocupado por chorradas como esta que mientras los demás hablan animadamente él calla, arrepentido de haber iniciado el viaje. Cuando por hacer un descanso, sugerido por el piloto, el coche se detiene en un área de servicio, el de en medio es el último en salir. Después de decidir por qué lado bajarse es muy posible que le den con la puerta en la cara en el momento de bajar. Un montón de pequeños detalles hacen que a estas alturas del trayecto esté sumido en un profundo estado o complejo de inferioridad y que al regresar de nuevo al coche se haga el remolón, quedándose un poco atrás a ver si cuela que alguno, medio distraído, se ponga en medio, como esto no sucede quizá le proponga tímidamente a sus compañeros traseros cambiar de sitio. Pero todos están muy concienciados del lugar que van a ocupar en el vehículo y en conservar los privilegios adquiridos por banales que sean. Nadie hará el cambio. El papel de pringao le está adjudicado. Nadie quiere sentarse nunca en medio. Por algo será.

El copiloto lo tiene claro, todavía fuera del coche, le da una colleja amable al de en medio, sobrado en seguridad en lo que se refiere a conservar su puesto, que en ningún momento corre peligro. Si hay alguna posibilidad de cambiar de posición, parece querer decirle con la mirada, tienes que tratar con los de los lados de las ventanillas. El piloto vive ausente de este tipo de daños colaterales que produce el viaje. Pero el de en medio tiene su corazoncito y está viendo que las circunstancias se han puesto de tal manera, casi sin previo aviso, que lo que él cree su dignidad está siendo dañada y el reconocimiento por parte de los demás que merece están siendo injustamente obliterados. No se conforma con la posición que le ha tocado en suerte y cree que lo más justo sería una redistribución de los lugares, al menos de los del asiento trasero, de manera que ante el largo viaje que les espera se turnen y hagan el trayecto cómodos por igual.

Pero después de muchos kilómetros aún no se atreve a proponer lo pensado y el tiempo pasa y la incomodidad sigue siendo la misma o peor. Ya no sabe cómo ponerse y ejecuta movimientos de alivio disimulados. Para cuando llegan al motel en el que necesariamente tienen que pernoctar ya casi no siente el cuerpo, o al contrario, no sabe, pero lo que de verdad está dolido es su persona, el ser humano que está siendo agraviado por una injusticia innecesaria y fácilmente soluble. Quizá sea cosa mía, se dice el de en medio, me estoy emparanoyando con esta nimiedad. ¡Bah, qué tontería! Y decide olvidar el mal viaje que le ha deparado esta primera etapa. Salta del coche y hace estiramientos simpáticos frente a la puerta del hostal, y los demás bromean con él.

Solo que al hacerse la distribución de las habitaciones que quedaban libres a él le ha tocado el peor cuarto posible, con diferencia, y además solo, y es que la situación que se ha producido en el coche no ha sido, como él pensaba, una nimiedad. En ese momento inicial de la convivencia ya se han establecido unas jerarquías y cada uno ha marcado su territorio, al menos, sino consolidadas las posiciones, un planteamiento de intenciones que en las próximas horas o días no harán más que perpetuarse de forma irremediable.

La habitación de el de en medio carece de ventana, solo un pequeño tragaluz por el que, a esta hora del atardecer, se cuela un intenso y último destello del sol poniente, como si la noche, que aparece de inmediato, hubiera asesinado a traición, innecesariamente, lo que quedaba del día.

Imposible conciliar el sueño, y más allá de la medianoche, cuando los hombres lobo aúllan en las cercanías lunares como si fuera una llamada, se levanta y frente al espejo miserable de la habitación infame observa la transformación de su rostro en cabeza licántropa, las manos en garras, hasta que entero el cuerpo presenta metamorfosis completa. Los ojos ensangrentados. El hombre es un lobo para el hombre. Derriba la puerta. La quietud de la noche ha dado paso a gritos y expresiones de horror y muerte en los estrechos pasillos del motel. Hasta la entrada de la edificación solitaria llegan hombres lobo que la asaltan, rompen ventanas y se comen a sus víctimas. El lobo de en medio acude a la habitación de sus compañeros traseros de viaje y juega con ellos como si de gallinas asustadas se tratara, los acorrala y aplaza el zarpazo, se agarran a las cortinas y se mean en el suelo. Por fin, los destroza y la sanguinolencia que desprenden sus cuerpos desgarrados queda estampada en las paredes. Muertos y más que muertos, el de en medio los sienta en la cama, la espalda sobre la cabecera y las manos sobre el regazo, para que juntos emprendan cómodamente el último viaje hacia los infiernos.

Los lobos abandonan el motel, lleno de muerte y destrozado, se adentran en los bosques, bañados en rayos lunares, saciados, el lobo de en medio se pierde en la manada, hasta la próxima venganza.

Mientras tanto, “el capital compra fractales de tiempo humano y los recombina en la red”.

 
 
 

029. Belén Esteban

Belén Esteban llega a ser un personaje atractivo, para aquel que quiera o pueda verlo, porque el ser humano que contiene queda expuesto sin veladuras siempre que se expresa, bien por medio del lenguaje o por la puesta en escena de su gestología. Estos son los dos registros formales de los que dispone para desarrollar su personaje en el plató de Sálvame, que consiste en ser lo más fiel posible a lo que es ella misma. El valor más importante que aporta su personaje, muy trabajado día tras día, es la autenticidad, la veracidad sin tapujos, a fin de conseguir ser creíble. En último término Belén quiere decirnos siempre que es honesta. Esto presupone un enemigo exterior que quiere desacreditarla. “La Belén puede ser lo que tú quieras, pero habla claro, no se esconde”. Y no deja nunca de decir cosas. Ella no ha sabido camuflar sibilinamente, como sus compañeros de reparto, bajo artificios “educados”, moderados y pertinentes sus desperfectos emocionales, sus carencias a la hora de entender y manejar la realidad selvática en la que se mueve, o la alegría que expresa por nimiedades que pueden parecernos desmesuradas.                                                                                   
Belén es un ser desprotegido. No tiene maldad, si acaso su maldad es de muy baja intensidad, infantil, caprichosa, y siempre o casi siempre a la defensiva. Ni está equipada con el armamento necesario para la lucha post afectiva de nuestros días. Sabedora de su insuficiencia su forma de defensa es el ataque, aun cuando ni siquiera haya agresión hacia ella, solo la sospecha. El gesto desafiante y cañí al que se le ven las costuras.

 

Las últimas entregas de Sálvame, la serie televisiva en la que Belén es una de sus protagonistas destacadas, se han centrado en el “conflicto” que ha supuesto la aparición de un primer novio o amor en su vida. Esta aparición puede suponer un pequeño revés en la elaboración de su biografía, que se viene gestando desde los comienzos de su popularidad. Contratiempo, quizá, porque la irrupción del nuevo puede desbancar del puesto de privilegio que otorga ser Primer Amor a Jesulín de Ubrique, adjudicado y subrayado por la propia Belén tanto en sus tempranas memorias como en sus apariciones mediáticas. Visto desde fuera esto es una circunstancia banal y carente de importancia, pero para los personajes y espectadores implicados en el relato el devenir de los acontecimientos es de suma importancia, porque pueden alterar la historia y socavar la fiabilidad de su principal narradora. Se pone en juego con el testimonio de este oculto novio primero un valor aún con mucho peso, dentro de la jerarquía de valores del programa, como es la credibilidad, punto fuerte en el personaje beleniano, dentro de un formato televisivo cuyo mayor acierto es convertir lo personal en materia ficcional, diluyendo las barreras entre lo uno y lo otro, con el que construir un relato por entregas, digresivo y rizomático, que a lo largo de tantas temporadas a acabado dando muestras y registrando un sinfín de vicisitudes sentimentales y sus consiguientes valoraciones éticas y morales por parte de los contertulios, una cantidad innúmera de información íntima y personal que los propios protagonistas han puesto al servicio de sus seguidores.

            Porque Sálvame se afana cada tarde en crear una mitología doméstica, de mesa camilla, en la que cada personaje, más allá de los guionistas, debe crear su papel y mantenerlo sujeto, como bien puedan, bajo su propia inteligencia, capacidad y riesgo. A estas alturas de la serie los personajes ya están bien conformados, no son monolíticos, pero básicamente cada uno tiene perfilada su idiosincrasia. El de Belén también. Algunos de sus compañeros ven en la aparición del nuevo personaje y los datos que aporta un duro golpe a su credibilidad, amén de los daños colaterales que esos datos, que muestran a una Belén ligeramente distinta, puedan causarle y dañar su imagen conseguida. Creen que el mito puede sufrir un serio traspié, que la audiencia no perdonará la falta de integridad de unos de sus personajes más queridos, se sentirán defraudados y vaticinan sin decir que dejarán al héroe solo en su caída.

Todo esto se da dentro de un contexto de producción cultural que persigue la normalización de su audiencia. Si lo consigue o no y en qué cuantía, es otro tema.

Sobre el desarrollo del devenir del mito estaré atento a la pantalla.

 


030. Contraluz. Novela histórica

Contraluz, de Thomas Pynchon, es un texto pedagógico de Historia. No una Historia que captura solo los grandes acontecimientos sino la intrahistoria. Abarca un periodo reconocible entre 1893 y 1920, espacio de tiempo en el que las vidas desperdigadas de los hijos del anarquista Webb Traverse, en un mundo que está gestando un mundo futuro, nuestro presente, se ven expuestos a aventuras, odios, desesperanzas y todo lo que conlleva vivir activamente, afectados muy de cerca por esos cambios históricos.

            Los personajes de la novela, al principio alejados unos de otros y sin contacto, van encontrándose a lo largo de la narración, rozándose, un poco a la manera de vidas cruzadas, en esos puntos en el espacio o agujeros negros en los que van confluyendo y desapareciendo, para volver a aparecer más tarde, en una entrópica evanescencia en la que van perdiendo sus ideales o su inocencia.

            Nos relata el autor el principio del fin, los supuestos termodinámicos en los que se genera y consume la energía están empezando a ser utilizados y esto abocará un futuro apocalíptico. (Excelente el capítulo de los emigrados del tiempo, pág. 521 y siguientes).

He leído la novela en clave actual. Me explico. Cambiando los utensilios que manejan los personajes por sus casi correspondientes actuales, la novela podría transcurrir en nuestros días. Motocicletas incipientes; primeros teléfonos inalámbricos. Y, en general, la ciencia, como ahora, en ebullición. O la Venedig in Wien, una Venecia en Viena, que preludia los parques temáticos actuales, esos sí, con la inocencia aún no perdida por el hiperconsumo.

En la página 908, Kit se plantea lo siguiente: Kit es el hijo menor de Webb Traverse, un anarquista asesinado por un capitalista, Scardable Vibe. A la altura de esta página planea la inminente venganza: Kit y su hermano Reef quieren matar a Vibe, están en Europa, aún no se ha consumado la venganza, todavía es una promesa para el lector que, así es mi caso, la espera con impaciencia. El narrador nos dice lo que piensa en este momento Kit: “Kit casi habría llegado a esperar que algún día, en un futuro soñado, cuando su silencio se hubiera vuelto plausible para Pearl Street, llegaría su hora de regresar, agente por fin del fantasma vengativo de Webb, de regresar a la América diurna, a sus asuntos prácticos, a su constante negación de la noche. Donde actos como el que él pensaba realizar no recibían otro nombre que el de “Terror”, porque el idioma de aquel lugar –ya nunca decía “hogar”– no poseía otros”.

            El título original de la novela es Contra el día. La negación de la noche en la que piensa Kit es esa América oscura, insaciable y materialista que está consumándose sin piedad en los albores del siglo XX. Matar a Vibe es matar simbólicamente esa América de la que es representante el magnate hijodeputa. Pero también es entrar, pertenecer, a esa barbarie. El título Contra el día puede referirse a ese comportamiento del incipiente imperio favorable a las tinieblas, lugar idóneo en el que prosperar. Centro, quizá, de todo el arsenal crítico de la novela.

El texto, de 1.337 páginas, da mucho de que hablar, mucho que reseñar, analizar, etc. Es un Pynchon. Insolvente yo para ir más allá de estos tibios apuntes, de estos movimientos rápidos del pensar, espero que, por ejemplo, un texto de Francisco Collado o un artículo de Juan Fº Ferré sobre Contraluz  nos ayude a comprender de manera amplia este inmenso libro de Pynchon.

 
P.D.

El crítico Antonio J. Rodríguez hace una reseña del libro en la revista Quimera 323 de octubre de 2010, en la que dedica casi todo su espacio a hablar del texto en términos de dificultoso, considerándolo una subida alpinista de “ochomiles”, lo compara al Finnegans Wake de Joyce o al propio El arco iris de gravedad. NO LE HAGAN CASO. No siendo un libro de lectura fácil, Contraluz, comparado con estos, es un libro convencional en cuanto a su fluidez de lectura, su disposición temporal de los hechos narrados y su aspecto formal en general, eso sí, como todo producto Pynchon encierra claves científicas no al alcance de todos a la primera, incluido yo (para remediar esto recomiendo una aproximación al esclarecedor texto de Francisco Collado El orden del caos: literatura, política y posthumanidad en la narrativa de Thomas Pynchon, editado por la Universidad de Valencia. 2004, en el que desvela ese tipo de claves, y muchas otras, a anteriores novelas del autor).Más allá de esto, el texto de Pynchon es adictivo y no requiere un equipamiento especial para escalada, solo un poco de paciencia ante su largo recorrido, una actitud de lector atento y activo, prestar atención a lo que dice “el otro”, como requiere la profesión lectora. Y a disfrutar, si puede.

 

 

031. Radiaciones

El cuerpo humano se convirtió en un recipiente con un alto contenido radiactivo, eso se creyó al principio. Se hizo entonces no recomendable matar a nadie. Si esa radiactividad se volcaba al exterior, si salía del cuerpo, la contaminación era letal en varios kilómetros a la redonda. Lo llamaron radiactividad porque el efecto que producía era similar al escape de una central nuclear. Entonces la vida humana se convirtió en el bien más preciado y protegido. Pese a esta seria advertencia, la imprudencia y el odio desatado habían dejado impracticable la vida en todo el continente americano, en casi toda África y en todo Oriente Medio, y en zonas aisladas, y hasta cierto punto controladas, en el resto del planeta.

            Desde luego que el término radiaciones que se utilizaba para denominar el vaciamiento del producto tóxico que contenía un cuerpo al ser horadado o rajado era un eufemismo que quería ocultar lo que en realidad era, la maldad extrema de la que había ido haciendo acopio el ser humano durante siglos hasta el punto de somatizarla y desarrollarla en ese elemento que se convertía en destructivo al contacto con el aire. No era visible ese elemento más allá de apreciarse, en el momento del escape, un flujo gaseoso parecido al que presenta la reverberación del sol sobre el asfalto, y al momento se dilataba a su alrededor arrasando toda forma de vida. La piel nos protegía como murallas medievales, pero una brecha en ella dejaba salir todos los ejércitos del mal.

            Un simple corte podía hacer verter sutiles cantidades de radiaciones en pocos minutos; los bisturíes y tijeras, cualquier objeto cortante, habían desaparecido de los hospitales, y solo era posible la intervención quirúrgica mediante procedimientos láser y similares; el afeitado y la depilación no eran aconsejables, ir al peluquero se convirtió en una actividad de riesgo extremo; se acabaron los deportes tal como se practicaban antes del fenómeno; todo movimiento humano quedó condicionado por este nuevo paradigma.

            Los primeros estudios sobre el caso determinaron que no todos los cuerpos contenían el mismo nivel de radiación pero que hasta la fecha era rara avis encontrar un cuerpo totalmente limpio, incluidos los recién nacidos, y por poca radiactividad que contuvieran el daño que podían causar era siempre significativo.

            El segundo estadio al que llegó el fenómeno fue la monstruosidad. Una vez controlada la fuga de radiación del máximo posible de cuerpos, (en el caso de Europa se logró una efectividad del 90% de control durante un largo periodo de tiempo), aquellos que contenían niveles altos de maldad no podían soportarla, y si bien algunos intentaban deshacerse de pequeñas dosis de radiactividad, una minúscula punción que enseguida intentaban infructuosamente cerrar, pronto veían que esa no era la solución ya que sus propias vidas corrían peligro, entonces los cuerpos acababan deformándose y se metamorfoseaban en criaturas horripilantes, dejo a vuestra propia imaginación concebirlas, hasta que acababan explotando, literalmente, en los cubículos en los que habían sido reducidos en cuanto se les habían detectado los primeros indicios de deformidad.

            Durante una década, el poco mundo que no ha sido arrasado ha vivido en un simulacro de bienestar. Pero la maldad gana terreno a paso de gigante y como los procesos se aceleran en su tramo final, a estas alturas la maquinaria existencial que puso en marcha el hombre ya está fuera de su control, los operarios encargados de conducirla han empezado a explotar en plena calle, o en salas de conciertos, o en estadios, hoteles, en sus ministerios, salas de reuniones o en cualquier lugar en lo que llamamos vida se manifiesta.

            En ese punto estamos y poco más se puede añadir. No se preocupen, el espectáculo de la información no les dejará sin el conocimiento detallado del o de los desenlaces posibles. Permanezcan atentos a sus pantallas.

 

 

032. Barbarie

Para mí, la barbarie sucede cada día a tres metros de distancia. Es la separación aproximada que hay entre mi posición en el sofá y la pantalla de TV. La representación de esa barbarie está siendo constantemente mostrada. Apenas enciendes la tele y zapeas un poco la encuentras, la sociedad del espectáculo que anunciaron los situacionistas está en plena ebullición. Lo de Siria, lo de París, el careto de Putin, los tertulianos de cuatro, es el tema estrella del momento. Si miro hacia algún punto del salón veo que todo está en su sitio, el perro dormita apaciblemente en la alfombra, se oye el sonido de una moto que, aunque lejano, me molesta; el polvo se está acumulando sobre los estantes del mueble aparador. (Hasta la Primera Guerra Mundial, o la Gran Guerra, como se llamó en su momento, la muerte de civiles apenas alcanzaba un 6%. En los años noventa, por ejemplo, en la guerra de Yugoslavia más del 92% de los muertos eran civiles).

            Mientras veo las noticias me digo que la guerra no es la solución, es el problema, que hasta que, como decía Luke Branded, los gobiernos de Occidente no cambien su política exterior agresiva hacia los países desfavorecidos por una de colaboración y ayuda nada cambiará. Por lo tanto, me digo yo, nada va a cambiar. Y este pensamiento se me mezcla con otro que me hace recordar que no he sacado del congelador los filetillos de pollo que compré en Mercadona hace dos días para hacer la cena de esta noche. Exagero, me digo, y me levanto y saco los filetes del congelador, seguro que para las ocho y media o las nueve ya estarán descongelados, si no es así ya improvisaré otra cena, siempre se me ocurre algo… (El teorema de Goedel dice que ningún sistema puede explicarse a sí mismo, ninguna máquina puede entender su propio mecanismo. Y lo de la navaja de Occam: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”).

            Cuando vuelvo al salón el perro se ha tumbado en mi sitio, sagrado, del sofá. Con solo mirarlo el perro se baja y sobre la alfombra se estira y mueve la cola mirándome. En la tele están poniendo la foto de las Azores, ¡qué hijosdeputa!, pienso. Hago zapping  y sale Hollande, cariacontecido, prometiendo a los ciudadanos que la fiesta va a continuar, que va a mandar aviones parar bombardear no sé qué. Cuando terminó el telediario, o los telediarios, me eché una cabezadita, no más de diez minutos, y lo primero que pensé al volver en mí fue que cuántos niños habrían muerto en ese tiempo somnoliento mío, en cualquier parte del mundo, cuánto habrían ganado los señores de la guerra y cómo prospera la industria armamentística y cómo España le vende artilugios que matan a Arabia Saudí que dicen que son amigos de Estado Islámico y que todas esas ventas repercuten luego en el bienestar de las sociedades occidentales, recaen en nuestro beneficio, y cuántas cosas más de ese tipo de las que ni nos enteramos habrían funcionado en esos diez minutos de siesta que echó ese individuo que vive en la vieja Europa y que resulta que soy yo, ese que alguna vez ha tenido que quitar las noticias porque no soportaba tanta barbarie, etcétera.

            Me puse enseguida la película “La sal de la tierra” de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado que va sobre el fotógrafo Sebastiao Salgado y en ella se ve que la miseria y la barbarie es una constante repetida a lo largo del espacio y del tiempo, y que de ver tanta podredumbre humana el propio Salgado fotógrafo tuvo que ponerse a plantar árboles en un lugar de África de cuyo nombre ahora no me acuerdo. Les pido encarecidamente que vean la peli. Les pido encarecidamente que no voten a gente que quieren arreglar el mundo con la guerra. Lo pido sin saber si eso sirve para algo. (Borges decía que no había pasado un solo día en su vida sin haber encontrado en algún momento un atisbo de felicidad).

            El resto de la tarde pasó con algunas tareas de la casa, un poco de facebook, y aunque ese día me tocaba ducharme no lo hice, pasé, no me importaba sentirme sucio.

Esa noche dormí sin dificultad y soñé que no podía quedarme dormido, que daba vueltas en la cama sin conseguirlo, llegué casi a la desesperación onírica. Así todo el rato, como en un viaje interminable al fin de la noche. Yo creo que aún estoy dentro del sueño, con la simulada sensación de que nunca saldré de él.

 

 

033. Las gafas

Si las gafas que usas son antiguas y ya la graduación que tienen no es la que necesita tu mirada, si es así verás la realidad borrosa, difícilmente captarás más allá del conjunto, los bordes difuminados, no podrás leer correctamente el mundo que te rodea. La interpretación que haces de él será irremediablemente inexacta, desfasada y las más de las veces el mundo se presenta incomprensible, lo más seguro es que ante esta circunstancia acabes elaborando un patrón más o menos fijo con el que interpretar cualquier acontecimiento de ese mundo, construido con urgencia porque si no tienes opinión no eres nadie. El ser reconocido y respetado como persona ante los demás te obliga a tener una idea y si es necesario imponerla. Es posible que estés orgulloso de ser una persona formada, con criterio y capacidad de discernir qué es lo conveniente o no, aplicas el sentido común, la lógica y unas dosis de humanidad y sensibilidad hacia lo injusto, y al final llegas a tener una opinión, que rara vez pones en duda, y quizás esa opinión se ha formado a través de unas lentes deformadas. Tu juicio sobre la realidad o la existencia o los comportamientos humanos viene dado por un enfoque que no puede abarcar los matices de la actualidad, que en nuestros días esos matices no son acompañantes decorativos con pretensiones estéticas a la vieja usanza, sino que conforman el núcleo decisivo que da tensión y singularidad a esa información que la mirada quiere obtener.

            Sin duda estás confiado en que al hacer una valoración sobre cualquier tema los aspectos generales del mismo no variarán con respecto de aquellos que sobre el mismo tema hacen los que llevan las gafas adecuadas, en el mejor de los casos coincidís en esa generalidad, digamos que la coincidencia se da en lo esencial del asunto y tú piensas por eso que los dos lleváis el mismo tipo de gafas. Pero esa confianza se desvanece cuando el de las gafas nuevas encuentra en ese tema variantes y matices, interpretaciones que la lente bien temperada de sus gafas no le oculta. Puedes pensar que esos nuevos puntos de vista son libertades imaginativas del de las gafas nuevas o bien graduadas, si eres algo inteligente o curioso te quedará algo de duda, pero solo notarás las diferencias cuando adquieras unas gafas con la graduación adecuada para interpretar fielmente nuestro tiempo. Conozco alguno que ni siquiera tiene en su horizonte la necesidad de adquirir unas gafas convenientes. Su visión del mundo le parece la correcta, se reafirma en ello sin un ápice de duda, su método de verificación de la realidad se formó hace años y pensó en ese momento que ya había llegado al punto justo desde el que valorar con acierto la existencia, que ya no le hacía falta más, se creyó solvente con haber acertado en varias ocasiones en aquel momento y aplaudido por individuos que usaban el mismo tipo de gafas. Pero a día de hoy sigue aplicando la misma mirada a una existencia cambiada, valora la actualidad con herramientas obsoletas, inapropiadas, y el resultado es que su comprensión y opinión sobre cualquier asunto es de baja intensidad, naif, obvia, simple (cree poseer la simplicidad a la que llegan los sabios), etcétera.

            Digamos que las gafas antiguas solo te permiten, entre otras cosas, ver el mundo en dos dimensiones, mientras que las bien graduadas alcanzan con facilidad las tres dimensiones, desde luego que estas dejan ver un mundo más rico en todos los sentidos. Son prótesis, su efecto es parecido en cierto modo al de las drogas: en este caso amplían la percepción de la realidad.

            El mundo no puede ser mirado en nuestros días con los presupuestos éticos y estéticos del pasado. En poco más de medio siglo se han producido cambios científicos, sociales, tecnológicos, morales, filosóficos, de sensibilidad, de manera que esas gafas a las que te aferras ya no captan la complejidad de que está compuesta nuestra inventada realidad actual. Quizá sea necesario introducir en nuestro bagaje cultural la duda, revisar nuestro mecanismo crítico para comprobar si está funcionando adecuadamente, preguntarnos, como hizo Robert Walser el día en que su hermana lo llevó al manicomio, al despedirse de ella al pie de la escalinata que da entrada al establecimiento, “¿estamos haciendo lo correcto?”, la hermana calló, le apretó la mano y se dirigió a su coche para marcharse, mientras, dos médicos cogían cada uno un brazo del paciente, Walser volvió la cabeza y vio cómo se alejaba el coche de su hermana, y entraron. En nuestro caso no creo que pase nada por hacernos la misma pregunta. Y eso que nosotros posiblemente llevemos dentro ya mucho tiempo.

 

 

034. Cito en extenso

(A propósito del modus operandi contra los titiriteros)

 
"09. Si los delirios de un loco o los rumores malintencio­nados (...) acusan a una pobre anciana, ella es la prime­ra que sufre las consecuencias.

10.  Sin embargo, para evitar que parezca que se la acusa basándose únicamente en rumores, sin ninguna prueba, se obtiene una presunción de culpabilidad planteando el siguiente dilema: o la mujer ha llevado una vida licen­ciosa o ha llevado una vida decente. En el primer caso, es culpable. La segunda posibilidad es prueba igualmen­te irrecusable, pues las brujas siempre intentan parecer virtuosas.

11. A continuación encarcelan a la anciana. Se plantea un segundo dilema, del que se deriva otra prueba: si tiene miedo o no. Si lo tiene (por conocer los terribles tor­mentos que se emplean con las brujas), es una prueba indiscutible, pues su conciencia la acusa. Si no lo tiene (confiada en su inocencia), también es una prueba, pues las brujas se caracterizan por fingir inocencia y llevar la cabeza muy alta.

12. Para no limitarse a estas pruebas, el investigador tiene sus ayudantes, en muchas ocasiones infames y deprava­dos, que husmean en el pasado de la acusada. Natural­mente, esto no puede hacerse sin que unos hombres pre­dispuestos a la distorsión y la mentira conviertan dichos o hechos de la mujer en pruebas de brujería.

13. Cualquiera que no la quiera bien tiene entonces la oportunidad de presentar contra ella cuantas acusaciones desee, y todos aseguran que las pruebas son concluyentes.

14. Y así empiezan a torturarla, a menos que, como ocu­rre con frecuencia, la hayan torturado desde el día de su detención. (...)

16. Para que parezca que la mujer tiene la posibilidad de defenderse, al comparecer ante el tribunal se leen y exa­minan los indicios de culpabilidad.

17.  Aunque niegue estas acusaciones y conteste satisfac­toriamente a todas ellas, no se le presta atención y ni siquiera se deja constancia de sus respuestas. La encar­celan de nuevo, para que considere si debe persistir en su obstinación, pues, como ha negado su culpa, mantie­ne una actitud de rebeldía.

18. Al día siguiente, vuelven a sacarla y le leen la orden de tortura, como si no hubiera rebatido las acusaciones. (...)

21.  Una vez afeitada y examinada, torturan a la mujer para obligarla a confesar la verdad, es decir, a declarar lo que ellos quieren, pues ninguna otra cosa puede ser ver­dad.

22. Empiezan por el primer grado, es decir, la tortura más leve. Aunque terriblemente cruel, es suave en compara­ción con los tormentos siguientes. ¡Por eso, si confiesa dicen que lo ha hecho sin tortura! (...)

24. Le quitan la vida sin ningún escrúpulo, pero la habrían ejecutado incluso si no hubiera confesado, pues en cuanto empieza la tortura, su suerte ya está echada: no puede librarse de la muerte...

25. El resultado es el mismo, confiese o no. Si confiesa, es claramente culpable y la ejecutan. La retractación es inú­til. Si no confiesa, se repite el tormento, dos, tres, cuatro veces. En los delitos excepcionales, la tortura no tiene límites en cuanto a duración, crueldad o frecuencia.

26. Si en el transcurso de la tortura la anciana retuerce el rostro por el dolor, dicen que ríe; si pierde el conoci­miento, que duerme o que se ha hechizado a sí misma para no hablar. Y si se niega a hablar, merece que la que­men viva, como se ha hecho últimamente con varias acusadas que no dijeron lo que querían sus verdugos, a pesar de los tormentos.

27. Y confesores y clérigos coinciden en que ha muerto impenitentemente y rebelde, que no deseaba convertir­se ni renunciar a su íncubo y que se mantuvo fiel al mismo.

28.  Si muere a consecuencia de la tortura, dicen que el diablo le ha roto el cuello. (...)

30.  Si no muere a consecuencia de la tortura y si algún juez excepcionalmente escrupuloso duda si debe apli­carle más tormentos sin que se hayan aportado más pruebas, continúa en la cárcel, cargada aún con más cadenas, hasta que cede, aunque tarde un año.

31.  Nunca llega a limpiar su nombre de sospecha. El comité de investigación consideraría deshonroso absolver a una mujer, y una vez detenida y encadenada, tiene que ser culpable, por las buenas o por las malas”.

 
(Cautio criminales -1631-,Custión 51, cit. En R.H. Robins, op. Cit., pp.551-552)

Recogido esto del libro Franz Kafka o la acusación como condena de Miguel Catalán. Ediciones sequitur.

 


035. Los seres humanos iban y venían

ALGO SUPUESTAMENTE DIVERTIDO QUE NUNCA VOLVERÉ A HACER (1997)
David Foster Wallace. Traducción Javier Calvo. Debolsillo. Mondadori. 2012. 154 págs.
Me he reído con este libro de David Foster Wallace como me he reído con los libros de Kafka. Me he preguntado si D.F.W. es tan grande como K. y por supuesto me he contestado que no, pero tengo la sensación de que dos generaciones más tarde los lectores de ambos encontrarán una distancia muy pequeña entre ellos o ninguna, y muchas más similitudes que las que yo ahora aprecio intuitivamente. Entre ellas puedo apuntar dos: El humor y la honestidad (1).
            Otra, menos clara, es la sensación de que ambos, cuando escriben, lo que hacen es redactar un Informe. Son dos funcionarios que dejan constancia de la existencia mediante la escritura. En el caso de D.F.W. y este libro, lo he leído como si se tratara de un briefing, como si el escritor fuera el empleado de una Agencia Publicitaria a la cual Cruceros Celebrity encarga un estudio sobre el funcionamiento in situ de la empresa. Este informe (Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer) que redacta D.F.W. servirá a la compañía de mega cruceros por el Caribe para mejorar las prestaciones de sus servicios, así como para entender los comportamientos de sus clientes, los consumidores –léase, en un sentido amplio, ciudadanos– que adquieren este tipo de productos.
            Un detalle: el final (del libro de D.F.W.) es demasiado abrupto, incluso para mí que no me desagradan los finales abruptos.
(1). Este libro ha sido editado por Random House Mondadori. Si puede no deje de leer el artículo “Paradojas de lo cool. Micro propuestas para una posible lectura política de lo literario” de Alberto Santamaría que aparece en el número 340 de la revista Quimera. Marzo 2012.

Leer aquí: http://miguelguerreroruiz.blogspot.com.es/p/blog-page.html.

                Abundando en este tema, la edición que manejo tiene como colofón el siguiente texto:
“El papel utilizado para la impresión de este libro ha sido fabricado a partir de madera procedente de bosques y plantaciones gestionados con los más altos estándares ambientales, garantizando una explotación de los recursos sostenible con el medio ambiente y beneficiosa para las personas. Por este motivo, Greenpeace acredita que este libro cumple los requisitos ambientales y sociales necesarios para ser considerado un libro amigo de los bosques. El proyecto Libros amigos de los bosques promueve la conservación y el uso sostenible de los bosques, en especial de los Bosques Primarios, los últimos bosques vírgenes del planeta.”

 
LA BROMA INFINITA. 1999
David Foster Wallace. Traducción Marcelo Covián. Revisión Javier Calvo. Mondadori. 2008. 1.208 págs.
El gran proyecto literario de Flaubert era de largo alcance y quizás múltiples caras, aunque su íntima intención debe quedar divida en dos grandes aspiraciones. Una de sus líneas a seguir era la negación de todo dirigiéndose hacia el vacío en el que habita la nada, o la sospecha de la nada, y quedó cerrada y conclusa, tal vez, con el nouveau roman: el libro de páginas en blanco soñado por Flaubert era el siguiente y último paso.
            El otro camino a seguir era el de la negación de todo cayendo en la sobreabundancia, lo excesivo, un maximalismo cruel, la nada en todo, y este camino ha quedado cerrado y concluso, tal vez, con La broma infinita.

 3/7/11

 

036. Los mejores libros, según Luke Branded

 
Una vez terminada la entrevista, cuando el micrófono y las cámaras habían desaparecido del improvisado plató que se había montado en aquella cafetería de la calle Real, Luke pidió otra botella de agua mineral y me convidó a que tomara algo, pida lo que quiera que invitó yo, me dijo. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta a cuadros, con coderas de ante marrón, unos folios doblados en tres partes y me los entregó. Mírelos usted, he anotado un listado de los libros que más me han impresionado, aquellos que por diversas y extrañas razones me han parecido los mejores de entre todos los leídos en lo que va de siglo xxi. Es una lista personal que no tiene ningún afán de ser exhaustiva ni canónica sino que, como mucho, será un reflejo de esa realidad que cada uno de nosotros fabricamos mientras vamos existiendo. Una pregunta recurrente que me hago es por qué estos y no otros, por qué no han sido otros los libros leídos y de los leídos por qué estos me parecen mejores. Desde luego que mi pregunta, cada una de ellas, es retórica, no pretendo obtener respuesta, pero el sonsonete interrogativo me agrada, solo eso. Puede publicarla, si le parece bien, como complemento de la entrevista que me acaba de hacer. Como la entrevista sostiene una forma de mostrarse y esconderse a la vez, un juego para desocupados, para paliar mi parquedad y solipsismo le entrego este listado. Yo pienso que en él hay más información sobre mi persona que toda la que haya podido aportar en las respuestas que le he dado en la entrevista. O eso creo.
            Así que, sin más dilación, les muestro el listado que el señor Luke Branded tuvo a bien entregarme.        
           
Stone Juntion, Jim Dodge; La ciudad y la ciudad, China Mieville; Deshielo y ascensión, Alberto Cortina Urdampilleta; La historia de tu vida, Ted Chiang; La sombra sobre Innsmuth, H.P.Lovecraft; Los reconocimientos, William Gaddis; Residuos, Tom McCarthy; Le Park, Bruce Begout; La casa de hojas, Mark Z. Danielewski; Bufo and Spallanzani, Rubem Fonseca; Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes; Don Quijote de la Mancha, Alonso Fernández de Avellaneda; La broma infinita, David Foster Wallace; El día de la creación, J.G.Ballard; Testo Yonqui, Beatriz Preciado; Conversaciones con David Foster Wallace, VV.AA.; Las correcciones, Jonathan Franzen; La saga de los Marx, Juan Goytisolo; Warlock, Oakley Hall; Europa Central, William T. Vollmann; El orden del caos, Francisco Collado Rodríguez; Gestarescala, Philip K. Dick; Contraluz, Thomas Pynchon; Submundo, Don DeLillo; Tiempo de Marte, Philip K. Dick; El grado cero de la escritura, Roland Barthes; El palacio de las nueve fronteras, Onoff; Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas, Furia Feroz, J.G.Ballard; El invernadero, Wolfgang Koeppen; Arqueologías del futuro, Fredric Jameson; El arco iris de gravedad, Thomas Pynchon; Pruebas de lo equivocados que estamos siempre, Miguel Guerrero; Casa desolada, Charles Dickens; Corona de flores, Javier Calvo; La ciudad vampiro, Paul Feval; Zona, Mathias Enard; 1280 almas, Jim Thompson; Dientes blancos, Zadie Smith; Michael Kohlhass, Heinrich von Kleist; La mujer de la arena, Kobo Abe; Mason y Dixon, Thomas Pynchon; Vineland, Thomas Pynchon; La Dalia Negra, James Ellroy; Tu rostro mañana, Javier Marías; Meridiano de sangre, Cormac McCarthy; Los detectives salvajes, Roberto Bolaño; Ubik, Philip K. Dick; La oscuridad exterior, Cormac McCarthy; Crítica y Ficción, Ricardo Piglia; Watchmen, Alan Moore, Dave Gibbons, John Higgins; Hambre, Knut Hamsun; Sobre la historia natural de la destrucción, W.G.Sebald; Spiritus, Ismail Kadare; Yonqui, W.S.Burroughs; Adolf, Osamu Tezuka; Providence, Juan Francisco Ferré; El escritor y sus fantasmas, Ernesto Sábato; Lo antiguo y lo nuevo, Marthe Roberts; Carta al padre, Frank Kafka; Kafka. Los años de las decisiones, Reiner Stach; Crónica de los Wapsoht, John Cheever; Mantra, Rodrigo Fresán; La ópera flotante, John Barth; Kraken, China Mieville; Ruido de fondo, Don DeLillo; Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, D.F.Wallace; Siete precursores, Marcel Reich-Ranicki.
 
Unas semanas después de aparecer en prensa tanto entrevista como listado, el señor Branded me llamó para felicitarme por mi trabajo, y me dijo, como de pasada, que en ese tiempo transcurrido desde nuestra cita ha ido recordando algunos títulos más que deberían, por méritos propios, según su gusto, estar en esa lista, pero no demasiados, no crea, no muchos más, me dijo.
 

 

037. Flash Woman

Sobre Flash Woman
por José Antonio Luque

Uno de los principales (y más importantes de lo que a simple vista parece) géneros de ficción del siglo XX / XXI es, sin duda, el de superhéroes. Fundamental en el universo de los cómics y últimamente también (aunque de una manera mucho más descafeinada, para-todos-los-públicos) en el cine mainstream. Pero, curiosamente, poco transitado en literatura; así, sin pensar mucho, recuerdo El señor de la luz de Roger Zelazny o Mundo de dioses de Rafael Marín (ambas consideradas ciencia ficción), o alusiones más o menos explícitas en la obra de autores como Lethem, Chabon o Pynchon.
Todo esto viene a cuento porque acabo de leer un pequeño relato de Miguel Guerrero, “Flash Woman”, y eso me ha recordado otro relato suyo, incluido en Pruebas de lo equivocados que estamos siempre,  “Juan Gil Gámez”. Pues bien, esto es género de superhéroes escrito, sin dibujos ni fotogramas ni efectos especiales; solo palabras (e ideas, claro).
Pero Miguel Guerrero no es un escritor de género (es, más bien, un escritor transgénero): coge lo superheroico y lo arrima a su sardina: ¿realismo mágico?, no (que descanse (afortunadamente) en paz); ¿realismo costumbrista/superheroico? (cuando una etiqueta tiene más de una palabra, malo..); ¿new weird? (¿todavía se habla de los extraños? (ando un poco desconectado del mundillo (sub)cultural últimamente). Vamos a dejarnos de tonterías: este “Flash Woman” es un cuento de Miguel Guerrero, un autor que (no sé si intencionadamente o “porque el mundo lo ha hecho así”) se ha situado en una (incómoda, pero, a la vez, privilegiada) tierra de nadie (interzona..., me susurra W.S.B.) que le permite escribir (con la misma estricta pluma) esta deliciosa fruslería o una obra del tamaño (y no hablo de número de páginas) de La temperatura.
 
La efigie de Flash Woman fue pintada en el frontispicio de la discoteca, tintada en blanco y negro presidía la puerta principal del local. Sus cabellos ensortijados y la serena belleza de su rostro había alimentado las fantasías de una generación entera, y muchas chicas de la ciudad la habían imitado, tanto su aspecto físico como su comportamiento liberal y cosmopolita.
            En realidad su nombre era Encarni Santiago. Su madre había llegado aquí formando parte de un espectáculo de variedades y cuando terminó sus representaciones la compañía se deshizo de ella y de algunas compañeras más, quedó varada en la ciudad a merced de su ingenio y de sus habilidades amorosas remuneradas, una héroe anónima de aquellos tiempos. Trabajó en el cabaret Zapico y luego a las órdenes del Gallo Marini y más tarde puso casa propia en la que recibía, en uno de los patios de la calle San José.

            La madre, con toda su buena intención, la había educado y la dirigía hacia la idea de que quizá el mejor proyecto para una vida sin dificultades era casarse con un buen chico con trabajo, no demasiado pijo pero en absoluto bajuno, y perderse en las insustanciales tareas domésticas que te ofrecen constantemente una relajada satisfacción prolongada, sin sobresaltos. Pero Encarni se empleó en cuanto pudo en una peluquería y sin contradecir el proyecto materno lo fue posponiendo sine die, no sin arrepentirse de no llevarlo a cabo cada vez que el dueño del establecimiento, que ella pensó al principio que “entendía”, la acosaba un día sí y otro también, tanto en lo laboral como en lo sexual. Esto la llevó a un lugar cercano a la neurastenia, que seguramente alteró la esfera de su sistema nervioso cuando estas agresiones sobrepasaron sutilmente su umbral de resistencia.

Los negros cabellos de Encarni eran rizados, largos y suaves, que flotaban muelle al andar, de una textura consistente, una fortaleza y brillo que no pasaba desapercibido a nadie y se había convertido en su rasgo físico más peculiar, la mirada de todos siempre se posaba en ellos. Una tarde noche, una vez cerrada la peluquería al público, el dueño le pidió que se quedase, que tenía que comentarle algo. Y lo que pasó unos minutos después es lo que ya sabemos. Acorralada en una esquina del local se había quedado sin más sitio en el que retroceder. Sin saber cómo, notó que sus cabellos se electrizaron, pasaron del negro al gris y adquirió su cabellera un tono platino mate que parecía tener la fortaleza de un acero blando que, a poco que ella hizo el gesto de lanzarlo hacia delante buscando la defensa, el cabello se prolongó como cuchillas hasta la cara del malvado. Hizo un leve corte en la mejilla, limpio, y se retrajo hasta su posición habitual, de nuevo dócil y encantador, en un alarde de efectividad y precisión que a Encarni ni siquiera le había dado tiempo a asimilar. Tan sorprendida como el malo, la situación quedó en un impasse, paralizado el agresor, la mano llevada a la mejilla, entre los dedos brotaba el bermellón de la mala sangre.

Tras este suceso tan perturbador, Encarni decidió alejarse de la ciudad. Se retiró durante 53 días a un lugar perdido del Atlas marroquí, y allí meditó. Y una vez resuelta a utilizar su poder en defensa de los agredidos, se dispuso a practicar. Pero el cabello no respondía. Trataba de lanzarlo sobre un árbol, convertirlo en cuchillas afiladas y herir el tronco, pero se mantenía en su estado habitual. Desanimada, pensó que lo que pasó aquella tarde noche en la peluquería había sido solo fruto de su imaginación o un acontecimiento aislado y extraño que nunca más volvería a repetirse. Volvió a la ciudad. Tuvo la suerte de encontrar trabajo poniendo copas y más tarde como relaciones públicas en la discoteca Flash. No se olvidó del comportamiento de su cabello e insistió en recobrar su habilidad capilar, pero este se negaba a la acción.

Una madrugada, cuando volvía a su casa después del trabajo en la discoteca, fue abordada cerca del bar Los Navegantes, dos individuos se le acercaron y uno de ellos le pidió fuego para su cigarrillo, el otro se posicionó a su espalda. Sintió una tensión especial en todo su cuerpo y les pidió que la dejaran, que no quería hacerles daño. Se rieron. El que estaba frente a ella tendió la mano y quiso rozarle la mejilla: Encarni retiró la cara. El que estaba a su espalda le tocó los cabellos: bonito pelo, murmuró. Los rizos se tensaron y decolorados al gris ceniza se lanzaron hacia la mano que los había tocado, produciéndole heridas leves. El que estaba frente a ella quiso cogerla por los brazos pero los cabellos se rehicieron, se alargaron doblemente hacia delante y alcanzaron afilados el rostro del asaltante que ante el ataque cayó de espaldas sobre la acera mojada, las heridas apenas si sangraban, gracias a la precisión que había aplicado a la acción de sus cabellos. Los individuos corrieron del lugar. Encarni respiró hondo, sacó un cigarrillo de su pitillera y comprendió todo. Cuál era la forma de funcionamiento de su poder y cuándo era posible utilizarlo. Solo en ese momento cargado de adrenalina se activaba.

La popularidad de Encarni como relaciones públicas de la discoteca Flash, sita en la Avenida España, había llegado a tales índices que las jovencitas imitaban su peinado sobre todo, la forma de vestir y su saber estar ante los tíos que en la discoteca la abordaban sin miramientos. Ponía a cada uno en su sitio con dos frases y una mirada oportuna, y en poco tiempo pasó a ser respetada tanto en el local como fuera de él.

            Su trabajo se desarrollaba solo de viernes a domingo, así que el resto de días Encarni se había dedicado secretamente a usar su poder a favor de las víctimas del maltrato. Conocía bien su barrio, detectaba con suma facilidad aquellos hogares en los que, soterradamente, se ejercía la violencia como forma habitual en el trato entre parejas, casi en su totalidad del hombre hacia la mujer.

            Encarni pasó a ser Flash Woman; para no ser reconocida utilizaba un traje de cuero negro mate ajustado que le permitía agilidad en sus movimientos, y un antifaz que le cubría la cara hasta el borde del labio superior. Cenaba con su madre, ya prácticamente retirada de su oficio, hacía años que no recibía en su nueva casa, solo hacía algún trabajo ocasional que le reportaba más placer que ingreso económico, y enseguida Encarni se retiraba a su habitación desde la que trepaba hasta los tejados colindantes. Envuelta en las primeras negruras de la noche, Flash Woman se dirigía a su objetivo ya previsto, saltaba de azoteas a tejados y se deslizaba por bajantes hasta los callejones. Aguardaba el paso del maltratador y se encaraba a él en cuanto lo tenía a pocos metros de distancia. Amenazaba con matarlo si seguía su conducta agresiva hacia su mujer y le aconsejaba, por su bien, que dejara esas prácticas. Generalmente los hombres la atacaban, algunos le sacaban una navaja, pero el cabello de Flash Woman, entonces, lanzaba su ataque con tal rapidez y precisión que no daba tiempo al hombre a nada. Sorprendido, recibía sus tres o cuatro cortes en la cara o en las manos y quedaba aturdido por momentos. Flash aprovechaba para desaparecer de la escena.

            Este fue el modus operandi de Flash Woman durante un tiempo, en el que ella pudo comprobar que la violencia en su zona de acción había descendido, aunque solo fuera por el temor de los hombres a ser atacados de nuevo. Más de una vez tuvo que repetir la acción sobre un mismo individuo que no se daba por aludido y esto acababa convenciéndolo del peligro que corría si volvía a las andadas. Pese al incansable y planificado trabajo, Flash pudo constatar un año después de empezar que si bien al principio había podido ayudar a bajar los índices de violencia, aparecían nuevos casos, se multiplicaban, podría hablarse de epidemia y cada vez el número de mujeres muertas a manos de sus compañeros era mayor. Aunque llegó a comprender que la solución al problema no podía ser una tarea individual, siguió haciendo lo que podía, aunque solo fuera por ayudar, pero en muchas ocasiones ya había querido dejarlo definitivamente.

El resto del tiempo hacía vida normal, todo le iba bien y seguía su trabajo en la discoteca. Pero quiso la fatalidad que una noche de sábado, cuando la pista de baile estaba a tope, la música arrastraba a más y más jóvenes a bailar, hubo un revuelo de empujones y golpes en el centro de la multitud hasta que al hacerse un claro quedó expuesta una pareja que forcejeaba, sobre la música suspendida él daba golpes a la chica y cuando la tuvo asida por el pelo la sacó de la pista. Encarni no entraba nunca en estas trifulcas, para eso estaban los de seguridad, pero pasaba el tiempo y estos no aparecían así que el cabello de Encarni se activó pese al esfuerzo que ella hacía para que esto no sucediera, no podía dejarse ver en público, esto acabaría con su labor, sería su fin como Flash Woman. El cabello, sin posible remedio, se electrizó hasta conseguir el bello color platino mate, llegó hasta el agresor e hizo los cortes pertinentes, pero esta vez alcanzaron mortal y equivocadamente la yugular, los cabellos de Encarni volvieron a su posición primera y atónitos todos los presentes pudieron ver cómo el chico caía al suelo y en pocos segundos yacía sobre un lago de sangre espesa, roja, oscura.

            Entonces todos comprendieron que Encarni era la heroína de la que ya empezaban a circular más que rumores. Era vox populi que alguien andaba por las noches haciendo justicia en lo que aún no recibía el nombre de violencia de género. Algún que otro violento que había sufrido la advertencia de Flash acababa contando el suceso en la barra de un bar al calor de unas copitas de más, y enseñaba las cicatrices con el orgullo del sobreviviente. Fue desde entonces que a Encarni se le pasó a llamar popularmente Flash Woman y, poco tiempo después, su efigie presidía la entrada de la discoteca.

 
Encarni fue apresada y pasó siete años en el talego. Allí le cortaron el cabello al uno, con la obligación de pasar cada quince días por la peluquería: si algo tenían claro las autoridades de la prisión era cumplir esta disposición que había sido incluida con carácter irrevocable en su condena.

            Cuando Encarni salió ya no existía la discoteca, había sido cerrada hacía unos años, pero aún quedaban restos de su retrato en la madera descolorida y a trozos desvencijada. Una vez fuera Encarni no se dejaba crecer el cabello, lucía una corta melena que se había encanecido en su totalidad, y cuya longitud tenía prohibido pasar más allá de lo prudente. En el interregno había fallecido su madre, y nada más llegar a la ciudad comprobó que apenas era reconocida, excepto por aquellos que fueron sus amistades más cercanas, que la ciudad a la que volvía ya no era la misma. Se acogió a un programa de reinserción que consistía en un puesto de cajera durante seis meses, prorrogable si así lo estimaba la dirección del establecimiento, en el Mercadona de la calle Clavel, construido en la finca en el que estaba el Patio Negrotto, allí donde su madre puso su primera casa en la que recibir. Allí encontró lo que equivocadamente llaman felicidad, a lo que ella sabiamente no aspiraba, eso que ella sabía que no es más que cierta tranquilidad que se consigue con una ambición moderada, lejana a toda pretenciosidad, y no como se cree comúnmente.

           

 
039. El teniente Henry Jones

En el libro Homo Deus, de Harari, aparece una carta que el teniente Henry Jones dirige a su hermano. En ella le habla de la fortuna que ha tenido al encontrar en la guerra sentido a la vida. Porque en la guerra, argumenta Jones, “tienes la satisfacción de saber que la has palmado en el intento de ayudar a tu país. En realidad has cumplido un ideal que, hasta donde puedo ver, rara vez consigues en la vida cotidiana”.

            Ya se ve que la opinión o idea, la valoración que debe tener el teniente de la vida cotidiana no es muy edificante, sí bastante simple y desde luego está claro que este dato nos debe hacer pensar que el señor Jones tiene quizá una inclinación muy interesada en pensar que la vida cotidiana sea así.

            Dice de ella, en la carta que dirige a su hermano: “Considéralo de esta manera: en tiempo de paz, uno vive únicamente su pequeña vida dedicado a trivialidades, preocupado por sus propias comodidades, por asunto de dinero y todas esas cosas: viviendo solo para sí”.

            Ay!, me duele reconocerlo pero sí: un gran número de habitantes de la paz responde a esta descripción del teniente Henry Jones. Pero él, en tiempo de paz, no tendría que ser tan haragán como cree que son los demás, podría ser un hombre activo y encontrar una tarea de producción de bien comunitario, como muchos otros dicen haber encontrado eso que se llama “sentido a la vida” al dedicarse a aportar su cuota parte al bien común, lo habría conseguido a poco que se lo hubiera propuesto, porque ganas de contribuir a la mejora de este mundo en que vivimos, o en el que vivía él, parece que no le faltan, si va a la guerra él mismo dice que es para ayudar a su país, es decir a su comunidad en un sentido ampliado, el chico no está falto de valor y buena predisposición hacia el bien comunitario.

            Pero nada de esto tiene en cuenta, parece que para Jones es necesario y hasta acuciante creer que la vida cotidiana o en tiempo de paz sea así: insulsa, falta de sentido, etc. Su valoración de la guerra como lugar en el que encontrar sentido a la vida se ha tenido que apoyar en ese constructo que considera inocua y desangelada la vida cotidiana, esta consideración le sirve de apoyo para abrazar la guerra.

            Me ha llamado la atención de la carta de Henry Jones a su hermano este punto justificativo, esta construcción de la idea de una realidad deficitaria, ha tenido que engañarse para poder solventar y justificar una posición ética que le de sentido a su vida.

            ¡Qué horror!, pensé de inmediato. Es posible, me dije, que yo al igual que el Henry, le haya dado sentido a mi vida con supuestos parecidos, que mis opiniones y valores sobre lo más nimio o trascendente de la existencia estén elaborados con cimientos tan poco consistentes como los del joven teniente Henry Jones.

Debe ser entonces conveniente, y hasta imprescindible, me digo algo después, ya más calmado, la revisión constante de nuestros valores, esos en los que asentamos nuestras convicciones, que quizás estén construidos con el material que nos conviene, porque pueden estar enmascarando nuestras deficiencias. O ser más ambicioso y no solo quedarme en la revisión de esos valores sino acometer, como decía Nietzsche, una transvaloración de todos los valores. (O, también, volver a leer ese capítulo tan necesario expuesto en su libro Ecce Homo que se titula “Cómo se llega a ser lo que se es”.)

El caso ha llegado a preocuparme hasta en lo fisiológico porque un amigo mío me dijo hace unos días que de lecturas inconvenientes o mal asimiladas, (y por extensión, pienso yo, toda forma de adquirir conocimiento con los que elaborar esos valores, por el medio que sea, los libros, la televisión, la vida misma) salían protuberancias, como cuernos o bultos, en la cabeza. Para aumentar mi desasosiego, al pasarme la yema de los dedos por el cuero cabelludo he encontrado esta mañana como dos ronchas que, ¡por dios!, acabarán delatando, en cuanto adquieran una dimensión imposible de ocultar, lo mal que he elegido los productos culturales que he consumido y consumo.

Y entonces, ¿qué será de mí?, ¿qué será de todos nosotros?

 

 
040. La agricultura en Polonia

Lo que no sabe Holler y por tanto no podrá informar de ello al narrador de este relato, ni nadie se lo dirá, es del encuentro que Roithamer mantuvo durante una tarde de hace ya algún tiempo en Altensam, un Altensam abandonado por todos, con un agricultor polaco que se había desplazado desde sus posesiones en Weimar, así dijo el agricultor a Roithamer, para entrevistarse con él con el propósito de hacerle saber su interés en adquirir las tierras de labor y de pastos de Altensam, a cualquier precio. La recepción que le dispensó Roithamer al agricultor fue fría y ceremoniosamente distante. Lo recibió en el inmenso, casi vacío y oscuro salón principal, lo hizo sentar en una silla de respaldo alto, austera, sin ofrecerle invitación alguna, ni siquiera le señaló que podía quitarse la pesada pelliza, innecesaria en la sala caldeada. Las credenciales de solvencia tanto económica como profesional del agricultor fueron expuestas por el agricultor polaco de manera dilatada y contundente. Sus logros más recientes se habían producido en Weimar. Sus pequeñas huertas produjeron trescientos cincuenta millones de kilos de frutas y doscientos noventa millones de kilos de legumbres, haciendo mención especial al cultivo del durazno y a los métodos más avanzados y más inocuos para las plantas y árboles para le extinción de orugas. Pero su logro mayor estaba recogido en su libro “La agricultura en Polonia”, del que sacó un ejemplar de su maletín de cuero y entregó a R. En él quedaba constancia de la revolución agrícola llevada a cabo en el decenio de los años veinte en la comarca alta de Zywiecz de la Polonia septentrional, por su padre, un agricultor salido de la nada que se hizo a sí mismo y alcanzó las más altas cotas de perfección en su especialidad, cuyos métodos y fórmulas de trabajo y producción infalibles él ha heredado, asumiéndolas como si fueran suyas, interviniendo en ellas de manera cautelosa, con el mayor de los respetos hacia la obra de su padre, solo introduciendo con mucho tacto y cuidado la nueva tecnología en materia agrícola y una política de contratación de personal administrada por el más cualificado grupo de profesionales de Recursos Humanos que se pueda encontrar en la actualidad, etc, etc, etc. Cuando, tras varias horas, el agricultor polaco dio por terminada la exposición de su propuesta se generó el consabido y tópico silencio de veinte segundos en el que todo lo dicho se condensa en una abstracta pregunta, a la que R. contestó sencillamente, no. Y se levantó.
            La idea de aniquilación de Altensam iniciada por el padre de R. tenía en el propio R. un firme seguidor. Altensam sería vendida sí, pero no al agricultor polaco cuyos éxitos agrícolas expuestos en su libro lo hacían un candidato a descartar precisamente por su solvencia que, indudablemente, haría renacer las tierras de Altensam, le daría la prosperidad hacía años perdida. Altensam, definitivamente, sería malvendida y el montante recibido iría, como ya había planeado R., a los ex presidiaros de la cárcel del distrito, a ellos y a los propios presidiarios, según R. la gente sobre la que el Estado había ejercido la mayor presión, los más desfavorecidos, los más desamparados.
            El agricultor polaco, no insistió, le ofreció la mano a R. pero éste le negó el saludo. R. no tuvo la deferencia de acompañarlo a la puerta. Dejó caer “La agricultura en Polonia” sobre la mesa y observó como el polaco tenía dificultades para abrir la puerta. Tras varios intentos fallidos el agricultor se volvió para mirar hacia el lugar en el que estaba R., no obtuvo de R. el más mínimo movimiento esperanzador. Lo intentó de nuevo, sin lograr el resultado deseado que su nerviosismo creciente lo hacía cada vez más inalcanzable. R., inmutable, sumido ya en las sombras del salón, dejaba hacer al hombre. El polaco miró a su alrededor y probó salir por una ventana, accionó los pestillos pertinentes que debían abrirla pero, quizá, por los años de abandono que había sufrido la mansión de Altensam, el mecanismo estaba oxidado, inservible. Apenas quedaba ya claridad del día que entrara por las ventanas, mientras la silueta negra de R., inamovible, se disolvía en la inminente oscuridad total.
 
 

041. El rastro del caracol

El señor Pla es un baboso; escribe: “Al poco rato me encuentro con un puente. Los puentes suelen ser muy bonitos. Me siento en la piedra del pretil y enciendo una pipa”. Hay momentos en los que Pla gana en bobaliconería a la película más plasta de Walt Disney. Y un tiquismiquis, un nostálgico (la nostalgia es reaccionaria), que de todo signo de progreso se fija en sus aspectos desagradables (muchos de esos aspectos desagradables se superan fácilmente con poner sólo un poco de interés en entenderlos, una actitud abierta hacia lo nuevo, no incondicional, claro, también lo nuevo debe ser pasado por un razonamiento crítico, o algo así, pero Pla no quiere que le mareen mucho con nuevas fórmulas, que le inquieten su abandono provinciano, no me saquen de lo que domino que me pongo nervioso) y por olvido o conveniencia a sus intereses conservadores, o a su cortedad de miras, no señala los positivos.

            El mundo se ha vuelto convulso, caótico (mentira, es una coletilla de uso fácil y común, siempre lo ha sido, en cada época a su manera) y le exige al personal con un poco de curiosidad un plus de actividad y viveza (no es obligatorio dar ese plus), lo que se dice estar al loro (no confundir con estar estresado, agobiado, querer abarcarlo todo, etc.), intelectualmente activo en el sentido de adentrarse en los nuevos territorios que nos propone la actualidad (la actualidad es ese lugar y tiempo en el que vivimos). Es posible que Pla no estuviera provisto genéticamente más que para la lentitud sabia del caracol, incapacitado para ser perro callejero que tiene que buscarse la vida en la urbe, o similares. Tampoco parece que estuviera equipado con las antenas precisas para captar los memes que la época producía. En cambio, se pertrecha en el tópico cualquier tiempo pasado fue mejor, se inviste de sabio alejado del mundanal ruido ya de vuelta de todo, de romántico con boina, y apostola en su “Viaje en autobús” simplezas como esta:

            “Escuche usted un momento,” –se dispone a leer un párrafo de un libro de Chesterton que lleva a mano a la señorita que se ha sentado a su lado en el autobús, una maestra de primaria que lleva sus libros de gramática, geometría, historia, de manera visible, inclinado el gusto hacia la ciencia le ha dicho anteriormente ella a él– “La ciencia –escribe Chesterton– la ciencia puede analizar una chuleta de cerdo y decir cuánto contiene de fósforo y cuánto de proteínas, pero la ciencia no puede analizar el deseo de chuleta de cerdo de ningún hombre y decir cuánto tiene de hambre, cuánto de costumbre, cuánto de capricho nervioso, cuánto de persistente amor a las cosas bellas. Cuando un hombre desea chuleta de cerdo, su deseo permanece literalmente tan místico y etéreo como su deseo del cielo”. El pobre nunca hubiera intuido que el deseo es algo que sí puede descifrar y explicar la ciencia, que no tiene nada de místico, que es el resultado de funciones que se organizan en el cerebro, etc. Es verdad que en su tiempo no era fácil saber esto, pero aunque hubiera sido asequible el dato él nunca se hubiera documentado al respecto, porque tenía una actitud despreciativa hacia la ciencia, iba sobrado de sabiduría campestre.

El caracol, en su caminar, sigue dejando un rastro de baba. Además, la ciencia, en esos momentos en los que el escritor Pla ejercía como tal, es muy posible que ya tuviera respuestas a cómo se produce el apetito, a cómo ese capricho se debe a una demanda fisiológica, etc. Pero de este tipo de cosas el señor Pla estaba muy lejos de enterarse, supongo, tan ocupado oyendo el trino místico de los pajarillos, acudiendo a bibliotecas vetustas para libar en esos libros antiguos y clásicos, sancionados por la tradición y el buen gusto, llenos de sabiduría, pero ay!, en una ocasión no pudo concentrarse en la lectura porque el bedel, o quien fuera, estaba comiendo unos cacahuetes.

No hay crítica en esto, cada cual da lo que tiene, ni en lo que digo a continuación: el señor Pla es maniqueo, ¿y quién no?, cada cual lo es a su manera. La dicotomía que presenta, lento/frenético, es de trazo grueso, no aporta más que vaguedades y simplezas, sin apuntar una tercera vía razonable (tal vez haya un territorio habitable entre Apocalípticos e Integrados), la propia propuesta de salida es engañosa, el señor Pla opone a la lentitud lo frenético, la partida está ganada desde el principio, ¿quién se va a decantar por la segunda cláusula?

           

La conclusión final y general es que estoy de acuerdo con el señor Pla. Ahora todo va demasiado deprisa (menos la Justicia, las más que necesarias reformas democráticas, mi conexión a Internet), que hay que rebajar esa aceleración, eso es obvio, lentitud sí, (la lentitud deberá aplicarse en los momentos adecuados, no siempre, y no hay que pasar directamente a lo frenético, habrá que ser, cuando la ocasión lo requiera, ágil, vivaz, resolutivo en unos plazos convenientes, sin que por eso la situación te lleve a estar como dice el señor Pla, “con los ojos fuera de las órbitas, la mirada saturada de los efluvios del imán, la frente muy salida y prominente, agitada por papeles, teléfonos, secretarios, ruidos y luces invisibles…” (por favor señor Pla, no nos asuste), en fin, era lo normal cuando los ciudadanos en los años cuarenta acudían al ayuntamiento de su ciudad para tramitar el pago de la basura o la contribución, (si el señor Pla viera lo que ocurre ahora: un señor con las orejas puntiagudas y el cráneo metálico al que no le gusta nada la naturaleza, con voz de robot, imitación japonesa pero que todos creemos que es de fabricación patria, te atiende tras una mampara de cristal en menos de dos segundos, pero si tu formulario no está bien cumplimentado aparecen de las paredes dos brazos de goma, te abrazan, te agitan hasta quedar tu cuerpo descuartizado, las vísceras esparcidas por el habitáculo; gracias al progreso y la nueva tecnología, en cuestión de medio minuto el recinto en el que el usuario ha sido atendido queda perfectamente limpio y una voz amable dice: ¡siguiente!), lentitud sí, decía, pero no la del caracol baboso que propone Pla, me quedaré por ahora con la lentitud malsana de los lémures de W.S.Burroughs, perdón por la comparación, (por cierto, Burroughs decía que prefería la ciudad porque en ella podía encontrar un trozo de campo, los parques, pero en el campo no había trozos de ciudad), insisto, no quisiera llegar a la lentitud que él propone, es posible que acabara algún día en “un puente muy bonito” oyendo el trinar de los jilgueros bajo un cielo celestial, o diciéndole a una señorita, “revistiéndome de valor”, “sin duda es usted muy instruida…”, dando gracias al cielo, lentamente, “por haberme dotado de ese persistente amor a las cosas bellas” al oír el contraerse de mi tejido adiposo en las cavidades místicas de mi interior.

 
Al igual que Pla, qué inexactitudes estaremos cometiendo en los juicios y valoraciones que emitimos sin pizca de duda en nuestras aseveraciones, un punto de innecesaria soberbia en ellas.

 


042. Los escritores 2 (la versión del autor)

Odio en grado sumo a los escritores, y la sabiduría que con esa práctica administran. Escoria humana. La escritura es un subterfugio rastrero para destacar sobre los demás. El escritor trapichea con esa falsa sabiduría adquirida mediante la lectura (si esa sabiduría es auténtica ya es un ser absolutamente perdido), en un posicionarse por encima del otro (está mejor valorado socialmente un escritor que aquel que no lo es, claro que esta valoración la hacen los propios escritores), que sí, que esa pelea es humanamente lícita, pero el escritor común no sabe esto, se engaña creyéndose un alma que habita las praderas frondosas del conocimiento de la existencia del ser humano de forma desinteresada, es tan bobalicón que es incapaz de atisbar que en la adquisición de saber hay claros signos, sino únicos, de egoísmo con el fin de quedar por encima del otro, y poco más. Engaño que para el escritor es totalmente necesario para poder sobrevivir, tan débil se sabe que sin ese apósito que es el saber que le proporciona la escritura está perdido, vulnerable ante el otro. El escritor lo es también porque tiene miedo a ser despreciado, arrastra ese temor, y mediante su gestión de saberes, acumulación de información, está pidiendo indulgencia. Presenta sus credenciales y ya sabemos que no pertenece a la chusma, es un hombre cultivado.

El escritor es incapaz de un intercambio de datos emocionales sin esa capa presuntuosa de lo intelectual, no conoce, no sabe que es más que suficiente una sabiduría simple, funcional y aséptica, no adquirida en los libros sino en la calle, para contraer con el otro un eficaz trato humano, ese prurito sabiondo es un añadido molesto para el otro, si ese otro es un ser inteligente se sentirá incómodo ante ese hombre cultivado, el desagradable y siempre un punto engreído escritor.

El escritor, tan centrado en gestionar sin fisuras su saber tramposo, su base de datos, la información es poder, tan absorto en mantener las constantes persuasivas de la sabiduría postiza que le da sus lecturas, con el fin de que no se le escape la presa, sobre la que tiene que predominar, tan pendiente de ese ejercicio, sin importarle afectivamente nada el otro, que ese otro es solo un objeto que le va a proporcionar un estatus superior, es la versión ruin y cobarde del lector. Para llegar a ser el intelectual que se expresa mediante la lectura, estatus que el escritor anhela secretamente, a veces tan secretamente que no sabe que lo anhela, no le alcanza para ello el talento y tiene que conformarse con las cagaditas de la escritura: el escritor común es un lector en diferido, postura acomodaticia. Un poco de psicología evolutiva nos diría que al escritor, con el tiempo, se le va agriando el carácter, convencido de que su conversión a lector ya nunca se producirá por falta de talento, se sentirá frustrado, y condenado a seguir siendo el escritor que siempre ha sido (seguramente un mal escritor; abundan más de lo que pueda parecer), ¿qué otra cosa puede hacer? Aun así, la actividad escribidora, las más de las veces, es la puerta abierta a mayores y variadas perversiones: se empieza siendo un escritor de textos de esos que “hay que escribir” para conseguir entrar tímidamente en esa mafia que se llama intelectualidad, más tarde, para no perder esa posición conseguida uno acaba escribiendo lo que no está escrito, no vaya a ser que no estés al día y eso te deja en muy mal lugar, y se acaba dando consejos a los amigos lectores que tú consideras que están por debajo de tus posibilidades y les recomiendas lecturas, incluso escribes algún articulillo planteando los arcanos narratológicos de esta u otra novela. Todo por ir reafirmando tu posición de hombre o mujer de interés intelectual. Sí, sí, la escritura es imprescindible para triunfar en esta vida, para obtener una posición de valor en tu círculo. Y triunfar ya sabemos lo que supone, y significa.

Hay escritores que sustentan moralmente sus textos en ideas filantrópicas: comprender la existencia del mundo y hacérsela ver desinteresadamente a sus semejantes, dar consejos a través de citas famosas, la escritura nos permite comprender los mecanismos que hacen funcionar la familia, la sociedad y así ser más comprensivo con ellas, etc. Claro, el escritor no podrá reconocer nunca su egocentrismo silente, la verdadera función de sus saberes adquiridos estriba en que es un medio al servicio de su egoísmo para ser mejor que el otro; si así fuera, si descubriera la naturaleza de su obsesivo e innecesario almacenamiento de saber quedaría al descubierto, quedaría solo ante su mediocre monstruosidad que con tantos trabajos mantiene oculta bajo su careta social. El ser humano no quiere saber qué es ni cómo es, no le interesa, sabe que cada descubrimiento que haga sobre sí mismo lo acercará más y más al monstruo que irremediablemente mantiene oculto en las mazmorras de su ser. La escritura le ayuda a ocultarse de sí mismo.

La sabiduría que proporciona una actividad escribidora enmascara al monstruo. Otro día hablaremos de los patinadores.

 
 
 
 
043. El Show de Darwin

Un buen empresario es aquel que detecta a tiempo un nicho nuevo de venta y se lanza cual héroe del capitalismo tardío a conquistar su cacho de mercado. Yo, emprendedor donde los haya, voy a montar un puesto de antorchas en la plaza de la Inmaculada. Público objetivo: aquellos burgueses acomodados, (por extensión “la buena gente” o “gente de bien”, también podría decirse de ellos que son “colaboradores” de las instituciones) que ven amenazado su status social por los bárbaros o vándalos, (por extensión léase “los bajunos” o “la chusma”, también podría decirse de ellos que son “disidentes”, van contra lo instituido). Estos conceptos son sólo aproximativos y revisables, no se alarmen.

            Sin embargo, no pongo el negocio por un afán lucrativo, las antorchas, ya preparadas con su líquido inflamable y todo, sólo hay que aplicar la llama del mechero en el momento de actuar, van a salir bastante baratas, sólo me mueve y alienta una cuestión de interés público, además hay que tener en cuenta que el número de antorchas vendidas no va a ser para hacerme millonario, no me hago demasiadas ilusiones, no todos los burgueses van más allá de las palabras indignadas dichas en la cafetería de turno, aun así, todos, o casi todos, quieren una solución al problema por el que pasa nuestra ciudad y si esta tiene que ejecutarse con mano dura, que se haga así, que el Gobierno mande refuerzos y acabe con la chusma, que se haga cuanto antes, el burgués prefiere que el Gobierno le haga el trabajo sucio, pero, como decía, habrá unos pocos valientes (cuando hablo de pocos estoy pensando en vender unos cientos de antorchas, según un pequeño estudio de mercado que solapadamente he hecho estos días, y cuando hablo de valientes hablo de aquellos que son capaces de dar un paso al frente y poner en riesgo su vida por una causa en la que se verá beneficiada una mayoría selecta) que quieran colaborar con el Estado de forma más activa y quizá no sepan cómo hacerlo, para ellos pongo el puesto de antorchas, no me parece justo que una porción de población, por pequeña que sea, se vea privada de dicha iniciativa, tan necesaria, tan loable para el mantenimiento del orden en nuestra depauperada ciudad. Ustedes dirán que ese grupo de burgueses exaltados con razón podría llegar a la acción sin necesidad de pasar por mi puesto de antorchas, es verdad, son los riesgos del comercio, pero yo creo que el hombre en general y la clase media en particular se ha convertido en un homo consumitatis y los aspectos que se relacionan con la iniciativa propia ya le están muy mermados, y si pueden saltarse un paso no habrá duda de que lo harán, en cuanto se corra la voz del puesto de antorchas pasarán a la compra y, ya digo, por un módico precio, adquirirán una, no tendrán que marearse la cabeza buscando artilugios incendiarios que les den la garantía que ofrecen mis antorchas casi personalizadas. Además, advierto, dispongo de una variada gama de antorchas, mucha diversidad en cuanto a tamaño, grosor y por tanto durabilidad de la tea, y colores del mango, está de más hablar, repito, de la infalibilidad del artículo, y, para colmo, tendremos en el puesto un servicio de grabado que si el cliente lo desea podrá estampar en el mango una leyenda, cita, su grito de guerra o su propio nombre. El comprador no quedará descontento. (A última hora hemos añadido, como complemento, un pañuelo con la efigie del Che Guevara estampada que protegerá sus vías respiratorias de las emanaciones del humo provocados en la actuación).

            Bueno, entre otras cosas, la idea de quemar al malo no es muy original pero sí que goza del respaldo de una tradición más que contrastada, si no que le pregunten a la Iglesia Católica el rendimiento que le ha sacado durante siglos a un artilugio tan simple como la antorcha cuando quemaba brujas a destajo y convocaba en las plazas públicas numeroso público que aplaudía la iniciativa, eso sí que era un reality show y no lo de ahora. No será muy distinto en esta ocasión, hay que eliminar cualquier atisbo de mala conciencia, porque no sólo las clases medias y acomodadas verán con buenos ojos deshacerse de la chusma, también contarán nuestros héroes con el aplauso callado de una inmensa mayoría de la población, independientemente de la clase social a la que pertenezca, aquí estamos unidos por un sentimiento común, la limpieza acaba gustándole a todo el mundo. Siempre están los que disienten, esos tontos que creen que el ser humano es bueno por naturaleza, o los que no saben no contestan, o aquellos que tienen ideas contra natura, ya saben a quienes me refiero, o los que piensan que con infraestructuras, educación, creación de empleo, o la eliminación de guetos, entre otras cosas disparatadas, se va a arreglar todo, o nos vienen con ese rollo darwiniano como el que dice un intelectual sabelotodo, que ya deberíamos cambiar competencia por colaboración, reconociendo al otro como un igual, en fin… excepto estos radicales digo, con los que acaso si alguna vez hemos contado, el pueblo está unido.

Nuestro eslogan es tan sencillo como nuestra ilusión: “Háganse con una antorcha. La solución está en sus manos”.

 
Última hora: Tele 5 quiere hacerme una entrevista. La cadena de TV se ha hecho con los derechos de retransmisión del conflicto linense y pretende darle a sus programas el aspecto de un reality. Para ello quiere que los participantes en las revueltas, tanto los de un lado como los del otro (es decir, “gente bien” vs “bajunos”, “colaboradores” vs “disidentes”), vayan, si no uniformados, casi, para que no sea tan descarado el efecto diferenciador. Ha exigido la cadena que el mayor número de confrontaciones se produzca de noche, alrededor de las diez, el momento de más audiencia, Prime Time, lo llaman; que la fuerzas de seguridad actúen sólo en casos muy al límite, o nunca si fuera posible, pero que estén siempre presentes, tanquetas, helicópteros, etc. Parece que en esto han llegado a un acuerdo con el Ministerio de Defensa. En cuanto a mi negocio de antorchas, ha dado un vuelco considerable. Tele 5 me compra todas las existencias disponibles, hará algunas modificaciones en el producto, no problem. Eso sí, quieren que mantenga el puesto en la plaza Inmaculada y que los participantes hagan el paripé de ir a comprar las antorchas. Todo está arreglado, incluso me han comprado el eslogan “La solución está en sus manos”, que aparecerá en los anuncios que la cadena hace habitualmente de sus programas. Ya lo están anunciando, con el nombre de Darwin Show.

Todo está aún conformándose, pero el resultado final promete. Ya sabéis cómo son estos de Tele 5. Lo que suceda lo veremos en la tele.



044. La casa de Danielewski

En “La casa de hojas”, la más que buena novela de Mark Z. Danielewski, aparece como protagonista una casa. Esta casa, vista desde el exterior, es una casa normal, asequible, limitada. Con dos vistazos ejecutados sobre ella puedes hacerte a la idea de que se compone de planta alta y planta baja y de que en esas plantas están las habitaciones que todos sabemos que hay en las casas: salón, dormitorios, dos o tres cuartos de baño, despensa, sótano, poco más. Es decir, un espacio limitado, predecible. Esa es la impresión que nos causa la casa desde fuera.
Pero una vez dentro la casa tiene unas dimensiones ilimitadas, y además, se puede decir de ella que está viva. Casualmente sus nuevos inquilinos encuentran una puerta poco visible a primera vista, y a partir de la apertura de esa puerta la casa se hace insondable, infinita. Esto podría ser un juego de percepción, ¿o realidad especulativa? Un juego intelectual puede ser también aplicar esta paradoja a otras cuestiones. Por ejemplo: igual que cuando desde fuera miramos la casa de Danielewski vemos un mundo limitado, lo mismo puede ocurrir cuando miramos la portada de un libro y accedemos al paratexto que lo rodea. O el afiche y tráiler de una película. Lo que podemos vislumbrar viendo la fachada de esos productos culturales es insignificante comparado con lo que descubrimos, o podemos descubrir, al entrar en ellos. Una vez dentro todo se multiplica exponencialmente, la exégesis de un relato siempre supera las intenciones del autor. La casa de Danielewski nunca habría podido ser inventada solo por un arquitecto, necesita de un lector que se aventure en ella y entonces adquiere sus verdaderas dimensiones.
Y ahora viene la traca final.
Lo mismo ocurre con la fachada de la vida. Lo que vemos cuando estamos frente a ella es abarcable, pero cuando nos adentramos en ella es infinita.


Pues bien. Hay un tipo, digamos que es un amigo, que me está todo el rato, todo el día, siempre, lleva años, toda la vida, describiéndome la casa desde fuera. El muy mamón lleva treinta años soltando el mismo discurso, es lo que se llama un paliza. Con solo mirar la fachada ya tiene una opinión de algo tan complejo como es la casa Danielewski. Se planta delante de la casa, yo creo que nunca se ha movido de ahí, y me cuenta los detalles que ve. Es algo ingenioso a veces, eso sí. No siempre se repite porque de tarde en tarde ve cosas en la fachada que para los demás pueden pasar desapercibidas, y eso se agradece. Pero les juro por lo más sagrado que esos momentos son habas contadas. El resto, se lo pueden imaginar, es repetición sobre repetición que el pobre trata de contar con otras palabras, pero ya sé lo de la ventana, lo de la transición (perdón, lo de las puertas), que si las enredaderas han crecido de manera desordenada por la fachada este de la vivienda y eso facilita la entrada a la casa de bichos… etc. Que si esto lo arreglaba yo así y aquello otro asá. Es un apocalíptico: pronostica cada día que la casa caerá al día siguiente. Es muy probable que algún día acierte. Porque lo que este individuo ve cuando mira la fachada de la casa es una casa defectuosa y es de los que piensan que las cosas deben ser arregladas de manera drástica. Aunque educado en las formas, en el fondo es muy belicoso, todo lo quiere arreglar cortando cabezas y cosas así, un lumbreras. Es verdad, ahí lleva razón: la casa necesita unos arreglillos, o algo más. Pero claro, me digo, de qué vale arreglar la fachada si luego la casa se está cayendo por dentro. Pero esto, mi amigo no lo sabe, solo lo intuye, porque nunca ha entrado en la casa. Ah!, se me olvidaba, la única mirada que aplica sobre la casa es una mirada política, muy parecida, (influenciada o abastecida) a la que tienen los tertulianos de los programas televisivos de debates políticos.
Bueno, ahora me dice que sí, que ha entrado en la casa y que el interior también necesita arreglos, que está anticuada y huele mal. Y que, efectivamente, el interior demuestra una idea que tenía antes de entrar. Esta idea es que la casa es antigua y que los moradores de hace unos años quisieron modernizarla un poco, pero que fueron unos cobardes y no se atrevieron a una reforma radical y entonces han dejado una mezcla de lo antiguo y lo moderno que no ha solucionado los problemas de la casa. Hasta ahí, bien. Puede ser. Ha aplicado al interior una mirada igual que la mirada que efectúa sobre el exterior, yo creo que plana. Pero, ya me lo temía, no ha visto ninguna puerta rara. Dice que la casa por dentro es una casa normal. ¿La casa de Danielewski una casa normal? ¿Pero cómo ha leído este tío el interior de la casa? ¿No ha visto la puerta que la hace insondable, rica en matices, ni se ha percatado de que las estanterías en las que hay algunos libros caídos exceden el tamaño que debían tener en origen? ¿Ni ha visto las cuerdas ni los aparejos de espeleología esparcidos por el suelo, hablo de memoria, que se han utilizado para bajar a las profundidades abisales de la casa? Nada de esto ha visto. Mejor que no hubiera entrado.
 Y si le comentas algo es peor. Anda que le den, y que se quede con su mirada plana sobre la realidad.






 
045. Siento otra vez la tristeza cósmica de E-Vap
dedicado a Umberto Eco, y a mi madre.
 
¡Atención, atención! Se va a proceder a la desgravitación terrestre en un grado 3,3. Estén preparados, último aviso. La cuenta atrás dará comienzo en cinco minutos. Ustedes lo pasen bien. No olviden sus trajes de protección.
Transcurridos esos cinco minutos anunciados y terminada la cuenta atrás los cuerpos terrestres van elevándose poco a poco hasta alcanzar una altura de unos ciento cincuenta metros aprox., altura máxima aconsejable por cuestiones de seguridad y pertinente para el fin de dicha elevación. Los animales quedan elevados sólo a cien metros. Esta es la trigésima quinta vez que los humanos y animales quedamos suspendidos en el azul celeste de tan arriba cuando miramos desde abajo. Qué distintos estos días de aquellos primeros en los que nos asustaba tanto quedar tan alzados. La periodicidad con que se producen estas elevaciones sigue siendo para nosotros arbitraria, aunque para ellos debe obedecer a razones supongo que bien fundamentadas. Ellos son los legisladores, y nosotros los ciudadanos. Tanto unos como otros estamos obligados, no hay opción, a quedar sostenidos durante seis horas en el aire nuestro.
            He oído decir que el proceso es sencillo y que consiste en que queda anulado el valor de nuestra masa corporal y el de la Tierra, y también anulado el cuadrado de la distancia que nos separa, y que esta magia de la anulación se debe a unas prolongaciones sabias que unos científicos y prohombres, entre ellos el padre Emanuel y el filósofo Saint-Savin, han hecho inmediatamente de los descubrimientos del británico Newton fallecido tan años recién, insigne cabeza que entre muchas otras cosas importantes ha provocado que la gente juiciosa no pase por debajo de un manzano, avisado está de la tan posible caída de su fruto. Algo así. Y esto aplicado a cada uno de los seres vivos o biológicamente compuestos que pueblan el planeta. La legislación mundial se ha centrado en los últimos lustros en calcular el peso de la culpa y ha llegado a mediciones científicas supuestamente cercanas a la exactitud, se nos ha dicho. De manera que la suspensión prolongada de los seres humanos sólo es posible si la avanzada tecnología sensitiva a la que se ha llegado no detecta ese peso extra que añade la culpa a nuestra masa corporal. Los elevados al cielo pueden mediante técnicas espirituales más que sofisticadas evitar que la culpa se manifieste y así hacer pasar su peso por invisible y no contable. Estos casos son escasos pues iniciarse en la complejidad de los métodos que hacen posible la invisibilidad de la culpa tiene como freno dos circunstancias que para la gran mayoría se presentan insalvables: en primer lugar sólo los humanos con un cociente intelectual que supere los 145 talentos pueden soñar con alcanzar el dominio de tales técnicas; pero a esto hay que sumar que el individuo afortunado en esos talentos también debe contar con que la economía se haya puesto de su parte, y sólo disfrutando de tesoros ocultos en secretas islas fiscales que hagan posible el pago de los magisterios necesarios, sólo así tienen alguna posibilidad de no caer. Hay grados de culpabilidad, esto está tipificado legalmente y ese grado es detectado y registrado con solvencia, de manera que los cuerpos flotantes fluctúan en leves caídas o descensos de pocos metros; el cuerpo cae violentamente hasta topar con la corteza si el peso de la culpa es la traslación de un delito grave. Es lo más frecuente ver a tu alrededor cuerpos que bajan apenas centímetros, la mayoría, otros, no pocos, inician metros de lenta caída hasta quedar varados, algo habrán hecho, se piensa sin posible freno a ese pensamiento, y aliviados los cuerpos que no se precipitan miran hacia arriba queriendo encontrar al amigo o familiar con el que cruzar si es posible una mirada de inquietud que se trueca pronto sosiego.
            Este es someramente el mecanismo judicial último que impera en nuestra sociedad. Es altamente efectivo. Ha acabado con el terrorismo y con la corrupción, casi, y no se sabe de ningún caso de injusta muerte: todos los precipitados por el vacío espacio hasta la superficie primera con la que se topan han acumulado entre sus carnes el peso de la culpa que es imposible no sentir sea cual sea su condición y por tanto también imposible eludir esa carga. Esta es la regla general, excepción de alguna forma de elusión antes citada y altamente escasa. En estos casos el individuo prodigioso puede soslayar el método una, dos veces como proeza máxima, pero a la tercera se produce la vencida. Así parece ser, por lo que ya sabemos. En los principios hubo ingenios notables como uno que a mi lado ascendía y ascendía disfrazado de vaca, y en la viaje ascendente nos mirábamos todos con la credibilidad suspendida, que ni los más portentosos ojos en esos momentos podía descubrir, de la perfección de la caracterización, que el interior del bóvido lo habitaba un ser humano que culpable quería abolir para sí la metodología judicial, hasta que al sobrepasar los cien metros prescritos para los de su pretendida especie los nervios hicieron que las voces de llanto y socorro tan humanos nos hicieran ver a los que a su lado y más allá estábamos que no era error del sistema que una vaca nos acompañara hasta tan arriba sino audacia truncada del desdichado. Imagínense lo de casos disparatados que puede elaborar un mundo entero compuesto de cada reo supino con el sentimiento penalizable engrosado en sus entrañas.
            Toda la Tierra entonces, durante el tiempo de seis horas mínimo que suspendidos estamos, queda desierta de lo humano y animal. Durante ese tiempo van cayendo los culpables, unos antes otros después, hasta que esta parte del proceso se da por conclusa. Y entonces nos quedan a los inocentes o no culpables colgados en el cielo otras cuatro largas horas de espera, perdonen que no lo haya mencionado antes, con lo que ya sí, al sumar el proceso dura diez horas en total, para lo siguiente. Como en el suelo no ha quedado ningún ser vivo a la subida de todos y como en el transcurso del proceso se va poblando la tierra de miríadas de muertos insepultos, se ha provisto para el arreglo de esto la activación de los llamados Polvos de la Justicia que consisten en unos polvos que bien programado su escape de los contenedores expeditos para el caso, se expanden estos polvos justos sobre la faz del planeta de tal manera que su gracia consiste en que hacen desparecer todo lo biológico de lo humano y animal, respetando la flora, que encuentran y tocan, y nosotros salvo arriba. Cuando ya esos polvos han cumplido su cometido tienen la habilidad de hacerse desaparecer a sí mismos, con lo que al ser descendidos nosotros todos nos encontramos con un universo limpio e intacto en lo esencial que los oficios y menesteres nos tenía bien ocupados antes de la subida al cielo. Ya sé que me quedan muchas cosas pertinentes por contar, les pido encarecidamente que tengan a bien suplir mi escasez de talento literario con que a poco que pongan su imaginación a elaborar, y sean juiciosos en ello, encontrarán pertinencias que el caso judicial provoca a miles, y que son de seguro bien inventadas por ustedes y parangonables con la realidad malescueta que aquí se describe.
            En esta última por ahora y trigésima quinta vez de ascensión ha ocurrido algo excepcional, y no sé si en otras latitudes esa excepción se está produciendo de tal manera cuantitativa que sumadas unas con otras hacen que al aplicar el término a lo mío esté cayendo yo en equivocación. Desde la primera vez hasta esta última a mi lado ha subido conmigo siempre juntos mi madre, anciana a la que este invento judicial ha proporcionado, según sus palabras y lo expresivo de su rostro, de las mayores felicidades de entre las pocas que ha tenido todos sus años atrás. Verse en las alturas, lejos de la tierra que la ha atado siempre, y observar el panorama de miles de seres flotantes en derredor, livianos seres esparcidos hasta donde la vista se muere sin ganas y al ser de metros holgados tan distantes unos de otros en nuestra parcela celeste correspondida en la vertical por mor de subir desde un pueblo de númera población escasa y desperdigada, lo que permite la visión cómoda de los alrededores, hasta llegar al litoral la vista en el que la masa de población ascendida se ve multiplicada hasta el abarrotamiento. Mi madre decía en el intervalo de las diez horas exigidas que ansiaba volar hasta allí y entrar sobre los mares volando. Decía mi madre siempre cosas de volar, pero los cuerpos suspendidos apenas si pueden moverse, mera disposición tenemos para girar sobre sí mismos y poco o nada más, y descender centímetros escasos como era el caso nuestro familiar. Ningún otro movimiento se nos concede.
Mi madre, entonces, este último día ha culminado lo que yo he dado en llamar excepción, y es que, cuando ya faltaba tan poco para el descenso multitodo, lento y he de confesar que siempre gozoso, cuando a ocurrir esto iba, mi madre, sonriente, ha ascendido como tomando camino hacia el sol, ha subido y subido hasta desaparecer. No quiero contar mis sentimientos cuando se me iba. Sobre todo cuando al poner los pies en tierra he alzado la mirada hacia la desaparición de mi ser tan querido.
Y aquí he de dejar el cuento.
Pero también ha ocurrido después que al contar a mis vecinos la desaparición de mi madre y explicarles que ascendió sobre la ascensión obligada, lo que algunos no creyeron habiendo estado tan cerca para verlo, pero ninguno vio caer precipitado el cuerpo, estos últimos han dicho enfervorecidos que el método no es infalible, como se nos ha contado y se nos cuenta constante y oficialmente. Que esa subida sobre subida no controlada por los legisladores, que afea su insistente proclamación de la bondad del método, es una grieta por la que el edificio puede empezar su desmoronamiento, y que si eso ha ocurrido otras circunstancias pueden darse o se están dando sin que nosotros lo sepamos. Suficiente tienen estos mis vecinos para empezar la lucha, y contaminar con esa idea a los demás que con ellos se rocen, porque como dijo uno que había oído en otro el hombre es cierto que es bueno y malo por separado y ambas cosas puede serlo a la vez pero por encima de eso el hombre es sobretodo maleable, así lo han dicho. Algunos se preguntan en el corro formado para el debate cómo es posible que la tecnología haya llegado tan lejos y otros le responden que mejor así, que sea la tecnología la promotora del invento porque si no es ella quién o qué lo fuere, y esto otro que fuere da tanto o más miedo o incógnita que lo primero. Sea como sea, gritó el más vehemente hombre de la reunión, combatir las ascensiones y toda su metodología era ahora nuestra insoslayable tarea. Y siguió el cónclave para elegir al líder que todas las trazas tenía el último que había oído hablar tan agitado, y yo me fui.
Yo no sé qué hacer, y eso que estamos en el año de 1743 y dicen de este siglo que es el siglo en el que todo el mundo humanista y moderno sabe qué es lo que hay que hacer. Y me retiré apesadumbrado a mi casa, tan vacía sin mamá, allí puse la tele y estaban poniendo en Tele Cinco Música para los reales fuegos de artificio, de Handel, con un coro de veinticinco niños, el castrato contralto Senesino, la soprano Francesca Cuzzoni y al bajo Antonio Montagnana, tan populares y queridos intérpretes. Por el  momento me animaron un poco el ánimo. Por el momento estoy por decir que no cuenten conmigo para ninguna revolución.
 
 
 
 
 



 
 
 
046. Zeitgeist

La primera vez que leí la palabra zeitgeist fue en enero de 2004; no la conocía, claro, es de origen alemán. La busqué en un diccionario del ordenador y este vino a decir de ella que significaba “espíritu de nuestro tiempo”. El espíritu de cada tiempo yo quise entenderlo como algo intangible que lo define pero que es de difícil aprehensión y que percibimos como sustancial porque todo él está impregnado de ese espíritu. Por ejemplo, los años veinte del siglo veinte han sido denominados como los años locos o los locos años veinte. Decía Barthes en su Grado Cero que los hombres de los siglos XVI al XVIII estaban “inmersos en el conocimiento de la Naturaleza”, entonces la producción de textos tenía como objetivo principal esa temática y los lectores, bajo esa urgencia del momento, demandaban datos esclarecedores sobre el funcionamiento del mundo, pero siempre bajo el paradigma de los comportamientos naturales. Así que ese era el espíritu de ese tiempo. (Podría poner algunos ejemplos más de cuál es el zeitgeist de otras épocas, pero como siempre hago remito al amable lector a que rellene estos huecos con ejemplos que él mismo puede configurar teniendo ya una idea general del concepto). Alguien debería decirnos cuál es el espíritu de nuestro tiempo. Yo apunto que lo caótico. Digamos que el término me impresionó y a la vez se convirtió en una palabra desafío. No es fácil usarla, por varias razones. Resulta pedante si es utilizada en una conversación con amigos, imagínate que Pepito dice: “esas cosas no pasaban antes”, y saltas tú y dices: “es el zeitgeist”, y como en ese momento intentes explicarte es cuando de verdad la has cagado. Si es en un texto, yo que me dedico a escribir de vez en cuando, es casi obligatorio dar la definición, lo que resulta doblemente pedante porque esa definición hubiera bastado para expresar la idea pertinente.
Churchill tuvo un problema parecido. Estaba loco por meter en alguno de sus famosos discursos el término alemán, pero no podía, era políticamente incorrecto y tenía que emplear el más que prosaico “spirit of our times”. Churchill se debatía entre incorporar o no incorporar el término en el discurso que estaba preparando la noche del día once de mayo de 1940, y estuvo a un tris de hacerlo pero fueron los tres cerditos del cuento los que lo convencieron de que no debía incluirlo. ¡Qué gran hombre! Cómo pudo contenerse. Los tres cerditos fueron los que lo ayudaron a escapar de la cárcel aquella de Pretoria, en Sudáfrica, en 1899, cuando cubría como corresponsal para The Morning Post la guerra de los Boers. Por supuesto que la versión oficial (puedes consultarla aquí: http://www.abc.es/20110428/archivo/abci-fuga-churchill-sudafrica-boers-201104272027.html) no menciona a los simpáticos cerditos del cuento, por eso es la historia oficial, pero fue gracias a la pericia del mayor de ellos, que se había venido muy arriba con aquello de vencer al lobo dando a sus dos hermanos pequeños una muestra de esfuerzo, solidaridad y cooperación, y por extensión a todas las generaciones que hemos consumido el cuento de los tres cerditos, para conducir el auto de carreras, dispuesto para el rescate, del que sin duda los cerditos sabían ya que se trataba de la que sería, pocos años después, una figura importante para el siglo xx, gracias a esto digo, el futuro gran hombre pudo escapar. Desde entonces los tres cerditos no se separaron de él y ocuparon secretamente el honorable puesto de consejeros del, oficialmente, gran estadista con puro en la boca.
Y ya estamos en el 2017, me quedan dos telediarios pelaos, y aún no he utilizado el término zeitgeist en ninguna conversación con amigos. En la última reunión que hemos tenido hubo un momento en que venía a huevo, no hace tanto de esta reunión, no sé si ellos lo recordarán, pero estábamos yo, el Carlos Serrato, el Carlos Morillo, Luque, el Juanjo Trujillo, Pepe Villalba se pasó un momentito, más tarde vino el Manolo Barros, y la conversación como siempre con estos elementos era de alto voltaje, que si Foucault parriba, que si la teología y San Juan de la Cruz, que si algo de series y la edad de oro de las series (el capítulo ocho de la tercera temporada de Twin Peaks), los bolsilibros, hablamos de Luke Branded, el escritor sin obra, y yo que dije varias veces “una mierda pa los artistas” e insistí, “y otra pa los pijos de la cultura”, bueno muy en la línea de otras ocasiones tan memorables y sobre todo el nivel de conversación se prestaba para la inclusión de un término como este del que estamos hablando “y por el que usted me pregunta”. Estábamos en una terraza, verano, y ante nosotros, a pocos metros, tres o cuatro, se alzaba un gran espejo, sin marco, sin límites, se extendía hacia el cielo y hacia los costados de manera que en él todo se reflejaba y las acciones y las conversaciones de nuestro tiempo, y las personas que pasaban por delante del infinito espejo, todo se reflejaba en él como se reflejan las cosas en los espejos, es decir, que reproducen lo que ven sin ninguna interpretación ideológica ni de ningún otro tipo, o eso parece. Puede ser una segunda realidad, o quizá sea la nuestra la segunda realidad y la del espejo la real, nosotros el simulacro o viceversa. (Habría que revisar toda esta terminología). Como es costumbre, pues el espejo nos ha acompañado siempre, no hacíamos caso a lo que el espejo reflejaba y era rarísimo que alguna vez hubiéramos comentado algo acerca del perpetuo espejo que siempre nos acompaña, y seguíamos con nuestras conversaciones. Pero esta vez me quedé un momento mirando descaradamente al espejo y vi mi careto en él y pensé por primera vez que alguien debía haber tras el espejo. Espiándonos. Etcétera.
Pero ese día no tan lejano me contuve a tiempo, no sin dolor de mi corazón porque a saber cuándo se me presentará otra tan redonda para soltar al aire el zeitgeist reprimido, mi mérito es mayor que el de Churchill, me consuelo, porque yo no tengo asesores del nivel que tenía él.